El gobierno de Estados Unidos y un giro en América Latina para frenar el avance de China

Un artículo de POLITICO explica cómo la Casa Blanca impulsa acciones concretas para restringir los intereses del régimen comandado por Xi Jinping aplicando la Doctrina Monroe

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ARCHIVO: El presidente estadounidense Donald
ARCHIVO: El presidente estadounidense Donald Trump con el jefe del régimen chino Xi Jinping en una cumbre en el Aeropuerto Internacional Gimhae en Busan, Corea del Sur, el 30 de octubre del 2025 (AP)

Donald Trump ha reforzado la política de Estados Unidos hacia América Latina al plantear un dilema explícito para la región: alinearse con Washington o con el régimen de Beijing. La afirmación fue hecha en un artículo escrito por Diana Nerozzi y Phelim Kine de la prestigiosa revista de análisis Politico.

Esta estrategia, dicen los autores, se centra en contener el avance económico y político de China, que el gobierno estadounidense considera una amenaza a la seguridad nacional y la prosperidad de su país y el continente. La administración impulsa la aplicación renovada de la Doctrina Monroe, argumentando que el predominio estadounidense en el hemisferio es necesario para salvaguardar tanto los intereses internos como la proyección global de poder.

El enfoque del equipo de Trump entiende la influencia china en América Latina como un desafío central. Alexander Gray, ex jefe de gabinete del Consejo de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump, explica que la clave reside en “defender la patria manteniendo la preeminencia en el hemisferio”. Desde la perspectiva de la Casa Blanca, la fortaleza en América Latina permite luego proyectar poder hacia otros escenarios estratégicos, como el Indo-Pacífico.

Esta escalada responde a la creciente presencia de empresas estatales chinas y de proyectos estratégicos vinculados al Partido Comunista y las Fuerzas Armadas de China. Un portavoz del Departamento de Estado advirtió a Politico que la expansión china “representa riesgos para la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos”, en particular a través de prácticas comerciales “desleales” y de “sobreproducción subsidiada”. Anna Kelly, portavoz de la Casa Blanca, subrayó la vigencia de la Doctrina Monroe como pilar de la estrategia: Estados Unidos busca restaurar su preeminencia en la región para “controlar la migración, impedir el tráfico de drogas y contrarrestar adversarios”.

El impacto de esta política no se limita a la retórica: en los primeros meses del año, el gobierno de Trump emprendió acciones concretas que debilitaron los intereses chinos en el continente. La detención del dirigente venezolano Nicolás Maduro, respaldado principalmente por la autocracia de Beijing como comprador de petróleo y socio económico preferente, ilustró la convergencia táctica entre varios sectores de la administración.

ARCHIVO: El dictador Nicolás Maduro
ARCHIVO: El dictador Nicolás Maduro es escoltado mientras se dirige hacia el Palacio de Justicia de Estados Unidos Daniel Patrick Moynihan en Manhattan, en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, el 5 de enero de 2026. El venezolano era uno de los principales aliados de China en América Latina (Reuters)

Carrie Filipetti, ex funcionaria de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, detalló que la operación fue interpretada tanto como un asunto de seguridad nacional como una herramienta para neutralizar la “flota en la sombra” china en la región.

Avance chino y reacción estadounidense

El gobierno de Trump también ha intensificado su presión sobre otros actores de la región con lazos estrechos con el régimen. Ha promovido la inestabilidad de la dictadura cubana, advertido a Panamá —primer país latinoamericano en sumarse a la Iniciativa de la Franja y la Ruta— y confrontado a Brasil, el mayor socio comercial de China en América Latina. Incluso planteó la necesidad de que Estados Unidos “controle” Groenlandia para impedir el avance conjunto de China y Rusia en el ártico.

En Perú, la reciente pérdida de control regulatorio sobre el megapuerto de Chancay, valorado en 1.300 millones de dólares y construido por empresas chinas que responden a Xi Jinping, ha sido utilizada por la administración como argumento sobre los riesgos de la penetración china. Un portavoz del Departamento de Estado declaró: “Ningún país es inmune al impacto negativo de las prácticas comerciales injustas de China y la sobrecapacidad subsidiada por el estado”. El gobierno estadounidense asegura que busca apoyar a los países del hemisferio para que tomen “decisiones informadas” en su relación con Beijing.

Dilemas y límites del poder estadounidense

Dentro de la administración Trump, la percepción de China como máximo rival estratégico es transversal. Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Políticas del Pentágono, afirmó en octubre de 2024 en Dartmouth que “es preciso priorizar el riesgo de conflicto con China para evitarlo”. Ese mismo mes, el vicepresidente JD Vance calificó a China como “la mayor amenaza que enfrenta este país”, y el secretario de Defensa Pete Hegseth alertó sobre el “enorme aumento del arsenal militar de Beijing y su disposición a usar la fuerza”.

En el terreno comercial, Trump elevó los aranceles a productos chinos hasta un 145%, lo que motivó represalias del régimen chino y finalmente obligó a buscar una distensión, en particular para asegurar el acceso estadounidense a minerales estratégicos. El marco general, expuesto en la última Estrategia de Seguridad Nacional, apunta a un “reequilibrio” del comercio bilateral y al objetivo de “dificultar” la la expansión de competidores externos en infraestructuras regionales.

La influencia china no se limita al comercio. Un informe oficial señala que Beijing ha firmado acuerdos de la Franja y la Ruta con 22 de 33 países latinoamericanos y caribeños, consolidando su presencia en sectores como energía, transporte y comunicaciones. En 2025, el comercio bilateral entre China y la región ascendió a 565 mil millones de dólares, superando ampliamente los 346 mil millones de dólares registrados entre América Latina y Estados Unidos.

Stephen McFarland, ex embajador estadounidense en Guatemala, subrayó a Politico el principal desafío: la falta de alternativas estadounidenses a la financiación de obras de infraestructura. “¿Cuál es la alternativa a la inversión china? Las empresas estadounidenses en su mayoría han evitado los grandes proyectos en América Latina”. Eso tiene una explicación: corrupción y falta de transparencia, límites en los cuales China se siente cómodo negociando.

Escenario futuro y márgenes de maniobra

Trump prevé reunir a mandatarios latinoamericanos el 7 de marzo en Miami, en vísperas de su encuentro bilateral con Xi Jinping en Beijing, confirmó un funcionario de la Casa Blanca. No obstante, los intentos de Washington para disminuir la dependencia regional de China parecen limitados por la incapacidad de igualar la demanda china de materias primas como soja, mineral de hierro y carnes.

Si bien la administración Trump ha aumentado los recursos destinados a la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional y preservado a la Agencia de Comercio y Desarrollo frente a recortes presupuestarios, los resultados sólo llegarían en el mediano plazo. Brian Nichols, ex subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental, matizó a Politico: “Lleva mucho tiempo concretar un proyecto de varios miles de millones de dólares y aún no somos tan ágiles como los chinos”.

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