
Cruzo las puertas del aeropuerto El Dorado y me encuentro con un cielo naranja. Me agito un poco al caminar en dirección a los taxis: siento la diferencia de ser abrazada por la atmósfera ámbar, densa de Bogotá y sus 2.640 metros de altura. Son, siendo generosa, 2.600 más que Buenos Aires, de la que llego luego de poco más de seis horas de vuelo.
El viaje al Sofitel Victoria Regia, un hotel bogotano con aire francés, toma unos cuarenta minutos. Miro por la ventana, subo y bajo los cerros que enmarcan la capital colombiana. Las calles de la Zona Rosa que lo rodean tienen bares, restaurantes, boutiques, galerías pero decido quedarme esta primera noche y cenar en Basilic, el restaurant de la casa.

Viernes
Mañana despejada: salgo a caminar por el barrio, busco algunos regalos y hago una parada breve en Libertario, considerado por muchos el mejor café de especialidad colombiano. Pido uno en prensa francesa y compro, para llevar a casa, unos paquetes en las variedades “Rock”, “Punk” y “Libre”: curiosos nombres.
Desde allí voy hacia Chapinero, el barrio bohemio, y llego a Híbrido, del chef Wilson Garzón, famoso por su pan. Sí, la estrella es el pan. Pido y curry y varias rodajas de magnífica masa madre, termino con un café y, bajo una leve llovizna, inicio el trayecto hacia La Candelaria

Se trata del barrio más antiguo de Bogotá, donde fue fundada la ciudad en 1538. Con calles empedradas, casas de aleros coloniales, algunas llamas obligadas a ser atracción turística. Paso la tarde en el Museo Botero. Hay cuadros y esculturas con las figuras volumétricas, irónicas del artista visual colombiano más famoso del mundo en cada salón. También, hacia el final y en diálogo con su obra, su colección de arte internacional: Renoir, Picasso, Dalí, Chagall, no falta nadie. A la salida, compro un juego de collares emberá.

El chef Jacobo Bonilla y el sommelier Valentino Galán Cortés me reciben en Débora, su restaurante de fine dining, puesto 85 entre los mejores de latinoamérica, en el que suenan los Rolling Stones. Comemos juntos, interrumpidos por sus entradas y salidas a la cocina: me cuentan que se conocieron en Perú trabajando en el Central de Virgilio Martínez y que el menú de esta noche se inspira en Bogotá y sus barrios. Desfilan por la mesa platos y platitos, copas y vasitos: un aperitivo de ruda, manzanilla y aguardiente; papa rellena con achiote; trucha con beurre blanc, para comer con cuchara; mejillones picantes con influencia afro, servidos sobre una brioche. No hay vinos pero tomo algo inspirado en un Chardonnay hecho con piña (o ananá, como decimos en Argentina), melón y vainilla. Jacobo lo llama cocina de grandes ciudades: no el speech del campo, me aclara, sino los barrios, las texturas, los mercados minoristas, las pescaderías del Restrepo, los piqueteaderos del barrio cool. If You Leave Me Now de Chicago suena cuando llega el postre.

Sábado
Me atiborro de ceviche, platos típicos y frutas en el brunch de Basilic en Sofitel Victoria Regia. Veo la hora: mucho más del mediodía. Tomo un auto hacia La Candelaria y, antes de llegar al Museo del Oro, la colección más grande piezas de orfebrería precolombina del mundo, camino por sus calles. Paso algunas horas en el museo y a la salida compro un juego de collares emberá, algunos libros. Vuelvo al hotel no sin antes hacer una parada técnica en Libertario, que queda justo al cruzar la calle, por un café.
Cierro la noche, y el viaje, en Selma, restaurante dirigido por el chef Álvaro Clavijo que funciona en una casa restaurada de comienzos del siglo XX en Chapinero. Pulpo, un perfecto lomo con papas fritas y una baklava de pistacho de postre: como siempre, y especialmente en Colombia, corono con un café. En el viaje de vuelta al hotel, paso junto a un autobús con música, luces y gente de fiesta: dice el taxista que a esa discoteca móvil, típica de la zona, la llaman “chiva rumbera”. Despedida por Bogotá con bombos y platillos, vuelvo a casa la mañana siguiente.
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