La rutina que deben seguir los padres para que sus hijos adolescentes dejen de tener tanta pereza, según un psicólogo

Este doctor recuerda que la apatía a esta edad no es un rasgo de carácter ni una cuestión de voluntad, sino un tema biológico

Un adolescente típico. (Freepik)

¿Quién no ha oído eso de “es un niño muy movido”? Lo cierto es que, salvo honrosas excepciones, todos los niños son muy movidos, lo que en los adultos hipocondríacos lleva a sobrediagnósticos de hiperactividad y déficit de atención. Pero esos padres no deben alarmarse: la energía infantil se agota de repente al llegar la adolescencia, y entonces la preocupación es la contraria: la pereza que parece asociada inevitablemente a esa etapa de la vida.

Pero todo tiene solución. Ahora, el médico Jimmy Mohamed, una estrella mediática en Francia, especializado en hábitos en la adolescencia, ha ofrecido varias recomendaciones —dirigidas más a los padres ansiosos que a los adolescentes apáticos— para ayudar a estimular a los jóvenes. Y es que, según este especialista, la apatía adolescente no es un rasgo de carácter ni una cuestión de voluntad, sino un tema biológico: el reloj interno de los jóvenes se desplaza de forma natural durante la pubertad, lo que los empuja a dormirse más tarde y a despertarse con dificultad.

Por ello, la tentación de imponer un cambio de golpe es, según Mohamed, contraproducente. “La primera cosa que no hay que hacer es que, si un niño se acuesta tarde —a las 23h o a medianoche— decirle: ‘A partir de esta noche serán las 21h en la cama’”, advirtió en la televisión francesa Para el médico, ese enfoque solo genera “frustración, insomnio y estrés” en los menores.

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La alternativa que propone es gradual: “Lo que sí es posible hacer es desplazar poco a poco la hora de acostarse, 15 o 20 minutos cada día un poco antes. Al cabo de una semana, en función del desfase, el joven puede ganar 1 o 2 horas de sueño y retomar el ritmo de forma mucho más tranquila”. Para quienes no consigan avanzar con ese método, sugiere una segunda vía: levantarlos el sábado por la mañana a las 7h “como si fueran al colegio”, para que acumulen cansancio durante el día y se duerman antes esa noche.

La luz también juega un papel en este reajuste. Mohamed recomienda a los padres “abrir las persianas” de la habitación al despertar a sus hijos. “Es un poco como los vampiros: a los niños no les gusta demasiado la luz del día, pero sincroniza su reloj biológico y les permite estar más cansados por la noche”, explicó en el mismo programa. Añadió que “la alimentación también sincroniza el reloj biológico”, por lo que un desayuno temprano refuerza la señal de inicio del día.

9 de cada 10 adolescentes están permanentemente en la red.

Pantallas, dopamina y el ciclo que agota la concentración

Mohamed identifica en las redes sociales un factor que interfiere directamente con la motivación y el sueño. “Hay notificaciones, hay vídeos, y por tanto se produce dopamina. La dopamina es la hormona de la recompensa. Ves un vídeo: ‘Qué bien’, pico de dopamina; luego otro, pico de dopamina. Es interminable”, ha explicado el médico, irónicamente, en un vídeo de TikTok visto más de 300.000 veces. Su conclusión es que ese ciclo “agota nuestra motivación, nuestra capacidad de atención, nuestra concentración”.

El médico no propone prohibir las pantallas, sino establecer un horario concreto para usarlas. Y recomienda: “Lean 5 o 10 páginas al día de cualquier libro. Van a producir serotonina, la hormona del bienestar. Menos pantalla, más dopamina; más libros, más serotonina”.

Mohamed también se pronuncia sobre los horarios de estudio. La atención, dice, alcanza su punto máximo en dos franjas del día: la mañana y la tarde media. “Si tienen que repasar, es por la mañana o a media tarde. Justo después de comer, uno olvida, no es productivo. La atención vuelve hacia las 15h-16h hasta las 18h-19h”, precisó.

En cuanto a la alimentación, el médico insiste en tres grupos que los adolescentes suelen descuidar: proteínas —con los huevos como opción accesible—, fibra para estabilizar el nivel de azúcar en sangre, y ácidos grasos omega-3 presentes en los pescados grasos. La lógica es la misma que en el sueño y el ejercicio: sin el combustible adecuado, el cerebro no puede sostener la atención ni la motivación.

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