
La presencia de los cementerios en la estructura de las ciudades ha seguido a lo largo de la historia un patrón constante: se ubican, en su mayoría, en las afueras de los núcleos urbanos. Pero lejos de ser tan solo lugares lúgubres y solitarios, algunos han alcanzado gran valor por las obras de arte que albergan. El cementerio de San Isidro en Madrid es uno de los ejemplos más relevantes por la calidad de sus esculturas y monumentos funerarios. Algo similar ocurre en Zaragoza, donde el cementerio de Torrero se ha convertido en un enclave de referencia no solo para los familiares de quienes allí descansan, sino también para estudiosos, turistas y amantes del arte.
Estos recintos conforman auténticos museos al aire libre, donde la escultura, la arquitectura y la ornamentación convierten cada rincón en una pieza digna de admirarse. Este fenómeno no es exclusivo de grandes ciudades, ya que en distintos rincones del país existen cementerios cuya relevancia trasciende lo funerario y se asienta en el terreno de la cultura y la identidad local. De este modo, entre todos ellos destaca uno cuya ubicación y origen lo convierten en una rareza histórica en el panorama español.
Se trata del antiguo cementerio musulmán, situado en las proximidades de la emblemática Torre de Hércules, en A Coruña. Conocido como la ‘Casa de las Palabras’, este recinto, aparte de su localización privilegiada junto al legendario faro romano, encierra una historia ligada a uno de los periodos más críticos de la historia reciente de España: la Guerra Civil. Así, el cementerio fue creado con el fin de acoger los restos de los soldados procedentes del norte de África que combatieron a favor del bando sublevado.
Una curiosa historia y delicada arquitectura

El origen de la ‘Casa de las Palabras’ se remonta a plena contienda, pues entre 1936 y 1937, el camposanto cobró forma por orden directa del general Francisco Franco. El objetivo era dar sepultura a los soldados provenientes del Protectorado del norte de África, que habían sido movilizados para luchar junto al bando sublevado. Se estima que cerca de 30.000 soldados musulmanes participaron en el conflicto en apoyo al bando nacional. La naturaleza del enfrentamiento provocó la pérdida de un número considerable de vidas entre estas tropas, lo que forzó la creación de un cementerio específico para sus restos.
La decisión de construir el camposanto recayó en las autoridades militares de la región, encabezadas por el capitán general de Galicia, Antonio Aranda, y su sucesor, Luis Lombarte, quienes dieron inicio a las obras en pleno desarrollo de la contienda. De este modo, la construcción del recinto, diseñada para atender una circunstancia extraordinaria, reflejaba tanto la circunstancia bélica como el respeto por las tradiciones funerarias islámicas. En una superficie de apenas 200 metros cuadrados, el cementerio cumplía con los preceptos que las costumbres religiosas dictaban para el enterramiento de los combatientes musulmanes.
Además, a pesar de su discreta extensión, el cementerio destacó por la singularidad de sus elementos arquitectónicos y ornamentales. El recinto ofrecía un acceso marcado por un arco de entrada, que dotaba de solemnidad el tránsito hacia el interior. Entre las estructuras más notables se encontraba una pequeña cúpula en una de las esquinas, uno de los elementos identificativos del lugar. Pero no solo eso, pues diversos adornos distribuidos a lo largo de la tapia perimetral aportaban un carácter distintivo al cementerio.
La reconversión como centro artístico
Tras el fin de la Guerra Civil y la desaparición de la presencia militar africana, el cementerio sufrió un paulatino abandono. Privado de mantenimiento institucional y de uso continuado, la degradación fue haciéndose evidente con el paso del tiempo. El deterioro alcanzó tanto las estructuras arquitectónicas como los detalles ornamentales, poniendo en peligro la supervivencia y la integridad del recinto. La falta de intervenciones provocó el avance del desgaste, convirtiendo el lugar en un vestigio casi olvidado de la historia reciente.
Sin embargo, en el año 2006 inició una nueva vida al ser adquirido por el Ayuntamiento y recibir un propósito completamente distinto. El recinto pasó a denominarse la ‘Casa de las Palabras’, una transformación que responde a un proyecto museístico con una clara misión: fomentar el diálogo y la unión entre culturas en un espacio cargado de historia. El cambio de uso incluyó una intervención artística y educativa significativa. Las paredes del antiguo cementerio fueron decoradas con ilustraciones del artista Xoan Viqueira, cuya propuesta visual acompaña la nueva narrativa del lugar.
Los muros, ahora convertidos en soportes expositivos, relatan la historia de la ciudad y de la Torre de Hércules en una variedad de idiomas, entre los que destacan el latín, griego, árabe, gaélico y castellano antiguo. El enfoque multilingüe refuerza el mensaje de diálogo intercultural, enlazando pasado y presente en una celebración de la diversidad. Uno de los elementos más originales de esta renovación es la inclusión de 250 palabras gallegas y españolas de raíz árabe. Estas inscripciones, repartidas por el recinto, evidencian la huella lingüística de la cultura árabe en la península, estableciendo puentes entre lenguas y tradiciones distintas. La ‘Casa de las Palabras’ no solo rinde homenaje al legado musulmán presente en el lugar, sino que abraza la convivencia y la apertura como valores fundamentales.
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