La ‘relación especial’ entre Estados Unidos y Reino Unido que la guerra de Irán deja al descubierto como “mucho menos especial de lo que creían los británicos”

Las críticas de Donald Trump a Keir Starmer, sumadas a la negativa de Londres a participar en ataques ofensivos, exponen la fragilidad de un vínculo que durante décadas se presentó como incuestionable

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Keir Starmer y Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca. (Kevin Lamarque / Reuters)
Keir Starmer y Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca. (Kevin Lamarque / Reuters)

La relación entre Estados Unidos y Reino Unido ha sido durante décadas uno de los pilares del orden internacional occidental. Bautizada como “relación especial” por Winston Churchill en plena posguerra, esa alianza ha combinado historia compartida, cooperación militar, inteligencia y afinidad cultural. Sin embargo, bajo la presidencia de Donald Trump y en el contexto de la guerra contra Irán, esa etiqueta se ha convertido en objeto de debate, cuando no directamente en motivo de tensión.

Pero los mitos, como las estructuras políticas, también se erosionan. Y lo que la guerra contra Irán ha dejado al descubierto no es tanto una ruptura súbita como la constatación de algo más incómodo: que esa relación quizá nunca fue tan especial como Londres quiso creer.

Una alianza asimétrica

“Siempre ha sido una relación muy especial, pero mucho más especial para unos que para otros”, explica Mariano Aguirre, investigador senior no residente del CIDOB y miembro asociado de Chatham House de Londres. Su diagnóstico apunta a un desequilibrio de fondo: Reino Unido ha tendido a sobredimensionar la relación, mientras que Estados Unidos la ha entendido en términos más instrumentales.

“Para Estados Unidos era una relación especial, pero mucho menos especial de lo que creían los británicos”, matiza Aguirre. Esa diferencia de percepción ha atravesado décadas de cooperación, desde la Segunda Guerra Mundial hasta las intervenciones más recientes en Oriente Medio.

Patrick Costello, exfuncionario de la Unión Europea y experto en política exterior europea, coincide en ese enfoque. “La relación especial siempre ha sido algo exagerado”, sostiene. “Existió realmente tras la Segunda Guerra Mundial, pero con el tiempo se ha percibido como mucho más importante desde el punto de vista británico que desde el estadounidense”, detalla.

Esa asimetría, que durante años pudo disimularse bajo la retórica de la alianza, se ha hecho más visible tras el Brexit. “El Reino Unido está ahora muy solo y está en una posición mucho más vulnerable”, advierte el analista europeo. "Sin el respaldo de la Unión Europea, Londres pierde capacidad de maniobra frente a presiones externas, ya sean comerciales o estratégicas”, añade.

Irán y el punto de ruptura

La guerra contra Irán ha actuado como un acelerador de esas tensiones. El Gobierno de Keir Starmer decidió no sumarse a los ataques ofensivos impulsados por Washington, aunque sí autorizó el uso de bases británicas para operaciones defensivas.

El primer ministro británico, Keir Starmer, observa mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia unas palabras tras la firma oficial de la primera fase del acuerdo de alto el fuego en Gaza. (REUTERS/Evelyn Hockstein)
El primer ministro británico, Keir Starmer, observa mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia unas palabras tras la firma oficial de la primera fase del acuerdo de alto el fuego en Gaza. (REUTERS/Evelyn Hockstein)

La decisión marca una inflexión respecto a la tradición reciente. Starmer ha querido dejar claro que su margen de actuación está condicionado por el derecho internacional y por la experiencia histórica. “Todos recordamos los errores de Irak”, afirmó, al tiempo que insistía en que el Reino Unido “no se sumará a acciones ofensivas” y que cualquier intervención debe tener “una base legal y un plan viable”.

Para Costello, ese giro no es menor. “Es interesante que el Gobierno haya adoptado una posición tan clara sobre la guerra, que además es muy popular en el país”, señala. Y apunta a un cambio de cultura política: “Hace años, lo más probable es que Londres se hubiera alineado con Washington sin tantas reservas”.

Ese matiz, sin embargo, ha sido interpretado en la Casa Blanca como una señal de distanciamiento. Trump ha reaccionado con una mezcla de reproche político y desdén personal. “No ha sido de mucha ayuda”, dijo sobre el primer ministro británico. Y añadió: “Es muy triste ver que la relación ya no es lo que era”.

