
Un 7 de junio de 1980, en la calle Lafitte, en Talence, una localidad francesa próxima a Burdeos, un bebé fue encontrado en una bolsa de basura. Se trataba de Isabel Veillon que acababa de ser abandonada por su madre biológica.
La recién nacida, atrapada entre el plástico, vestía un pañal limpio y un body de algodón. Pesaba 3 kg y media 50 cm de altura.
Las autoridades, haciéndose cargo de la situación, trasladaron a la menor al hospital más cercano donde los sanitarios pudieron intervenir a tiempo y salvar la vida de la menor.
Un tiempo después fue llevada a la guardería de Eysines ubicada en la región de Nueva Aquitania, en el distrito de Burdeos.
Toda su vida quedó condicionada por aquel acontecimiento haciendo que tuviese problemas para relacionarse y hacer amigos desde la infancia.
El abandono dejó en Isabel un vacío que nunca se llenó
A pesar del amor y el cariño de sus padres adoptivos, Isabel siempre fue muy consciente de aquello que no tenía. La decisión de su madre biológica le marcó en lo más profundo. El abandono de su madre hizo que desconfiara de otras personas complicando su relación con otros niños en la escuela.
“Yo siempre supe que era adoptada” cuenta Isabel. Esto propició que se viera muy diferente con respecto a otros niños que no habían pasado por su situación. Plantearse si el amor de aquella persona que le había dado la vida era real o no la reconcomía por dentro.
Además, los demás niños de la escuela también conocían de su testimonio.

“Los demás también lo sabían” relata. En consecuencia, solían burlarse de ella.
Sus padres adoptivos, por su parte, tenían edad para ser abuelos y esto también se convirtió en un conflicto consigo misma por el que el resto de niños se reieron de ella.
El abandono de su madre hizo de su infancia un periodo muy oscuro de su vida donde tuvo que lidiar con problemas de sociabilidad y confianza.
El reencuentro de Isabel con su madre
Isabel, ante todo, necesitaba comprender su historia. Sentía que el misterio de sus primeros días en el mundo no podía quedar oscurecido para siempre.
Cuarenta y cinco años después se propuso encontrar a su madre para conocer el por qué del abandono. Desentrañar la verdad se convirtió en su principal objetivo.
A través de la búsqueda exhaustiva y un llamamiento por redes sociales Isabel encontró a su madre. Lo primero que hizo al verla fue lanzarla un biberón, cuarenta y cinco años después del abandono.
“No tuve elección” cuenta Jacqueline Métivier, madre de Isabel.
Si bien es cierto que los contextos de vulnerabilidad y precariedad llevan a las personas a tomar decisiones drásticas, las consecuencias que se derivan de ellas pueden ser aún peores.
Testimonios como los de Isabel nos hacen pensar en lo difícil que es vivir una infancia desconociendo tus orígenes. Hasta el día de nacimiento era algo de lo que no estaba segura del todo.
Ahora, cuarenta cinco años después se reencuentra con su madre para suplir el vacío que lleva toda la vida guardando.
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