
La ropa blanca suele asociarse a limpieza y cuidado, pero con el paso del tiempo muchas prendas acaban adquiriendo un tono amarillento difícil de eliminar. Este problema, muy común en camisetas, sábanas o ropa interior, no siempre se debe a la calidad del tejido ni al envejecimiento natural. En la mayoría de los casos, el origen está en nuestros propios hábitos de uso y lavado. Así lo explica Diego Fernández, ingeniero químico y divulgador, que propone un método sencillo y eficaz para recuperar el blanco original sin dañar la ropa.
Diego Fernández, conocido en redes como @renovandoconideas, analiza este fenómeno desde un punto de vista químico. Según explica, muchas soluciones habituales no solo no resuelven el problema, sino que lo agravan con el tiempo. Antes de recurrir a productos agresivos, recomienda entender por qué se produce ese amarilleo y cómo actuar cuando ya ha aparecido.
La clave está en dos factores principales que suelen pasar desapercibidos en la rutina doméstica. Ambos tienen solución, pero requieren cambiar algunas costumbres básicas.
Residuos invisibles
La primera causa de las manchas amarillas está directamente relacionada con nuestro propio cuerpo. “Por sudor y aceites corporales que quedan en la tela y, con el tiempo, se oxidan”, explica el ingeniero. Estos restos no siempre desaparecen tras un lavado rápido o con agua fría. Aunque la prenda parezca limpia a simple vista, las fibras pueden retener grasa, sudor, residuos de desodorante o partículas ambientales.

Con el tiempo, estos compuestos se oxidan y generan ese tono amarillento tan característico, sobre todo en zonas como axilas, cuellos o zonas de mayor contacto con la piel. Por eso, Fernández insiste en no guardar la ropa sin lavarla correctamente: “Para evitarlo, no guardes tu ropa sin lavarla bien”.
Esto implica prestar atención al tipo de detergente, al lavado y a la temperatura del agua. Los ciclos cortos y el uso exclusivo de agua fría pueden no ser suficientes para eliminar este tipo de residuos orgánicos, que necesitan más tiempo o calor para descomponerse por completo.
Cuando la prenda ya está amarilla, el experto recomienda una solución concreta y accesible. “Si ya está amarilla, remójala en agua caliente con percarbonato de sodio, entre 1 y 6 horas, o toda la noche si el caso es grave”. Este compuesto actúa como un blanqueador suave que se activa con el calor y elimina los restos orgánicos acumulados sin dañar las fibras. Tras el remojo, el proceso es sencillo. Según Fernández, basta con lavar la prenda “como lo haces normalmente”, para retirar cualquier residuo y completar la limpieza.
La lejía: una aliada engañosa para los blancos
El segundo gran responsable del amarilleo es uno de los productos más utilizados en los hogares: la lejía. Aunque se asocia de forma automática con limpieza y blancura, su uso frecuente puede provocar el efecto contrario. Fernández advierte que las manchas amarillas también aparecen por el uso continuado de este producto.
La razón es química. La lejía es muy agresiva y, lejos de mejorar el aspecto del tejido, “destruye los pigmentos” y hace que la tela “vuelva a su color crudo natural”. El resultado es una prenda apagada, debilitada y con un tono amarillento difícil de corregir.
Existe una solución parcial, pero no definitiva. “La única forma de revertirlo sería con tinte azul, esta técnica se le conoce como ‘azulado’, pero es temporal y se irá rápidamente con el lavado”, explica el ingeniero. Este método, utilizado antiguamente en lavanderías, solo disimula el problema sin solucionarlo.
Por eso, su recomendación final es clara: “mejor evita la lejía y usa siempre percarbonato de sodio para mantener tus blancos más blancos”. A largo plazo, este método resulta más eficaz, menos agresivo para los tejidos y ayuda a prolongar la vida de la ropa blanca.
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