
¿Reunir a cientos de personajes de One Piece alrededor de una mesa? No hace falta otra aventura para salvar el mundo. A veces la vida tiene esos grandes momentos, como cuando te reunís con viejos compañeros, supuestos enemigos y personas con las que jamás hubiésemos imaginado compartir una comida, para descubrir que todavía queda mucho por disfrutar. La gran premisa de One Piece: Grand Gourmet es justamente esa: demostrar que esta franquicia todavía tiene mucho para dar dentro de su propio universo. Estamos frente a un juego que cambia los puños por los platos y convierte el sueño de Sanji en una excusa para reencontrarnos con buena parte de la historia de los Sombrero de Paja.
La premisa tiene una sencillez engañosa, aunque a simple vista parezca un juego de cocina que apunta más a lo cozy que a la estrategia. Acá tenemos que levantar un restaurante flotante, preparar menús, conseguir ingredientes, decorar los espacios y atraer clientes mientras recorremos algunas de las regiones más reconocibles de la obra de Eiichiro Oda. Todo sucede con esa estética pixel art adorable que parece diseñada para despertar nostalgia incluso en quienes nunca jugaron un título de Kairosoft. El problema es que, una vez superado el entusiasmo inicial, la cantidad de cosas que pasan en pantalla empieza a competir con la profundidad de lo que realmente podemos hacer. One Piece: Grand Gourmet tiene un montón de sistemas, pero no siempre consigue que nuestras decisiones importen tanto como deberían para compensar lo abrumador que puede llegar a ser tener tantas aristas abiertas al mismo tiempo.
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Administrar el restaurante es, en ese sentido, una experiencia bastante particular. Podemos distribuir mesas, sumar atracciones, ampliar el barco y llenar cada rincón con decoraciones temáticas de los lugares que visitamos. Sin embargo, la lógica económica termina imponiéndose sobre cualquier impulso creativo. Poco importa construir un restaurante con personalidad propia frente al hecho de acumular objetos capaces de mejorar sus estadísticas. Y algo parecido sucede con la cocina en sí. Combinar platos, descubrir recetas y armar menús inspirados en los personajes parece una invitación a experimentar (y algo aparentemente entretenido, teniendo en cuenta sus personalidades), pero muchas veces la estrategia más conveniente consiste en vender lo que más dinero genera y dejar que el juego resuelva automáticamente buena parte del trabajo. Y la verdad, al menos para quien suscribe, es que hay una diferencia importante entre intentar simplificar una mecánica o quitarle las razones para involucrarse en ella. Es como sentir el aroma de un buen estofado, sin poder comerlo.
Pero a pesar de esto, donde el juego encuentra su verdadera identidad es lejos de las planillas imaginarias del negocio. En pocas palabras, cuando nos alejamos un poco del verdadero eje del juego. Explorar nuevas regiones, recuperar a los miembros de la tripulación y descubrir qué personajes pueden convertirse en clientes habituales transforma el restaurante en algo mucho más interesante que una máquina de fabricar dinero a partir de una planilla de Excel. Cada integrante de los Sombrero de Paja aporta sus propias habilidades, y esa conexión entre personalidad y función le da sentido al conjunto. Además, existe una satisfacción especial en reconocer qué regalo puede conquistar a determinado personaje o qué combinación de visitantes puede producir un encuentro inesperado. La interfaz -en este sentido- se vuelve poco clara en algunos momentos y complica ciertas tareas que en su finalidad, son muy simples. Aun así, el impulso de descubrir qué viene después suele ganarle a la frustración.
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Porque, en el fondo, One Piece: Grand Gourmet logra darle forma a algo que no todos los videojuegos basados en franquicias entienden: el hecho de conocer a sus personajes puede ser una recompensa muy interesante pensando en la experiencia de juego. Ver reunidos a viejos aliados, rivales y villanos, observar sus pequeñas interacciones y descubrir referencias que conectan distintas etapas de la historia tiene un encanto que ninguna mejora o detalles que agreguemos al restaurante puede reemplazar. Hay una suerte de universo paralelo en ese barco. Para quienes siguen y conocen One Piece, esos encuentros funcionan como pequeñas recompensas emocionales. Obviamente, para quienes se acercan a la franquicia por primera vez, una buena parte de esa magia se pasa por alto. En lo personal, siento que cualquiera que opte por adentrarse a este juego, es porque ya tiene un fanatismo vivo por One Piece, y dicho esto, es lógico que el juego sea un producto de nicho. Adentrarse en cualquier franquicia ya construída sin saber nada, podría tener las mismas consecuencias.
Esa dependencia del cariño previo es, al mismo tiempo, la mayor virtud y la principal limitación del juego, como decíamos. Cuando el negocio se vuelve rutinario, cuando la decoración empieza a sentirse como una acumulación de estadísticas o cuando la gestión pierde tensión porque casi cualquier caída económica encuentra una solución, son los personajes los que mantienen viva la experiencia. Y no es poco reunir semejante cantidad de rostros reconocibles y darles pequeños momentos para brillar, todo esto tiene un valor que va más allá de completar una colección de personajes. Pero también deja en evidencia una oportunidad perdida para atraer público nuevo. Con un sistema de cocina más expresivo, una administración que exigiera pensar un poco más y herramientas de organización menos incómodas, la fantasía de dirigir el restaurante de Sanji podría haber sido tan memorable como las reuniones que ocurren en sus mesas. Un juego que se termina sustentando por su contexto y no por sus mecánicas principales, termina -por ende- perdiendo gran parte de su valor.
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Al final, a One Piece: Grand Gourmet lo disfruté más como una celebración de una franquicia que parece no terminar nunca de crecer, que como a un juego de administración gastronómica. Obviamente, no tiene por qué ser el juego definitivo de One Piece ni ofrecer una experiencia magnánima para justificar su existencia. Es lo que es, y la búsqueda está clara desde un principio. Su atractivo, creo, está en cambiar la escala de lo que propone, si lo comparamos con otros títulos de la franquicia. Quizás, esa sea su mejor idea y también su contradicción, ya que construir un restaurante donde las mecánicas que deberían sostenerlo no siempre estén a la altura, se siente como un paso hacia atrás. Pero en la experiencia general, lo que termina dejando realmente es ese impacto en el fanatismo de ver a tantos personajes juntos, compartiendo una comida. Gana más por emocionalidad que por su mero propósito.
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