
La Ciudad del Rock de Arganda del Rey multiplicó su afluencia de público este sábado para dar el colofón final al Primavera Sound Madrid. La última, la segunda, la nomenclatura que se desee tras la cancelación de la primera jornada a causa de un temporal que no volvió a hacer acto de presencia en la intemperie de la Comunidad de Madrid. Si el viernes había espacio para hacer una barbacoa entre los escenarios principales por el escaso público, no ocurrió lo propio en el día en el que Rosalía iba a entonar su Saoko.
Entre las entradas vendidas, las regaladas y las recolocadas, el variopinto público se agolpaba para ver a la catalana y lo que surgiese. Porque si algo ha definido a esta primera edición del festival creado en Barcelona es que, por lo general, su público no parecía haber generado un organigrama de conciertos a los que acudir de forma imperativa. Rosalía y vamos viendo. Vamos viendo y Rosalía. Una hamburguesa de Vicio y, si eso, nos acercamos al escenario que tengamos más cerca.
En un popurrí musical de tarde, St. Vincent se enfundó en un mono rojo de Gucci para ponerle banda sonora al rojizo atarceder de Arganda y Caroline Polachek hizo brujería en el escenario inmediatamente después. Con un look que la convertía en la versión moderna de Esmeralda de El jorobado de Notre Dame, la intérprete y compositora estadounidense se convirtió en única y principal inspiración de las jóvenes que compran Palo Santo para intentar cambiar su suerte, o su rumbo.

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A Polachek, con el público metido en el bolsillo y con una voz que recuperó de forma mágica tras perderla en el concierto de Barcelona, sólo le faltó rezar un rosario con romero debajo del brazo. Un aquelarre hippie chic de jóvenes que compran ropa de estilo étnico en Zara. Inspirada y anonadada por la cultura musical española, la estadounidense pronunciaba la erre del abecedario ibérico con la misma energía con la que Barack Obama pisaría El Museo del Jamón.
A la cantante de Bunny is a rider le sucedió Calvin Harris: un hombre que tiene más hits que palabras en su vocabulario, pues apenas se dirigió al público del Primavera Sound en la larga hora y pico en la que estuvo pinchando en su mesa -una construcción casi tan larga como la que separó a Vladimir Putin de Emmanuel Macron en plena negociación de guerra-.

El disyóquei escocés presentó, ante un entregado público, su ‘BBC’ musical. Es decir, un repertorio de canciones capaces de adaptarse a un entorno clásico de bodas, bautizos y comuniones: una amalgama de éxitos y lugares comunes que, ante todo, funciona. Un poquito de humo, una explosión de nitrógeno artificial y una entrada gratis para Ushuaïa en Ibiza. Todo lo anterior adornado con un público que, pese a ser 2023, todavía llevaba brillantes y purpurina en la cara.
Mientras sonaba We found love, Summer o One Kiss, los asistentes comenzaban a coger sitio para asistir al concierto de la siempre imperante y enérgica Rosalía. Una artista que demuestra con cada actuación que es una suerte ser su coetánea. Un ejercicio de fuerza, de poderío y de servidumbre al arte. La excusa perfecta para justificar el estar dos horas en el transporte público para poder llegar al recinto.

La organización del festival dejó en el aire regresar a Arganda del Rey el año que viene tras las incesantes quejas y los problemas de movilidad para llegar al recinto. Largas colas y horas de espera para subir a una lanzadera o para coger un taxi. Trayectos infinitos para acercarse al centro de Madrid o a la boca de Metro más cercana. Primavera Sound Madrid cierra su primera y accidentada edición con la sensación de no haber cumplido con los deberes o las expectativas impuestas. Un parque temático musical que ha presumido de ser una atracción nueva y brillante, pero que no ha ejecutado las suficientes pruebas antes de su estreno al público.
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