Juan José Lahuerta
Madrid, 6 abr (EFE).- Sin Fede Valverde, el Real Madrid naufragó en Mallorca y dejó más de media Liga en manos del Barcelona. Su ausencia fue una losa muy pesada que sufrió el equipo de Álvaro Arbeloa, bastante dependiente en su floreciente mes de marzo del centrocampista uruguayo. Ahora, vuelve a tiempo para enfrentarse al Bayern Múnich.
Hay ausencias que pesan en el Real Madrid. La de Valverde en Mallorca fue una de ellas. Sin el charrúa, el conjunto blanco perdió pulso y, lo que es más grave, se quedó sin otro título, salvo milagro, tras la despedida en Albacete de la Copa. No fue solo una derrota: fue otra advertencia.
Porque este Real Madrid de Arbeloa, tan efectivo en los últimos encuentros, encontró en el uruguayo algo más que un centrocampista: su motor. Y cuando el motor falta, el coche no anda. En Son Moix se vio con crudeza.
El equipo se quedó sin energía, sin ese ida y vuelta que sostiene las estructuras cuando el talento no alcanza. El 2-1 fue casi una consecuencia natural y el tanto de Morlanes con Camavinga contemplativo, una evidencia.
La sanción por la entrada a Baena en el derbi salió carísima. Valverde no estaba y el Madrid lo notó desde el primer minuto. Desapareció el agitador, el jugador que empuja cuando el partido se atasca, el que convierte lo ordinario en urgente. Sin él, el equipo dejó de carburar.
El Real Madrid venía de una reacción de carácter tras tocar fondo ante el Getafe (0-1). Cinco partidos, cinco victorias. Y en casi todos, la huella de Valverde: triplete al Manchester City y goles ante Celta, Elche y Atlético. Era el Madrid de la inercia ganadora, del ritmo alto, del fútbol con efectivo. Era, en buena medida, el Madrid de Valverde.
Ni siquiera el parón internacional le frenó. Marcó a Inglaterra en un amistoso y cumplió con buena nota ante Argelia. Con Uruguay lo jugó casi todo, acumulando kilómetros como quien no entiende de límites. Parecía lógico pensar que el descanso obligado le vendría bien. Pero el fútbol tiene estas ironías: descansó él y se cayó el equipo.
En Mallorca, nadie recogió su testigo. Ni Camavinga ni el joven Manuel Ángel, novedades en el centro del campo, lograron imponer ese tono competitivo que Valverde imprime de manera natural. El bloque alto que había funcionado se deshizo como un azucarillo. Faltó carácter, faltó continuidad, faltó ese punto de rebeldía que no se entrena.
El engranaje que venía funcionando -Valverde, Tchouaméni, Pitarch, Güler, Brahim y Vinícius- perdió tres piezas clave de golpe: el propio Valverde, Pitarch y Vinícius. Junto a Camavinga y Manuel Ángel también entró Mbappé, que fue de lo poco salvable, y solo Leo Román evitó que firmara tres goles antes del descanso.
La sensación fue clara; el Real Madrid depende de Valverde más de lo que le conviene. Porque su fútbol es energía, pero también es ejemplo. Es el primero en correr, en ayudar, en sostener al compañero. Y eso, en un equipo grande, es media victoria. Lo explicó con una claridad poco habitual en el fútbol actual, en una charla con 'Terapia picante' durante el parón internacional:
"Cuando dejas el ego a un costado para involucrarte en el equipo, dejar el alma por el compañero, saber cuando hay que hacer las cosas, dar un paso a un costado... Ese es el punto de mira, el equipo. Cuando los 25 jugadores de un equipo piensan de esa forma, podrás jugar mal, podrás jugar muy mal, no podrás dar dos pases pero te va a llevar al objetivo tarde o temprano que si cada uno lucha por su premio, por marcar dos o tres goles dándole igual si perdemos. Eso es lo que cambia mucho".
Esa implicación por el compañero y por el colectivo regresará al Bernabéu este martes. Valverde vuelve a tiempo para el Bayern, al que ya eliminó en las semifinales del curso 2023/24. Y no es un regreso cualquiera: es el del jugador que sostiene al equipo cuando todo tiembla.
El Real Madrid llega tocado, casi fuera de la Liga, pero el fútbol siempre concede una última oportunidad. Arbeloa se agarra a ella. Y en ese intento, el nombre de Valverde aparece como un salvavidas. Porque hay futbolistas que juegan bien. Y hay otros que hacen jugar bien a los demás. Valverde es de los segundos. Es, en definitiva, el efecto Valverde. EFE