El presidente estadounidense ha ido más allá al comparar la actitud británica con la de otros aliados. “Francia ha estado fantástica, todos lo han estado, pero el Reino Unido ha sido muy diferente”, afirmó, subrayando un contraste que coloca a Londres en una posición incómoda dentro del bloque occidental.

El enfado de Trump

Las críticas de Trump no se han limitado al ámbito estratégico. En una de sus declaraciones más llamativas, sugirió que Starmer “no es Churchill”, una comparación que no solo interpela al actual primer ministro, sino que cuestiona la propia tradición histórica de la alianza entre ambos países.

A ello se suman ataques a la política interna británica. El presidente estadounidense ha asegurado que el Reino Unido “ya no es un país reconocible” y lo ha descrito como “la isla woke”, al tiempo que instaba a endurecer la política migratoria frente a “gentes que vienen de tierras extrañas”.

Para Aguirre, este tono no es improvisado, “es una tensión premeditadamente creada por Trump”. En su opinión, el objetivo no es solo presionar a Londres, sino utilizar esa presión dentro de una estrategia más amplia.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro británico, Keir Starmer, se dan la mano durante una conferencia de prensa (REUTERS/Kevin Lamarque)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro británico, Keir Starmer, se dan la mano durante una conferencia de prensa (REUTERS/Kevin Lamarque)

“Quiere utilizar a Starmer como una punta de lanza contra los europeos”, explica. La lógica sería forzar al Reino Unido a alinearse con Washington frente a la Unión Europea. Pero también hay una dimensión interna: “Le pone entre la espada y la pared con su propio electorado”, añade el experto del CIDOB.

Ese elemento resulta especialmente relevante en el contexto político británico actual. El auge de la ultraderecha y la crisis del conservadurismo tradicional configuran un escenario volátil en el que las críticas externas pueden tener consecuencias internas. “Las críticas de Trump le sirven a la ultraderecha”, advierte Aguirre. “Le sirven”.

El propio presidente estadounidense parece consciente de ese equilibrio. “Entiendo que tiene sus propios problemas”, afirmó en referencia a Keir Starmer, antes de rematar con una frase que condensa la presión: “Pero debería haber ayudado”.

Un vínculo en transformación

Más allá del cruce de declaraciones, lo que emerge es una transformación más profunda de la relación bilateral. “Está en proceso de cambio”, resume Costello. Y ese cambio no se limita al terreno político, sino que afecta a pilares estructurales de la alianza.

Uno de ellos es la cooperación en inteligencia. “El intercambio de información es uno de los elementos más importantes de la relación”, recuerda el exfuncionario europeo en alusión al sistema Five Eyes. Pero introduce una duda significativa: “La cuestión es hasta qué punto esa información está realmente segura”. Esa incertidumbre refleja un deterioro que va más allá de la retórica. Si la confianza se resiente en ámbitos como la inteligencia o la defensa, el impacto sobre la relación puede ser profundo y duradero.

En paralelo, en Londres empieza a abrirse paso un debate estratégico. “Hay un impulso cada vez mayor para reforzar la relación con la Unión Europea”, apunta Costello. Un giro que permitiría al Reino Unido “ser menos vulnerable” y “poder plantarse” frente a Washington.

Sin embargo, ese reequilibrio no es inmediato. La dependencia en materia de seguridad sigue siendo elevada, y la guerra contra Irán no ha hecho sino evidenciarlo. Starmer se mueve así en un espacio estrecho, tratando de mantener la alianza sin asumir plenamente la agenda estadounidense.

Trump es recibido por Starmer en Chequers

El problema es que esa posición intermedia choca con la lógica política de Trump. Su entorno lo ha expresado con crudeza: “O sois aliados o no lo sois”. En ese marco, los matices desaparecen y cualquier distancia se interpreta como una ruptura.

A partir de ahí, el futuro inmediato se vuelve incierto. “Es muy difícil prever lo que va a pasar”, admite Aguirre. “Trump actúa siempre muy orientado a su política interior”. Y eso implica que la presión puede desplazarse de un país a otro según convenga. “Hoy le toca a Sánchez, mañana le toca a Starmer”, resume.

En ese escenario, la “relación especial” deja de ser una constante incuestionable para convertirse en un vínculo sometido a tensiones crecientes, atravesado por intereses divergentes y condicionado por una dinámica política cada vez más imprevisible.