
Los cuentos de este libro germinaron hace veinte años. En esa época tenía un novio del que me quería separar y no podía, y esa dificultad me obsesionaba. Entonces empecé a observar a otras personas en las que creía detectar lo mismo. Iba a cumpleaños, a comidas, a un evento, adonde fuera y mientras los demás charlaban y tomaban vino, yo merodeaba buscando indicios de su drama encubierto. Tomaba notas y de noche, escribía cuentos con la cara de otra gente, con la trama oculta de la vida ajena. Durante un tiempo, escribiendo me distraje de tener que separarme.
Un día hubo un problema eléctrico en el edificio en el que vivía, y la placa madre de mi computadora se quemó. Entre otras cosas, perdí el archivo de los cuentos con los que ya había armado un libro. A grandes rasgos lloré a mares y me separé. Me fui a vivir a otra ciudad, hice un taller literario en una librería hermosa. Ahora quería escribir bien y publicar el resultado. Pero entonces me volvió a pasar: estaba en un pasillo del subte, tenía mi computadora nueva en la mochila, y un chico me agarró del cuello mientras otro me sacaba la mochila de la espalda antes de salir corriendo.
Volví a perder el archivo del libro que había reescrito. Y después de sentir que había fuerzas oscuras conspirando en mi contra, y de omitir el hecho de que no tener mejor guardado el documento era mi culpa, me rendí a la desesperación. Había empezado a trabajar como editora y ghostwriter. Me ganaba la vida redactando y corrigiendo cosas que firmaban otros. Leía mucho, pero dejé de escribir cuentos.

Estuve así como diez años. En un momento, trabajaba en una multinacional de la que me quería ir, pero tenía que tener ahorros para permitirme renunciar. Entonces, al salir de la oficina en la que estaba casi nueve horas, cuando llegaba a mi casa, corregía y redactaba textos por encargo. Dormía poco. Contaba más deadlines que horas de descanso al día. Podía estar al borde del burnout y no me daba cuenta. Vivía en un estado enfebrecido y a la vez muy simple, sin tiempo para la tragedia, prácticamente sin vida social, ensoñada o cabeceando si tenía la suerte de ir sentada en el subte. Y fue ahí que las historias empezaron a volver: de noche, en frases sueltas que fui amontonando en un cuaderno.
De ese primer acopio de palabras salieron versiones amorfas. La escritura fue posterior, producto de un ejercicio consciente y disciplinado. Tuve muchísima constancia para fallar y volver a escribir cada párrafo de este libro, que trabajé con Fer García Lao. Y si bien el resultado es otro porque yo no soy la misma de hace veinte años, contiene el germen de aquellas historias con las que me evadí durante tanto tiempo.
En su versión final, Placa madre se compone de diecisiete cuentos breves, realistas, que exploran la complejidad de los vínculos. Reúne una serie de escenas milimetradas, casi espiadas por una ventana entreabierta, que conforman un mosaico de vidas, de arquetipos, de instantáneas sobre la dificultad, la ternura casi siempre torpe y el absurdo que entraña ser humanos y tratar de conectar con otros.
Lo más difícil, al terminar de escribir, fue frenar la compulsión a seguir corrigiendo. Para muchos, publicar es la única solución. En mi caso, además, es una forma de dejar de hacer copias de seguridad, es una especie de exorcismo, es materializar el archivo para que se me vaya el miedo que todavía me produce la idea de volver a perderlo.
Actualmente el libro está en pre-venta en la página de la editorial y se consigue online. Y el 19 de diciembre, a las 19 horas, habrá una presentación en Bar de de fondo, en Julián Álvarez al 1200.
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