Marcel Guinot
Madrid, 3 abr (EFE).- Dos velas rojas y un ramo de flores custodian la entrada del garaje de la calle Lilos, en el municipio madrileño de Alcorcón. Son el último recuerdo de Jesús y Sergio, los dos bomberos que murieron atrapados en el fuego y el humo del incendio que intentaban sofocar. Hoy el panorama es menos infernal, más sosegado. Las llamas han dado paso al silencio.
Sergio y Jesús entraron allí con la abnegación que sólo un bombero es capaz de manifestar en un panorama similar. A ciegas, cruzaron la densa nube de humo negro que se escapaba del interior e intentaron apagar las violentas llamas. Su labor les costó la vida. Hoy, los vecinos que observaron su trágico destino intentan volver a la normalidad, con los sentidos todavía embotados por el recuerdo de las explosiones.
Sin embargo, la realidad se lo impide. Agentes de la Policía Nacional custodian la entrada de su portal, bomberos de la Comunidad de Madrid revisan el edificio y una nube de periodistas ocupa sus aceras y pregunta a discreción a los propietarios de negocios colindantes y los curiosos que se acercan. Todo ello bajo una cascada incesante de lluvia, que amaina y arrecia cada tanto, como si el cielo quisiera disculparse por las llamas.
Eran las tres y media de la tarde cuando un vecino, a bordo de un vehículo eléctrico, entraba al garaje de su edificio. Su coche había sido adaptado. Es por ello que contaba con un mando en el volante. Se equivocó, pegó un acelerón y se estrelló contra una columna y otro coche. Comenzó a salir humo y, poco después, se produjo la primera explosión.
Cinco minutos más tarde, tres camiones de Bomberos del Ayuntamiento de Alcorcón llegaron a la puerta del garaje. Primero entraron “tres o cuatro” efectivos, según el testimonio de varios vecinos. Poco después se escucharon otras deflagraciones.
Algunas personas cuentan que el segundo bombero llegó a salir una vez del garaje y que, al ver que su compañero no salía, volvió a entrar a por él. Por el momento, ni el Ayuntamiento de Alcorcón ni el cuerpo de Bomberos del municipio han querido confirmar este extremo.
Dolores, que vive en el cuarto piso, escuchó toda la secuencia. Primero, el “golpe” del coche que desencadenó la desgracia. Luego, una primera explosión. Después, los gritos del conductor y su mujer, que tuvieron que ser rescatados en estado de ansiedad por dos albañiles que trabajaban en una obra del parque de la urbanización. Y por último, la entrada de los bomberos y el trágico final de uno de ellos, a quien sacaron “a rastras”, ya en parada cardiorrespiratoria.
“El humo, negro y espeso como un demonio, salía desde el garaje y también por arriba. El parque, que es muy grande y está lleno de plantas y flores, estaba negro, no se veía nada”, cuenta la vecina con los ojos vidriosos.
Tardó pocos minutos en reaccionar. “Llamé a mi vecina y le dije: vámonos, porque si esto empieza a arder, nos quedamos aquí todos. Dejé la televisión puesta y todo”, comenta. Horas más tarde, con el incendio extinguido, uno de los bomberos la acompañó hasta su casa para recoger algunas medicinas.
Juan José, que en el momento de los hechos salía del portal de su casa, unos metros más abajo del garaje, también presenció el rescate del conductor. “Oí un golpe y al poco, como unos 15 o 20 segundos después, una fuerte explosión. Escuché a un hombre pedir socorro y vi cómo salía humo, mucho humo del coche. La mujer salió corriendo, pero el hombre no era capaz de salir. Le tuvieron que sacar dos chavales que estaban allí trabajando”, explica.
La policía le pidió a Mohamed, el frutero de la esquina, que cerrara su negocio. Él también escuchó el golpe y las explosiones. Cuando salió de la tienda, la escena era dantesca: el humo ya se había apoderado del vecindario y el caos de las sirenas perforaba el ambiente.
Por el momento, la investigación policial sigue su curso, a la espera de que la Policía Científica reciba la autorización para entrar al garaje. Mientras tanto, el silencio sigue apoderándose de la calle Lilos. De vez en cuando se ve interrumpido por las conversaciones de los policías, bomberos y vecinos allí presentes, pero nada más lo perturba. La calma es hoy un homenaje a Sergio y Jesús. EFE
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