
El Evento Carrington fue la tormenta magnética más intensa de la que se tiene registro. Tuvo lugar en 1859, cuando se produjo una gran eyección de masa solar, un fenómeno conocido también como llamarada solar. Aunque supuso que pudieran observarse auroras que llegaban hasta el norte de Colombia (cuando lo habitual es que se produzcan únicamente en regiones cercanas a los polos magnéticos del planeta), también provocó el fallo de los sistemas de telégrafo en toda Europa y América del Norte.
En aquella época, los (muy recientes) cables de telégrafo que se extendían por los continentes sufrieron cortes y cortocircuitos que, además, provocaron numerosos incendios, ya que las fuertes corrientes geomagnéticas provocadas por el sol sobrecargaron las líneas eléctricas. Aparentemente, según informó en su día el Boston Evening Traveler, a pesar de que los operadores de telégrafo desconectaron sus aparatos del suministro de energía para evitar precisamente que se sobrecargasen y quedasen inservibles, estos siguieron funcionando (aunque con cortes a ratos) durante dos horas, alimentados únicamente por la corriente que producían las auroras.
Los efectos de una tormenta solar grave en un mundo altamente tecnológico
Por suerte, en ese momento quedó en solo eso, pero el que no llegase a ser más grave se debió a que, por aquel entonces, la civilización tecnológica acababa de nacer. Si se diese hoy, sin embargo, sería un evento con consecuencias brutales y sin precedentes, ya que en la actualidad existe una dependencia prácticamente total de los sistemas eléctricos y electrónicos: los satélites artificiales dejarían de funcionar, las comunicaciones de radio se interrumpirían y los apagones eléctricos tendrían proporciones continentales, quedando, además, interrumpidos durante semanas.

Sin ir más lejos, una irregularidad solar en 2022 provocó que 40 satélites de Starlink recién incorporados a la órbita de la “constelación” artificial cayeran y acabasen quemándose en la atmósfera terrestre. No fueron los últimos: los satélites serían los primeros en notar los efectos, ya que las llamaradas solares son capaces de degradar sus paneles solares y dañar sus sistemas de navegación, lo que alteraría sus órbitas y, con toda probabilidad, provocaría colisiones masivas entre los 9.100 satélites activos que se encuentran actualmente orbitando el planeta y, como consecuencia, una lluvia de basura espacial sin precedentes.
Según el Dr. Kęstutis Ikamas, de la Universidad de Vilnius (Lituania), existen vulnerabilidades serias en lugares con grandes redes energéticas, es decir, en la gran mayoría de países tecnológicamente desarrollados. El experto, un estudioso de la naturaleza impredecible de las tormentas solares, ve necesaria la implementación de medidas de protección generalizadas ante la posibilidad de un evento tal: “Una tormenta geomagnética podría deshabilitar sistemas vitales como la electricidad, los suministros de agua, y las telecomunicaciones, provocando apagones extensos, una ruptura de las comunicaciones, y una parálisis logística”, a lo que añadió, además, que en el peor de los casos estos efectos podrían alargarse durante meses, lo que acarrearía pérdidas económicas masivas, de trillones de dólares y en todo el mundo. Aunque, en ese momento, el mercado quizás sería la menor de las preocupaciones.
Los países más grandes se enfrentan a riesgos mayores
En algunos países, existen líneas eléctricas que recorren miles de kilómetros, conectando puntos A con puntos B que se alimentan de las mismas fuentes energéticas. Según el Dr. Ikamas, una explosión de partículas cargadas procedentes del Sol tiene la capacidad de provocar fluctuaciones en el voltaje, que dañarían los transformadores. Cuando eso sucede a gran escala, hay un riesgo de que caigan por completo las redes eléctricas, y por un tiempo indeterminado. Y, aunque existen sistemas de protección para satélites y líneas eléctricas, es muy probable que no pudieran resistir los efectos de una tormenta solar del calibre del Evento Carrington.
