
En los confines del noroeste de Suiza, donde confluyen tres fronteras, Basilea se presenta como una ciudad singular, marcada por la diversidad y el pulso de la historia. Fundada a orillas del Rin, esta urbe de apenas 175.000 habitantes presume de un dinamismo propio de metrópolis mayores, un carácter cosmopolita moldeado por siglos de intercambio comercial y cultural. Sus calles, jalonadas de edificios góticos y plazas bulliciosas, atestiguan una convivencia armónica entre pasado y presente: la Marktplatz, con su Ayuntamiento rojo y sus mercados matinales, o el barrio medieval de Sankt Alban, donde canales y molinos dialogan con manufacturas reconvertidas.
Pero el viajero que llega a Basilea pronto se da cuenta de su condición excepcional. No hay otra ciudad en Europa donde un solo aeropuerto comparta jurisdicción entre Suiza, Francia y Alemania, ni donde tres estaciones de tren conecten una urbe de este tamaño con el resto del continente. Esta ubicación estratégica ha convertido a Basilea en un enclave abierto y curioso, siempre dispuesto a asimilar influencias externas y reinventarse. Buena prueba de ello es la Iglesia de Elisabethen, desacralizada y transformada en espacio de conciertos y encuentro social, o la plaza del Teatro, donde esculturas monumentales de Richard Serra y fuentes cinéticas de Jean Tinguely animan el paisaje urbano.
El alma artística de Basilea
El verdadero latido de Basilea, sin embargo, se encuentra en sus museos. La ciudad ostenta el mayor número de museos por habitante del mundo, un récord que no responde al azar, sino a una larga tradición de mecenazgo y participación ciudadana. El caso más emblemático se remonta a 1967, cuando el Kunstmuseum, principal pinacoteca local, estuvo a punto de perder dos obras de Picasso tras la quiebra de una aerolínea suiza. El propietario, Peter G. Staechelin, se vio forzado a vender parte de su colección y la comunidad, lejos de resignarse, impulsó una colecta popular y un referéndum para adquirir los lienzos con fondos municipales. El propio Picasso, conmovido por la iniciativa, donó además otros cuatro cuadros. Hoy, el museo expone orgulloso estas piezas junto a otras joyas de su acervo.
Este episodio marcó un antes y un después en la identidad cultural de Basilea. Desde entonces, la pasión por el arte se ha expandido a todos los rincones de la ciudad, manifestándose tanto en museos de renombre como en intervenciones urbanas que sorprenden al paseante. El barrio de Sankt Alban, por ejemplo, resume esta convivencia entre tradición y modernidad: sus callejuelas medievales albergan ahora centros de interpretación y sedes museísticas que celebran los oficios y la creatividad local.
Museos y arquitectura contemporánea: Fundación Beyeler, Vitra y Novartis

La oferta museística de Basilea se extiende más allá del centro histórico. En las afueras, el Museo Tinguely rinde homenaje al artista suizo con una colección de esculturas que dialogan con la naturaleza ribereña. Más allá, la Fundación Beyeler, fundada por el marchante Ernst Beyeler y diseñada por Renzo Piano, invita a contemplar obras maestras como Los nenúfares de Monet en un entorno que fusiona arte y paisaje.
La arquitectura contemporánea halla su máxima expresión en el Campus Vitra, en las cercanías de Weil am Rhein. Tras un incendio, Rolf Fehlbaum, heredero de la firma de muebles, encargó la reconstrucción de las instalaciones a arquitectos de renombre como Frank O. Gehry, Zaha Hadid y Tadao Ando. El resultado es un auténtico “hall of fame” del diseño, donde cada edificio narra una historia distinta.
No menos espectacular es el Novartis Campus, que desde 2022 abrió sus puertas al público, permitiendo recorrer un conjunto de 20 edificios concebidos por figuras internacionales como David Chipperfield y Michele De Lucchi. El Novartis Pavillon destaca por su fachada multimedia, que proyecta imágenes inspiradas en la vida microscópica, y acoge la exposición Wonders of Medicine, dedicada a la innovación médica y farmacéutica.
Marktplatz y el pulso cotidiano

El corazón de Basilea late también en la Marktplatz, una plaza que, de martes a sábado, se transforma en un bullicioso mercado agrícola. Aquí, los vecinos compran productos frescos mientras contemplan el vibrante colorido del Ayuntamiento, un edificio gótico que brilla tanto por sus relieves como por las pinturas que narran la historia local. Aunque los frescos originales de Hans Holbein el Joven se han perdido, la memoria de la ciudad sigue viva en las escenas que decoran sus muros.
Este equilibrio entre lo antiguo y lo cotidiano se reproduce a orillas del Rin. Desde el puente Wettstein, la vista abarca los vestigios de la pujanza comercial de Basilea, impulsada por la industria de los tintes y, más tarde, por el auge químico y farmacéutico. En la plaza de la Feria, el legado mercantil se renueva con eventos internacionales de arte, lujo y relojería, mientras los días tranquilos se llenan de partidas de ajedrez gigante y la algarabía de los jóvenes que se dirigen a la Messeturm, el edificio más alto del país.
El recorrido por Basilea no estaría completo sin una visita al Dreiländereck, el obelisco metálico de 7 metros que señala el punto exacto donde convergen Alemania, Francia y Suiza. Este enclave resume el espíritu abierto y fronterizo de la ciudad, un espacio donde es posible cruzar de un país a otro en apenas unos pasos.
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