
Corinne Gregory Sharpe, chef profesional de Port Ludlow, Washington, nunca imaginó que tendría que enfrentarse a la decisión más dolorosa de su vida: acompañar a sus padres, Eva y Druse Neumann, en su deseo de terminar con sus vidas mediante la asistencia médica para morir. Cuatro años después, ha compartido su experiencia con la revista People, relatando cómo la Ley de Muerte con Dignidad del estado de Washington cambió el rumbo de su familia.
La historia comenzó en 2018, cuando a Eva, de 92 años, le diagnosticaron estenosis aórtica. Con un historial médico marcado por infartos y problemas cardíacos, el pronóstico era complicado. Los médicos le dieron entre 18 meses y dos años de vida si no se sometía a una cirugía invasiva, una opción que ella rechazó. “Era como si me estuviera diciendo que Santa Claus no existía, pero esta vez la noticia era terriblemente real”, recuerda Corinne.
Eva aceptó la sentencia con serenidad, intentando aprovechar cada día. Sin embargo, su salud se deterioró rápidamente tras una caída en 2021 que la dejó hospitalizada y en rehabilitación. Al mismo tiempo, su marido Druse, de 95 años, comenzó a mostrar síntomas de un derrame cerebral. Ambos terminaron ingresados en el mismo centro de recuperación, pero pronto manifestaron que habían perdido la motivación para seguir adelante.
El camino hacia la asistencia médica para morir

Ante la situación, los médicos recomendaron cuidados paliativos e ingreso en un hospicio. Fue entonces cuando Eva expresó con claridad su deseo: recurrir a la Ley de Muerte con Dignidad, en vigor en Washington desde 2008. Esta ley permite a los residentes del estado con enfermedades terminales terminar su vida con medicamentos letales, sin la supervisión de su equipo médico y a diferencia de la eutanasia, en este caso los propios pacientes administran la medicación letal que les receta su equipo médico, lo que les da autonomía sobre el final de sus vidas.
Lo que nadie esperaba era que Druse, su marido, también tomara esa decisión. Aunque había sobrevivido al derrame cerebral, reconoció a su hija que no soportaba la idea de quedarse solo. “Siempre le ha dado miedo morir. Pero le daba más miedo quedarse sin ella”, explica Corinne. Con un historial de problemas cerebrovasculares, él también consiguió la aprobación para acceder al procedimiento.
Corinne recuerda aquellos días como un periodo “surrealista”, en el que organizó cenas familiares, brindis con champán y reuniones para que sus padres disfrutaran de sus últimas semanas. “Es la paradoja más dolorosa: lo último que quieres es ver a tus padres irse, pero al mismo tiempo los ayudas a hacerlo”, confiesa.
La fecha señalada fue el viernes 13 de agosto de 2021. Los consejeros prepararon lo que Eva llamaba el “cóctel”, una mezcla de medicamentos que los llevaría al sueño definitivo. “Se sentaron en sus camas, se tomaron de la mano y hablaron antes de beberlo”, relata su hija. “Pusimos música, brindamos con vino y, unos diez minutos después, se quedaron dormidos”.
El caso de Corinne y sus padres pone sobre la mesa un debate recurrente: el derecho a decidir sobre la propia vida y muerte. Mientras en Washington y otros estados de EE. UU. la ley ampara este procedimiento, en muchos países sigue siendo un tema tabú. Para Corinne, sin embargo, la experiencia dejó un mensaje claro: “Lo que me parece absurdo es que, como humanos, podamos aliviar el sufrimiento de nuestras mascotas y nadie lo cuestione, pero en tantos estados no podemos aliviar el sufrimiento de quienes más queremos”, dice Corinne. “Si nos toca irnos, deberíamos tener opciones”.
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