Aunque las tormentas solares de tal intensidad son sucesos muy poco frecuentes, la cuestión no es si va a suceder, sino cuándo. Realmente, aunque concretar la frecuencia de este tipo de eventos extremos es prácticamente imposible, existen varias estimaciones que sugieren que cada 50 años (aproximadamente) tienen lugar tormentas solares relativamente fuertes; y que los eventos de gravedad extrema como el de Carrington (1859) podrían suceder en ciclos de entre 150 y 500 años.

Aunque es cierto que los ciclos de mayor duración son muy difíciles de predecir, el Sol también tiene ciclos magnéticos más cortos: aproximadamente cada 11 años, los polos magnéticos del Sol se dan la vuelta, alternando entre estados más tranquilos y estados de mayor actividad: los períodos de menor actividad se conocen como mínimos solares, durante los que las manchas y llamaradas solares disminuyen, perdiendo intensidad y frecuencia de manera exponencial durante unos 12 meses.
Los máximos solares, por su parte, son los períodos de mayor actividad solar. Según el National Weather Service (Servicio Nacional Climático) estadounidense, se espera que el próximo máximo solar tenga lugar alrededor de julio de 2025, aunque, por suerte, también se estima que será un máximo relativamente débil, por lo que, en principio, no hay nada que temer.
Aun así, Doug Biesecker, Doctor, copresidente de panel, y físico solar en la NOAA (Administración Oceánica y Atmosférica Nacional) del Space Weather Prediction Center (Centro de Predicción de Clima Solar), matiza que “aunque no hemos predicho un Ciclo Solar particularmente activo, en cualquier momento podrían tener lugar erupciones violentas desde el Sol”. Tranquilizador, pero no tanto. Lo que queda claro es que, aunque no hay que aguantar la respiración, cualquier día (aunque se podrá observar si está a punto de suceder) el Sol podría decidir desmontar el chiringuito y devolver el planeta, si bien, quizás, temporalmente, de vuelta al siglo XIX.
La ESA simula un evento Carrington en la actualidad
Recientemente, la ESA llevó a cabo una simulación en el centro de control de misiones de la Agencia en Darmstadt, Alemania. El objetivo fue analizar qué ocurriría si una tormenta solar similar al evento Carrington de 1859 llegara a impactar la infraestructura tecnológica y energética actual.
En el primer momento, la simulación mostró la llegada de una llamarada de rayos X y ultravioleta extremo en solo ocho minutos. Ese pulso ionizó la atmósfera superior y bloqueó las comunicaciones por radio de alta frecuencia, además de inutilizar sistemas de radar y seguimiento. En ese escenario, una llamarada clase X45 puede dejar fuera de servicio los sistemas de navegación Galileo y GPS de manera inmediata.
Entre diez y veinte minutos después, una segunda fase quedó registrada: la llegada de partículas de alta energía, como protones y electrones, capaces de atravesar el campo magnético terrestre. Estas partículas provocaron fallos en el hardware de los satélites, entre ellos alteraciones en la memoria y errores en los sistemas electrónicos.
La tercera fase ocurrió entre 10 y 18 horas más tarde, con la eyección de masa coronal (CME). En la simulación, esta ola de plasma magnetizado indujo corrientes eléctricas en infraestructuras metálicas, especialmente en las líneas de alta tensión. El efecto inmediato fue la sobrecarga y destrucción de transformadores de alta tensión, lo que condujo a apagones generalizados por daños severos a los sistemas eléctricos cuya recuperación, además, sería muy lenta y costosa.
El informe también expuso daños a la red de internet. Los cables submarinos de fibra óptica, que dependen de repetidores eléctricos, quedarían inservibles tras el paso de las corrientes geomagnéticamente inducidas. Según la Dra. Sangeetha Abdu Jyothi, esto causaría la caída de las conexiones globales en minutos.
La simulación de la ESA concluyó que la red eléctrica y las telecomunicaciones quedarían gravemente afectadas y su recuperación sería compleja y lenta. Los daños económicos serían de miles de millones de euros e implicarían no solo pérdidas técnicas, sino también un aumento en la mortalidad relacionada con la falta de servicios básicos. El ejercicio dejó en evidencia que las infraestructuras actuales resultan insuficientes ante un evento solar de gran escala. En palabras de la ESA, “no hay buenas soluciones” ante un evento solar de gran magnitud bajo las condiciones actuales
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