
La aparición en diferentes playas de Andalucía, Canarias, la Comunidad Valenciana y Baleares de algunos ejemplares de dragón azul (Galucus atlanticus), una babosa marina de apenas cuatro centímetros, ha obligado a cerrar temporalmente tramos de litoral, despertando preocupación entre los bañistas y autoridades por su capacidad de almacenar veneno de medusas en sus apéndices y causar reacciones dolorosas. La presencia de este pequeño animal que se alimenta de organismos como la carabela portuguesa, una especie muy tóxica, no es un fenómeno inédito en España, aunque sí poco frecuente. Los registros más antiguos documentan avistamientos esporádicos, pero su aparición se ha vuelto más notable en los últimos años debido a los cambios en las corrientes y temperaturas del agua, sobre todo en el mar Mediterráneo.
El aumento general de la temperatura del mar facilita la expansión de especies propias de aguas templadas o cálidas hacia latitudes más septentrionales y el dragón azul, que prefiere aguas templadas, encuentra condiciones más favorables para su desplazamiento y supervivencia debido a la alteración de patrones de corrientes, mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos y cambios en la disponibilidad de presas, como medusas y la carabela portuguesa.
“Hasta ahora no habían aparecido muchos ejemplares y esto tiene que ver, una vez más, con el cambio climático y con el aumento de la temperatura del Mediterráneo. Es algo que, por desgracia, vamos a ir viendo cada vez más con especies invasoras, de forma que las especies autóctonas del Mediterráneo lo pasarán peor para poder sobrevivir”, dice a Infobae España María José Caballero, responsable de la campaña de costas de Greenpeace. De momento, aunque el dragón azul se está expandiendo, al igual que sus presas, no existen evidencias de que haya formado poblaciones estables ni de que haya provocado impactos negativos en el equilibrio del ecosistema, por lo que no está considerado como una especie invasora.
En el mar Mediterráneo, explica Caballero, se observa un desplazamiento de especies hacia latitudes más al norte, causado principalmente por el aumento de la temperatura del agua. Esta tendencia afecta a especies como el atún rojo, que antes utilizaba zonas como Formentera para su reproducción y ahora se detecta más de doscientos kilómetros al norte de su localización habitual. El pulpo, que tenía presencia significativa en el Atlántico y Mediterráneo, “también ha reducido su frecuencia en aguas mediterráneas”.
El Mediterráneo, al ser un mar cerrado, se calienta con mayor rapidez que los océanos abiertos, lo que dificulta la adaptación de muchas especies, añade la experta. Y es que, a diferencia de otros entornos marinos, por ser un mar cerrado y con una única conexión importante con el océano Atlántico a través del estrecho de Gibraltar, el Mediterráneo limita las posibilidades de migración para muchas especies marinas que buscan aguas más frías.

Cambio en el ecosistema marino
Desde Oceana, organización internacional dedicada a la conservación y restauración de los océanos, también indican que debido al aumento de las temperaturas a consecuencia del cambio climático “cada vez será más habitual encontrar especies invasoras y exóticas” en las costas españolas. “Vamos a tener que acostumbrarnos a la presencia de estas especies. Ya lo estamos viendo con otras que antes no eran comunes y que ahora son bastante habituales en nuestras aguas”, indica Ricardo Aguilar, director de expediciones de Oceana. Es el caso de los sargazos marinos, que se acumula naturalmente en el Mar de los Sargazos, cerca de las Bermudas, y ahora “aparecen todos los años en la zona de Canarias y de Madeira” en Portugal.
También se han detectado cambios en la presencia y distribución de ciertas especies de corales en aguas españolas y portuguesas, lo que evidencia que “se está generando un cambio en el ecosistema marino”. Y ante la llegada de nuevas especies, advierte el experto, las que ya existían “o bien no pueden competir o no pueden resistir temperaturas tan altas” como las que se están dando.
De hecho, el pasado 15 de agosto, en plena ola de calor, se batió el récord de temperatura media de la superficie del Mediterráneo, al alcanzar los 28,47 grados, según datos del servicio Copernicus, el Programa de Observación de la Tierra de la Unión Europea, que ya ha advertido que este mar es un “punto caliente” del cambio climático. Esas temperaturas suponen entre 5 y 6 grados más por encima de la media para esta fecha del año.
Por su parte, la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), informó este lunes que la reciente ola de calor que se prolongó durante 16 días, entre el 3 y el 18 de agosto, ha sido la más intensa desde que existen registros en España, ya que la anomalía térmica alcanzó los 4,6 grados por encima de los valores de referencia. De esta forma, se han superado los valores de la ola de calor de julio de 2022, que hasta ahora había sido la más cálida, con 4,5 grados de anomalía.
Mortalidades masivas
Las temperaturas elevadas del mar también pueden causar “mortalidades masivas” de organismos marinos que no tienen la capacidad de adaptarse a estos cambios extremos, recuerda Aguilar. Cuando el calor intenso se mantiene durante varios días seguidos, especies como gorgonias y esponjas que permanecen fijos en el fondo marino no logran sobrevivir, si bien también resulta especialmente preocupante la situación “en las capas superficiales del mar, hasta los primeros veinte metros, donde el aumento de la temperatura es más evidente.
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