Las orillas sentimentales del fútbol

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Carlos del Barco

Sevilla, 9 jun. 'El fútbol, sin ser el juego infinito que a veces se cree, es verdad que es capaz de generar y replicar emociones hasta el infinito', afirma Miguel Pardeza en el dintel del libro 'A pie cambiado, cuaderno de un futbolista desencantado' (El Paseo), en el que 'el quinto Beatle' de la Quinta del Buitre explora 'los márgenes sentimentales' de la pelota.

Miguel Pardeza (La Palma del Condado, 1965) recorre como un diletante rincones y ópticas muy personales del fútbol en un formato de dietario desde su experiencia en el Real Madrid, al que llegó en 1979, y el Zaragoza (1987 y 1997) antes de emigrar dos años al Puebla mexicano, licenciarse en Filología Hispánica y ponerse a escribir.

Confiesa el escritor onubense que le pasó 'lo mismo, pero al revés' que al cineasta italiano Pier Paolo Passolini, quien se quejaba de que sólo le llamaban para escribir de cultura o política cuando lo que le gustaba era hacerlo de fútbol, y que a él sólo le reclamaban para el fútbol y lo que le de verdad le gustaba era la literatura, por lo que tiró por la calle de en medio de las lindes.

Desde las primeras botas que le cameló a su madre en su pueblo, Miguel Pardeza mantiene que el utillero 'es el personaje más importante de un equipo' y que es incapaz de imaginarse este deporte sin su existencia, 'como si el fútbol fuese un enunciado lógico y el utillero el primer silogismo del que dependen las demás premisas'.

Van desfilando personajes como Paul Gascoigne, Alfredo di Stéfano, Emilio Butragueño, Zinedine Zidane, Eusebio Sacristán, Andrés Iniesta -'escondía un GPS'- o perfiles como el del salvadoreño Mágico González o George Best, 'genios del fútbol y hombres de la vida, de la buena vida, cuando ser futbolista y hombre a la vez no era del todo imposible'.

Aunque en apariencia heterogéneo, la línea argumental común es la misma, la del gusto por el buen fútbol, un deporte que, con excepciones, 'se ha convertido en un laboratorio insulso y redundante, en donde todos los jugadores parecen correr muy deprisa, como si se les estuviera quemando el asado y temiesen un tirón de orejas del temible instructor de cocina'.

Y también la admiración por quienes han hecho grande a este deporte como Alfredo di Stéfano, quien 'amaba la buena velocidad, la velocidad y el coraje', y a quien, incluso retirado, 'no había una línea del campo que le fuera ajena y su voz siempre se escuchaba allí donde más necesidad había'.

Alude al 'talento incomprendido' de Anelka, a quien no entendieron 'en aquella España de tratadistas, puritanos y carceleros de honras'; a Guti como 'encarnación posmoderna del villano' y 'un buen jugador, algo mareado de posiciones; y a perfiles que 'no fingían aritméticas obscenas ni pretendían parecerse a las centurias romanas' como el de Iván de la Peña, 'uno de los jugadores más gráficos' a despecho de la estima ' de los que emborronaban pizarras' y aburrían 'con vídeos sosos y trasnochados'.

El repaso de Miguel Pardeza alcanza al 'dudoso encanto del arbitraje', colectivo para el que pide que, por sus estrechos límites de expresión cuando están en activo y a que 'se desmelenen y rompan las paredes del corporativismo impostado' cuando se retiran, 'se les reconozca la mayoría de edad desde su propio universo'.

Las primas a terceros, la soledad de los porteros, los kilos de Ronaldo Nazario, las supersticiones, los estrechos límites de Van Gaal y los corsés que impuso a Rivaldo son otros de los argumentos que trabaja quien, después de retirarse en Puebla (México), ha escrito sendas antologías sobre la obra periodística de González Ruano editadas en 2002 y 2003, y publicado 'Necrológicas' en 2005 y las novelas 'Torneo' (2016), premio Panenka al mejor libro del año, y 'Angelópolis' (2020).

Miguel Pardeza encarna con ello la armonía entre las letras y un deporte 'fascinante para la mayoría de los devotos' que 'no ha disfrutado sin embargo de la aprobación de los intelectuales, 'los hijos de Marx y el orden soviético' porque 'enajenaba a las masas y debilitaba sus energías revolucionarias'; y los pensadores de derecha, por ser 'una fuente de chabacanería y malos modos'.

Por suerte para el fútbol, señala, su historia no se ha cimentado con simpatizantes como Jorge Luis Borges, quien convocó a una conferencia sobre la inmortalidad el día inaugural del Mundial de Alemania de 1974, o Rudyard Kipling, quien 'tuvo las desdicha de concebir uno de los poemas más bobos de la Literatura, If,' y 'se burló de 'las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan': Passolini no estaría de acuerdo. EFE

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