
Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) vive seis meses al año en una pequeña aldea del Baztán. Allí es donde lleva cinco años creando un bosque con su hermana, y donde dice que, de vez en cuando, se estira en el suelo de madera de su casa para mirar a través de los tragaluces del techo. “Allí me paso el rato imaginando”, cuenta en un encuentro con la prensa. Fue en uno de esos días cuando, mirando una nube suspendida en el cielo, decidió que precisamente esa tenía que ser la cubierta de Casa (Espasa), la nueva novela que acaba de publicar. No hacía falta añadirle nada más.
El escritor, ganador del Premio Nadal en 2018, regresa así con una novela que precisamente defiende eso: lo mínimo, o mejor dicho, lo vital. Casa es un libro sobre una niña llamada Mika que, con la ayuda de su abuelo Tadeo, trata de plantar un bosque en los alrededores de donde vive mientras este intenta enseñarle a habitar el mundo de la mejor manera posible. Junto a ellos está Pedro, el padre de Mika que, tras separarse, decidió dejar su trabajo y regresar al sitio en el que creció para recuperar algo de sí mismo que creía perdido. También para pasar tiempo con su hija y con Tadeo, aunque un terrible accidente cambiará todos sus planes.
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Así, como esa nube que Alejandro Palomas contemplaba, Casa también se presenta como un “planeta pequeñito” y aislado. Pocos personajes en un lugar que, como él mismo dice, “podría ser cualquier lugar del mundo”. Lo importante no era el dónde, sino el qué y, sobre todo, el cómo: su nuevo hogar es un refugio en el que, al contrario de lo que ocurre en el mundo, los procesos son más importantes que los finales. “Estamos en un momento en el que la gente no quiere escribir, sino que quiere ser escritora; no quiere hacer un doctorado, sino que quiere ser profesor de universidad. La gente no quiere vivir los procesos, solo llegar a un lugar, aunque dentro de ese lugar no haya nada. Eso es lo que estoy intentando revertir desde la ficción”.

Los lectores niños
Tadeo no le enseña a su nieta matemáticas ni literatura. En cambio, se inventa para ella todo un mundo mágico a través del que procura que Mika aprenda “a respetar los tiempos de la naturaleza, no del ser humano”. En poco más de 200 páginas, el libro articula esta maravillosa relación entre dos generaciones para construir un estado de ánimo que acompañe y que invite al lector a quedarse, a pensar en sus abuelos o en el pueblo al que iba de pequeño. Un libro-casa que, al contrario de lo que su trama parece contar en un primer momento, enseña que no hace falta irse muy lejos para descubrir las cosas más importantes.
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“Creo que, en un momento de adormecimiento como en el que estamos, está bien que la literatura despierte”, defiende Alejandro Palomas. “Que cree conciencia de cómo leemos, de cómo damos las cosas por hechas”. Las preguntas de Mika sobre el mundo crean ese efecto. Preguntas tan sencillas y a la vez tan complejas como: “¿Qué había antes aquí?”. Bajo su mirada, las palabras parecen desprenderse de cualquier carga de significado. Son lo que son, incluso lo que uno quiere que sean, y nos muestran un mundo completamente distinto.
“Los niños nos enseñan a ser niños, algo que tenemos muy olvidado. Quien lee un libro se convierte en un niño que intenta descubrir cosas y que quiere que le cuenten y expliquen otras que le cambien la vida”, afirma Palomas. “Los lectores te entregan todas sus vulnerabilidades en la intimidad de la lectura”. Desde el otro lado, él también escribe como un niño a través de la voz de Mika. “Hay algo muy fácil para crear personajes de esa edad y es mirar hacia arriba todo el rato. Así es como ellos ven el mundo. A veces decimos: ‘¡Esta niña es muy sabia!’, pero no es así. Los niños son niños, no sabios. Están muy cerca de la tierra, por eso preguntan así. Nosotros estamos ya muy lejos de la tierra, por eso no preguntamos".
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“A lo mejor la inteligencia artificial acaba cuidando a los niños”
Casa también puede leerse como una cápsula en el tiempo. Una caja de los recuerdos sobre lo que significa ser padre, abuelo, hija, nieta. “Hace poco leí que el 60% de los abuelos de este país están a cargo de los nietos. Los van a buscar al colegio, los llevan a casa y, por suerte, los educan”, valora Palomas. “Los padres muchas veces caen en cuestionarse la maternidad o la paternidad. Cuando el niño se pone enfermo o hay que llevarlo a sitios, llegan; todo es un problema. Para los abuelos, el niño nunca es el problema. Se dice que malcrían, pero deberíamos decir que educan, porque están libres de esa culpa y esa tensión que implica ser padre”.
La contrapartida de eso es que los niños “suelen llegar tarde” para devolverles a los mayores todo el amor que recibieron. “Cuando creces, llega un momento en el que cambian los roles. Tus abuelos, en mi caso al menos, empiezan a mostrar más debilidad. Tú estás en una edad en la que quieres ser libre y hacer muchas cosas. Los abuelos empiezan a preocuparse por sí mismos también. Como nieto, tienes la sensación de que no has correspondido, que ellos te dieron mucho y tú fallaste un poco. Porque, cuando mueren, pasan al número uno del recuerdo. Todo el mundo recuerda a un abuelo o a una abuela y los echa mucho de menos”, reflexiona Palomas.
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Con todo, advierte el escritor que “la abuelidad” está cambiando. La edad a la que se tienen hijos aumenta cada año, y el caso de Mika, de siete años, y Tadeo, que está a punto de jubilarse, parece condenado a la extinción. “No sé cómo va a ser en un futuro. Si los padres no están y los abuelos necesitan cuidado, no sé quién cuidará de los niños... ¿La inteligencia artificial?“, cuestiona el escritor, que recuerda cómo en su infancia descubrió lo que era ser libre. “La libertad solo se puede aprender en esos años”, añade. Por todo eso, su mayor deseo con el libro es que anime a repensar las cosas, a cambiar de rumbo. “Tenemos que hacer marcha atrás, volver a lo emocional, de lo que soy defensor. La vida la vives con emoción, no hay más. Cuando tú te vas de aquí, es lo que has sentido. Luego lo demás, el tiempo se va comiendo recuerdos, pero esto es lo que perdura hasta el final”.
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