
Bélgica encontró la forma perfecta de combinar fútbol y arte: le dio a sus Diablos Rojos una segunda piel pensada como homenaje a su pintor más universal. La camiseta suplente que presentó Adidas está inspirada en La Voix des Airs, un cuadro de 1928 de René Magritte, y fusiona la B del escudo con las esferas plateadas de esa pintura en un gráfico abstracto en rosa y azul pastel. Y, como si el guiño no alcanzara, por dentro del cuello lleva bordada la frase "Ceci n’est pas un maillot" (“esto no es una camiseta”), cita directa a su pipa más célebre. Eso sí: ese detalle se quedó en la versión que se vende en los locales, porque la versión auténtica, la que usan los jugadores, no lo lleva por las estrictas normas de la FIFA sobre lo que puede figurar en esa zona del cuello.
¿Por qué Magritte y por qué ahora? Porque no hay mejor síntesis de identidad belga, y un Mundial es justamente la vidriera ideal para mostrarla. En este 2026 varias selecciones usaron sus camisetas para contar historias culturales propias: Japón apostó por doce líneas multicolores en su segunda equipación, una por cada jugador en cancha más una dedicada a los hinchas, para representar la conexión entre el plantel y su gente; Ghana incorporó a Ananse, la araña protagonista de la tradición oral del pueblo akan; Arabia Saudita recurrió a motivos de su arquitectura tradicional; México volvió a la Piedra del Sol y al imaginario del calendario azteca; y España eligió una segunda camiseta inspirada en manuscritos antiguos y páginas desgastadas por el tiempo, en honor a su tradición escrita. En ese marco, la apuesta belga por Magritte fue una de las más comentadas.
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No es la primera vez que los Diablos Rojos usan la camiseta para contar algo más que fútbol, pero sí es la primera vez que lo hacen en un Mundial. El antecedente cultural más fuerte fue la camiseta inspirada en Tintín para la Eurocopa 2024: celeste, con el cuello blanco, en referencia directa a la vestimenta favorita del reportero creado por Hergé. En los Mundiales, en cambio, el guiño solía mirar para adentro. En Rusia 2018 recuperaron un clásico del Campeonato de Europa de 1984, con su estampado de rombos. Antes, en el 94 la camiseta tenía detalles geométricos en los hombros que buscaban transmitir modernidad según los códigos de la época. O sea: hasta ahora, Bélgica miraba hacia su propio pasado futbolístico. Con Magritte, por primera vez mira hacia su patrimonio artístico.

Un surrealista antibohemio
¿Quién es este señor que se ganó su propia remera mundialista? René Magritte (1898-1967) fue uno de los grandes del surrealismo, ese movimiento que doblaba la realidad como si fuera un acordeón. Y una de las cosas más surrealistas, en su caso, fue su propia vida: de joven trabajó como dibujante en una fábrica de papel tapiz y como ilustrador publicitario para poder mantener a su familia, hasta que en 1926 consiguió un contrato que le permitió dedicarse de lleno a pintar. Pero ni ahí se volvió bohemio: se mantuvo fiel al traje y al sombrero de hongo, y pintaba en el comedor de su casa con horarios tan estrictos que parecía ir a la oficina sin salir de ahí. Pintaba sombreros, manzanas, pipas, pero los ponía en combinaciones que te dejaban pensando. Su obra más citada es justamente esa pipa con la leyenda “Esto no es una pipa”: un juego conceptual puro, filosofía con pincel.
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Y como buen ícono pop, Magritte se filtró en lugares inesperados. Uno de los más lindos es El secreto de Thomas Crown, con Pierce Brosnan. En la escena final, el protagonista se escapa de la policía haciendo desfilar por el museo a decenas de hombres vestidos exactamente igual: traje, sombrero de hongo y una manzana flotando frente a la cara. Son lookalikes inspirados en “El hijo del hombre”, el cuadro de 1964 de Magritte, y la idea funciona como la clave de todo el robo: ¿cómo encontrás a alguien cuando todos son la misma persona? Otro guiño inesperado está en la foto de Kevin Johansen “fumando” justo del tatuaje de la pipa de Magritte que lleva un músico de The Nada en el brazo. Una sola foto bien tomada en el momento justo, y ya tenés un cuadro surrealista con instrumentos de verdad.
A casi sesenta años de su muerte, Magritte sigue demostrando que su sombrero y su pipa todavía dan que hablar.
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