
Al acercarse a las obras, la pincelada parece volverse impredecible, incluso caótica, pero en Florencia Böhtlingk se observa que logra integrarse con armonía: hay algo de lo natural, tanto del gesto como en el tema, que emerge de una observación detenida, de una contemplación que trasciende lo representativo. La pintora plasma un sentir, su mano es, en ese sentido, instrumento que transpola un recorrido.
En su primera exposición institucional, Juro que todo esto sucedió en un día. Obras 2010—2024, curada por Alejandra Aguado en Malba Puertos, convergen alrededor de 90 obras, entre acuarelas y pinturas, que más que mostrar invitan a descubrir.
En sus obras Böhtlingk juega con lo cartográfico y lo metafísico, expande las fronteras de lo percibido; en un sentido, sus pinturas documentan, desde reuniones sociales a paisajes y retratos, pero hay una vibración, un latir que surge desde el uso de la geometría y una cuidada (y limitada) selección de colores.

En ese sentido, podrían pensarse en la exuberancia cuando uno se para frente a, por ejemplo, frente a las obras que transcriben su impresión sobre el Paraje La Bonita, en El Soberbio misionero. Pero es exactamente lo contrario: en esa gran cantidad de elementos que las componen hay una dispocisión espacial armónica y, en un sus colores, un juego de matices sutil, experencial claro, pero sobre todo interior que nos hace preguntarnos “¿qué es lo verde?“.
Esa calidad aparentemente rebelde o exuberante, del trazo y lo representado, aporta además una dimensión espontánea que alude a la tensión entre el desorden y el equilibrio, entre lo visto y lo interior.
El recorte temporal de la muestra corresponde a un punto de inflexión de la artista, en la que dio un giro a su quehacer. “En 2010, me doy cuenta que una cosa es la naturaleza, otra cosa es el paisaje en la pintura europea y otra lo que tengo delante, la selva misionera, el Río de la Plata”, dijo a Infobae Cultura. Y agregó: “Ahí yo suelto eso y empiezo a construir con geometría... un cuadro. Es el momento en que entiendo que un cuadro es un cuadro y un paisaje es un paisaje”.

Por su parte, Aguado comentó: “Florencia empieza con una cosa primero muy surrealista, como la idea del paraíso perdido, estas figuras flotando como en espacios más abstractos. Y después, con algo muy romántico y clasicista, tratando de pintar este paisaje a partir de lo que se esperaba”, para luego tomar conciencia sobre la libertad de alejarse del naturalismo, ya que “la realidad puede ser también pura fantasía”, lo que redefinió la relación entre el entorno y la percepción subjetiva.
“Se pueden ver referencias a arte africano, a la talla religiosa o Gauguin. Es muy amante de la historia de la pintura. Y hay una cosa muy americanista también, el modo de dibujar y de pintar, que también tiene que ver con esto de la talla, con el grabado, por cómo son las formas”, dijo la curadora.
En su disposición, la exhibición se divide en tres “salas”, no cronológicas, donde al inicio se pueden observar las acuarelas au plain air, que luego se convierten en los cuadros, y una serie de cuadros en gran formato centrados en lo textual, en palabras que se agolpan, que fue parte de un proceso en que las ideas comenzaron a aparecer en sus piezas hasta ser el eje central, como en los casos de Las palabras son imágenes y La campaña.

Luego, en la sala principal se recorren el grueso de las piezas, y allí, ocultas a los desprevenidos, detrás de muchas de ellas, surgen autorretratos o bodegones minimalistas, centrados en flores, lo que convierte a la exhibición en una experiencia donde lo colectivo, lo anecdótico, lo histórico dejan espacio también para lo íntimo.
Regresando al proceso de Böhtlingk, la imposición de límites rigurosos en su paleta fue otro de los puntos de quiebre conceptuales en esta etapa: “Antes tenía miles de colores y ahora cada vez menos. Ahora por ahí tengo los primarios y las tierras. Ya con eso sé que me muevo”, dijo Böhtlingk, que halló afinidades con Matisse a partir del “acorde de tres colores mezclados entre sí y la geometría y con eso jugar”.

Esa economía cromática, sostuvo, trajo nuevas posibilidades. “Entonces, ahí con estos pocos elementos ya me era más fácil proyectar” y a su vez la llevó a expandir los temas, ingresando en escenas urbanas y rurales: “Empecé como a divertirme un poco poniéndome desafíos. En la cartografía del paraje en el 2014, dije ‘voy a pintar las casas de todos mis vecinos y mi casa. Y no solo eso, sino la del otro lado del cerro”.
El diálogo con la teoría y la tradición oriental aparece como un capítulo clave para su tránsito por el vacío y la tensión visual. Böhtlingk lo explicitó: “A partir de la lectura de un libro muy lindo de pintura china de François Jullien,en el que habla de la ausencia, la presencia, el vacío, empecé a darme cuenta que no había que definir del todo, que había que dejar abierto”. De esa influencia se desprende una de sus modos compositivos: “Me gustaba esa especie también de transparencia con el paisaje”.

Esta tensión entre figura, geometría, color y vacío puede observarse en Tacio y Remo o La cosecha de tabaco, piezas que parecen inacabadas, pero que en realidad revelan la virtud de saber detenerse, de dejar a la obra hablar más allá de la idea primigenia. “Si seguía, algo se iba a perder. Me la jugué y lo dejé así”, dijo.
Para Florencia Böhtlingk “la pintura necesita tensión” y lo logra, sea a través de las piezas con muchísima información o dejando lo elemental, construyendo un obra sensible y salvaje, pero a la vez meticulosa, libertando la mano para que el cuerpo hable, para que el sentir se exprese.
*Juro que todo esto sucedió en un día. Obras 2010—2024, hasta al 8 de marzo, en Malba Puertos, Alisal 160 Bahía, Puertos, Escobar. De jueves a domingo, de 12:00 a 19:00. Entrada libre y gratuita
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