
Matteo Arnaldi jugó un partido loable este lunes en el US Open. Sí, sí, como lo leen: el italiano, a sus 22 años, compitió con muchísimo honor en un escenario tan mastodóntico como la Arthur Ashe. En una de las pistas por excelencia del deporte de la raqueta, dejó claro por qué ha podido alcanzar por primera vez la segunda semana en un Grand Slam. También por qué es una promesa a tener en cuenta: cómo vienen los italianos, porque tiene la misma edad que Jannik Sinner. Y, a pesar de todas estas buenas palabras, el de San Remo se fue de la central de Flushing Meadows sin el premio mayor, el de la victoria. Al otro lado de la red, estaba el monstruo que ha venido a ver al tenis, cuya hambre es insaciable: Carlos Alcaraz (6-3, 6-3, 6-4).
Arnaldi tan sólo pudo cometer la osadía de romperle el servicio a Alcaraz en el tercer set, cuando ya se vislumbraba la línea de meta. Intentó entonces alargar lo que parecía inevitable, soñar con llevarse un parcial frente al hoy número uno del mundo, al que quería enfrentarse a toda costa en el Abierto de Estados Unidos. Habiéndolo conseguido, se permitió la licencia de aprovechar que Carlitos pisaba un poco menos el acelerador en la que terminaría siendo la manga decisiva del duelo.

Sin embargo, Alcaraz y las imprecisiones se llevan bastante mal en este 2023. Que bajase un tanto las revoluciones no significaba que estuviese dispuesto a dejarse un set por el camino, como le ocurrió en tercera ronda contra Daniel Evans. Solventada la igualdad muchas veces propia del arranque de la acción, volvió a montarse en la apisonadora para ponerse manos a la obra con su repertorio habitual y dejar sin respuestas a quien aguantaba el chaparrón como buenamente podía al otro lado de la red.
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“Me ha encantado la intensidad con la que he jugado”, reconocía sin tapujos el defensor del título a la conclusión de un encuentro que tuvo que disputarse bajo techo. Una circunstancia ante la que Alcaraz ni se inmutó, a la espera de un rival tan duro como Alexander Zverev o Sinner en cuartos de final. Pero el todavía líder del circuito masculino está preparado para todo y para todos. O, al menos, ese mensaje lanza de puertas para afuera: incluso expone, entre risas, que quizá la tierra batida haya pasado a ser la tercera superficie en importancia para él.
Vuelve el modo avión
En cuanto Alcaraz dispuso de sus primeras pelotas de break, no dudó y puso la directa hacia el 1-0 en el global de su compromiso de octavos. Para tratar de que las incógnitas sobre quién iba a apuntarse el segundo de los tres parciales necesarios fuesen mínimas, rompió el saque a Arnaldi a las primeras de cambio. El 2-0 lo consumaría al resto. Algo más le costaría cerrar la jornada, pero nada lo suficientemente engorroso como para que la cosa se alargase lejos de lo estrictamente necesario.

Mientras el juego transcurría, Charly volaba, como de costumbre. Las ovaciones del respetable se sucedían prácticamente de continuo, porque el chaval se ha abonado a los puntos espectaculares y hace que merezca la pena pagar cualquier tipo de entrada por verle: dejadas, globos, derechas ajustadas a la línea, remates... Parece empeñado en demostrar que es un extraterrestre tenístico. Un todoterreno para el que la pista dura de la Gran Manzana se ablanda: tal es su dominio, al poco de cumplir los 20, del escenario neoyorquino.
Lo que Alcaraz es capaz de hacer cuando se vuelca en su pasión deja atónitos incluso a otros talentos deportivos como Jimmy Butler. Él fue la personificación más genuina de la incredulidad que llega a producir el de El Palmar cuando se saca de la chistera uno de sus golpes imposibles. En el momento en el que eso sucede, sólo se puede reír y negar con la cabeza. El secreto de cómo lo hace únicamente lo sabe él: Arnaldi tampoco tuvo la suerte de desentrañarlo.
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