
En horas pico del Metro de la Ciudad de México es común ver a usuarios subir o bajar caminando por las escaleras eléctricas, especialmente por el lado izquierdo, dejando el derecho para quienes permanecen inmóviles.
Aunque esta práctica se ha normalizado, autoridades de transporte y especialistas en movilidad coinciden en que caminar sobre escaleras eléctricas representa un riesgo considerable y afecta negativamente la eficiencia del sistema. En el caso del Metro de la CDMX, hay muchos señalamientos que exhortan a los usuarios a no marchar en estos dispositivos.
Las escaleras eléctricas fueron diseñadas para transportar personas en movimiento constante sin necesidad de esfuerzo físico adicional. Al alterar este principio —por ejemplo, caminando sobre ellas— se incrementa el riesgo de accidentes y se reduce la capacidad de transporte, sobre todo en estaciones con alta afluencia.

Uno de los principales problemas al caminar sobre escaleras eléctricas es la posibilidad de perder el equilibrio o tropezar con otros usuarios, una parte importante de los accidentes en sistemas de transporte masivo está vinculada a este tipo de acciones. Las caídas pueden provocar fracturas, contusiones e incluso traumatismos más graves si se involucra a personas mayores o niños.
A estos riesgos se suma el uso de mochilas, bolsas, carriolas y otros objetos, que pueden quedar atrapados en los bordes de los peldaños de las escaleras eléctricas cuando se camina con prisa. La situación se agrava en días de lluvia o con calzado inadecuado, donde el deslizamiento es más probable.
Estudios realizados en ciudades de alta afluencia han demostrado que cuando todos los usuarios permanecen parados en ambos lados de las escaleras eléctricas, el flujo de personas por minuto llega a aumentar.

Esto ocurre porque al dejar un lado libre para caminar, se desaprovecha espacio de las escaleras eléctricas que podría ser ocupado por más usuarios en espera. Además, quienes marchan lo hacen a distinta velocidad, lo que genera interrupciones constantes y obliga a reajustar el ritmo del sistema. Por lo tanto, caminar beneficia al individuo, pero afecta al colectivo.
Las escaleras eléctricas también sufren un desgaste prematuro cuando no se utilizan de manera uniforme. El tránsito irregular, los movimientos bruscos y el peso mal distribuido generan fricción adicional en los mecanismos internos. Esto puede traducirse en un aumento en los costos de mantenimiento, mayores paros por reparación y un deterioro anticipado de los equipos.
Además de los factores técnicos, caminar sobre las escaleras representa un problema de convivencia. Personas mayores, con discapacidad o con niños pequeños pueden sentirse presionadas o incluso empujadas. Uniformar el comportamiento —es decir, que todos permanezcan parados— favorece un entorno más seguro, predecible y accesible para todos.
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