
Kate Middleton se ha ganado, a lo largo de los años, un lugar privilegiado en el corazón de los británicos. Según una encuesta publicada por el Daily Mail, goza del respaldo del 72% de la población, una cifra que refleja el afecto y respeto que genera entre sus ciudadanos. Su cercanía, constancia y naturalidad han sido pilares clave de esa popularidad. Sin embargo, el camino que la llevó hasta ahí no estuvo exento de aprendizajes, pequeños tropiezos y adaptaciones a una de las instituciones más rígidas del mundo: la familia real británica.
Desde sus días como alumna en el internado Marlborough College, la princesa de Gales ya mostraba ciertas cualidades que hoy la definen. En aquel entorno, donde no conocía a nadie, aprendió rápidamente a adaptarse. Al principio era descrita como una joven algo tímida, pero pronto se convirtió en una figura querida por todos, según compañeros y miembros del personal del colegio. Ya entonces se la señalaba como “la más propensa a caer bien a todo el mundo”, una predicción que sin duda se ha cumplido.
Su relación con el príncipe Guillermo y posterior entrada en la realeza la expuso a un mundo completamente nuevo, lleno de protocolos, expectativas y tradiciones. En una entrevista con motivo del 90.º aniversario de la reina Isabel II, Kate confesó uno de los hábitos que inicialmente le costó modificar: hablar demasiado durante los paseos oficiales. “Todos en la familia se burlan de mí porque paso demasiado tiempo hablando”, recordó, aludiendo a uno de sus primeros compromisos sin Guillermo, en Leicester, en presencia de la reina.
Los “paseos”, esas caminatas organizadas donde los miembros de la realeza saludan al público, tienen sus reglas no escritas: evitar los selfis, no alargar las conversaciones con una misma persona y mantener una cierta agilidad para avanzar entre la multitud. Kate, al igual que Diana antes de ella, ha demostrado un encanto especial en estas situaciones, lo que a veces la lleva a extender los encuentros más de lo previsto.
Incluso en actos protocolares de gran envergadura, como la boda del príncipe heredero Al Hussein de Jordania en 2023, se ha podido ver a Guillermo discretamente pidiéndole a su esposa que acorte una conversación para mantener el ritmo del evento. Este tipo de escenas refuerzan su imagen de espontaneidad y cercanía, atributos que no siempre encajan fácilmente con el estricto guion real.

Una heredera muy sincera
A pesar de su exposición constante, Kate ha sido abierta en reconocer que ser parte de la realeza ha implicado un proceso de aprendizaje continuo. Durante una charla con estudiantes en 2023, en la que participaba junto a la atleta olímpica Dame Kelly Holmes, admitió que hablar en público no era algo que se le diera bien de forma natural, pero que ha tenido que aprender a proyectar confianza y presencia. Esta sinceridad ha humanizado su figura a lo largo de los años, acercándola aún más al público.
Esa empatía natural se ha vuelto una de sus herramientas más poderosas, especialmente con los niños. En una de sus primeras salidas públicas desde que se anunciara su tratamiento contra el cáncer, la princesa visitó en Gales el hospicio infantil Tŷ Hafan y una fábrica de calcetines. Allí protagonizó un momento entrañable cuando rompió el protocolo para acercarse a una niña pequeña, Lily-Rose, que la había llamado emocionada desde la multitud.
Kate no dudó en detener la comitiva, bajarse del coche y correr hacia la pequeña, quien le preguntó si era realmente una princesa. “Sí, lo soy”, respondió Kate con dulzura, antes de conversar un rato con la niña, aceptar su juguete como obsequio y reírse con ella. Estos gestos, aunque aparentemente pequeños, tienen un gran impacto emocional y mediático, y refuerzan su imagen de “princesa del pueblo”, al estilo de Diana.
Romper el protocolo no es lo habitual dentro de la casa real británica, pero Kate ha demostrado que, cuando las circunstancias lo ameritan, sabe hacerlo con elegancia y autenticidad. Además, más allá de los actos simbólicos, Kate también cumple con una intensa agenda oficial que supera los cien compromisos al año, todo ello mientras cría a sus tres hijos y mantiene un perfil reservado en su vida personal. Su capacidad para equilibrar la vida familiar con las responsabilidades institucionales ha sido aplaudida incluso por quienes son más escépticos frente a la monarquía.
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