
La llegada de los hijos a la adolescencia genera fricciones en la relación con los padres que antes apenas se percibían y cada vez adquieren más peso. Esa transición de la infancia a esta etapa, especialmente entre los nueve y trece años, viene acompañada por una brecha de intereses, opiniones y ritmos que va creciendo poco a poco.
Según ha argumentado Carl Pickhardt, psicólogo especializado en asesoramiento familiar, en un análisis publicado por Psychology Today, el tiempo se convierte en un escenario de conflictos que reflejan el deseo creciente de autonomía de los adolescentes y la necesidad de los padres de seguir garantizando límites y seguridad.
El motivo de estas diferencias recae en la percepción y la gestión del tiempo por parte de ambas generaciones. Los adolescentes muestran una tendencia a buscar mayor control sobre su propio tiempo y su vida, lo que se traduce en un incremento de exigencias inmediatas y la demora habitual en las tareas solicitadas. Los padres, por su parte, consideran que sus peticiones requieren negociaciones más extensas y las respuestas llegan con un ritmo más lento.
Esta urgencia adolescente se manifiesta en solicitudes que los padres preferirían evaluar con mayor detenimiento, estudiando los riesgos antes de concederlas. En el extremo opuesto, las familias se ven obligadas a insistir con mayor tenacidad. Por ejemplo: “Para asegurar que lo que hemos pedido se cumple, vamos a recordártelo hasta que se haya hecho”.
Discrepancias respecto al tiempo en la adolescencia
El inicio de la adolescencia supone para los padres el acto de enfrentarse a una doble resistencia en lo relativo al tiempo: la resistencia pasiva, traducida en la demora de tareas, y la resistencia activa, que implica desacuerdos explícitos cuando se trata de cumplir con lo solicitado por los adultos.

Según Pickhardt, esta etapa exige que los padres sean más perseverantes en sus peticiones y más coherentes con las normas, además de tener que desplegar una notable dosis de paciencia para obtener la cooperación de sus hijos.
Esta resistencia tan acentuada en la adolescencia se identifica a través de unos impulsos en pleno desarrollo que llevan a los jóvenes a requerir un dominio más fuerte sobre su tiempo personal. Todos tienen que ver con el crecimiento autónomo, ya que invertir tiempo es percibido por los adolescentes como clave para su formación e independencia.
Sin embargo, la gestión del tiempo se revela como una tarea más compleja de lo que podría parecer. El tiempo trasciende y se convierte en algo emocional, que se nota por sus frases y por expresiones cotidianas que muestran ese vínculo afectivo con los plazos y la puntualidad. A todo ello se suma la presión por esos plazos, lo que genera ansiedad o una sensación de precipitación.
Impaciencia, frustración y nueva dinámicas familiares
Los conflictos en torno al tiempo tienden a ser muchos más frecuentes dentro del núcleo familiar. Las exigencias de inmediatez y la menor tolerancia a la espera se intensifican tanto en padres como en hijos. La dificultad para gestionar la impaciencia puede conllevar una escalada de frustración, irritabilidad e incluso enfado, en ambas partes, debido a las continuas negativas o al retraso en cumplir las expectativas de cada uno.
El psicólogo Pickhardt señala que estos procesos de espera y desacuerdo generan impresiones compartidas, como “ahora la cooperación tarda más de lo que debería” o “ahora hace falta más conversación para llegar a un acuerdo”. Tanto padres como adolescentes experimentan la percepción de que el entendimiento requiere un mayor esfuerzo comparado con la etapa infantil.
En este contexto, la adolescencia se distingue por la aparición de nuevas tensiones vinculadas al tiempo, que reflejan el avance hacia una mayor autonomía juvenil y, simultáneamente, desafían la capacidad de adaptación de las familias. Frente a esta narrativa, la paciencia, la constancia y una comunicación abierta se han convertido en herramientas indispensables para transitar esta compleja etapa.
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