
Cuando Daniel Berthiaume, ex director de una ONG en Quebec (Canadá) obtuvo su jubilación, no se planteó muchas preguntas. Vendió sus seis apartamentos y, con una mochila y su bicicleta plegable, se lanzó a recorrer Europa durante dos meses y medio. Según explicó, ocho años después, al medio Le Figaro, “quería aventura, improvisación, libertad. Con la bicicleta plegable, si te cansas, puedes subirte al tren”.
La jubilación es una de las épocas más ansiadas de la vida. Es el momento en el que toca recoger los frutos del esfuerzo, y aunque sería ideal poder hacerlo también con anterioridad, aprovechando la juventud y la plenitud física para experimentar el mundo, por el momento lo más parecido es pillarse unos días de vacaciones. El ritmo de la vida - y, sobre todo, su precio-, no deja cabida para mucho más. Al final, no queda otra que ir aplazando el disfrute, dejándolo para otro momento de la vida, cuando se pueda. En ocasiones, ese momento no llega nunca. Pero, aun así, y aun sabiéndolo, las personas siguen proyectando todas sus expectativas de disfrute en su jubilación.

Viajar (sin parar) no es el paraíso: al final, la soledad pesa
De acuerdo con Anastasia Blanché, psicoanalista y psicoterapeuta, el primer viaje en la jubilación, esa libertad después de una vida entera de trabajo, tiene un sabor muy particular: “Es visto como una gran recompensa, son las grandes vacaciones que hemos estado esperando casi toda nuestra vida. Para la generación del baby boom, que vivió los primeros viajes de mochilero, la guía Routard, puede haber un deseo nostálgico de reconectarse con el pasado, pero es una ilusión porque la sociedad ya no es la misma, el cuerpo ya no es el mismo”.
Aunque no es tan así para Daniel, que ya había hecho, en los años 60, viajes de autostop por Europa, en los tiempos de los hippies: “Por aquel entonces, paz y amor no eran solo palabras”, dice riendo. Así que ya tenía su kilometraje: ha estado en París, Ámsterdam, Budapest, Kiev, Helsinki, San Petersburgo, Oslo... viajar no era nada nuevo para él.
Lo que sí que descubrió, sin embargo, es la libertad de no tener expectativas: “La gente imagina que la jubilación es una nueva vida, pero es una vida que continúa. La gran diferencia es que ya no soñamos con una carrera ni con proyectos, sino que vivimos el día a día. Este primer viaje me enseñó a tener menos ilusiones que cuando uno es joven y a disfrutar de cada momento con buena salud”, asegura. Pero también se dio cuenta, a pesar de que creía que podría viajar sin detenerse, del peso de la soledad: “No es un paraíso ni una vida de ensueño. Me di cuenta de que me gustaba estar en casa, con mis seres queridos”, cuenta.
A pesar de esta epifanía, Daniel es consciente de que “hay una jubilación activa y una jubilación pasiva en la que ya no puedes hacer nada”. Así que, aunque sepa que prefiere pasar por casa de vez en cuando, tampoco tiene planeado dejar de viajar y tiene ya prevista su próxima escapada: a Grecia y Turquía.
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