Durante años, James Cameron ha defendido el potencial inmersivo del cine 3D, pero reconoce que las molestias reportadas por el público tras ver películas como Avatar tienen su origen en el cerebro, no en los ojos. El director sostiene que los síntomas de dolor de cabeza, fatiga y náuseas habituales en estas proyecciones obedecen al modo en que el cerebro interpreta la profundidad artificial, un fenómeno profundamente ligado a la neurociencia de la visión. “Me he metido un poco en la neurociencia para poder, como autor de la película, complacer al público tanto como sea posible”, reconocía el director en una reciente entrevista.
Tal y como explica el director, al observar la realidad cotidiana, nuestros ojos y cerebro intervienen coordinadamente para calcular distancias. En ese proceso, se combinan la vergencia, que es el movimiento de los ojos para enfocar objetos a distintas distancias, y la acomodación, que ajusta el cristalino para mantener la nitidez. Este dúo funciona de forma sincronizada en el mundo real, pero en el cine 3D se produce una disociación. Los ojos pueden “enfocar” un personaje que parece cercano o lejano en la pantalla, mientras el cristalino permanece siempre fijado en el plano de la superficie, porque la pantalla es plana. Esta contradicción sensorial recibe el nombre de conflicto de vergencia-acomodación.
Cameron profundizó en la neurociencia aplicada al diseño estereoscópico durante la producción de Avatar: Fuego y ceniza, tras constatar que la incomodidad de los espectadores surgía de ese sobreesfuerzo cerebral por interpretar dos señales contradictorias sobre la profundidad. La consecuencia de este proceso incrementado es una sensación de malestar que puede traducirse en cefaleas, mareo, fatiga o la impresión subjetiva de que “algo no está bien” al integrar la información visual 3D. “Cuando la gente dice que le da cansancio en los ojos, en realidad no es por lo que están cansados, sino que es por el cerebro”, aclaraba el cineasta.

Así solucionó Cameron los problemas
El realizador asegura que, para disminuir estas molestias, introdujo mejoras técnicas específicas en Avatar: optó por una mayor tasa de cuadros por segundo, lo que suaviza los movimientos y reduce los saltos abruptos de profundidad que pueden saturar el sistema visual. Además, vigiló que la mayoría de las escenas se desarrollaran en una “zona de confort” estereoscópica, es decir, evitando exigir al cerebro procesamientos extremos de los efectos de profundidad.
James Cameron recalca que el público más sensible a estos efectos —personas con disfunciones de la visión binocular o propensas a migrañas— debe tomar precauciones adicionales, como sentarse en las filas posteriores de la sala, eludir ángulos extremos y realizar pausas frecuentes durante las proyecciones 3D. Los expertos consultados añaden que el desafío para el cine 3D reside en encontrar un equilibrio entre la espectacularidad y el respeto por los límites naturales del procesamiento visual humano. Al trasladar los hallazgos de la neurociencia al lenguaje audiovisual, Cameron sostiene que el cine inmersivo solo puede prosperar cuando respeta la lógica del cerebro humano. Su abordaje en Avatar marca un precedente sobre cómo la tecnología y el diseño consciente pueden minimizar el malestar, mejorando la experiencia de quienes buscan nuevas formas de ver el cine.
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