
La historia del teléfono comienza con el terrier de Alexander Graham Bell.
En 1863, Bell tenía 23 años. Su padre y su abuelo eran unos prominentes elocuentes en Inglaterra que trabajaban con la población sorda, incluyendo a la madre de Bell. El sonido, o la falta de él, formaba parte del negocio familiar.
Un día, el padre de Bell lo animó a hacer una máquina de hablar. Bell recurrió a su perro Trouve en busca de ayuda. Ejerciendo un poco de presión sobre él, y gracias a unas golosinas, lo consiguió.
Pudo manipular la mandíbula de Trouve al tiempo que el animal gruñía para reclamar sus golosinas, algo que le permitió que, de cierta forma, "el perro hablara".
"¿Cómo estás, abuela?", decía Trouve (o algo parecido).
Ese momento, uno de los capítulos más bizarros en el desarrollo del teléfono, fue transformador para Bell y, en última instancia, para la sociedad, que todavía está viendo evolucionar su invención. Ahora, de nuevo, miles de personas han vuelto a hacer cola para hacerse con el nuevo iPhone de Apple, que Steve Jobs originalmente ideó con un poco más de características que el original de Bell.

Cuando Bell hizo hablar a Trouve mostró su "determinación por seguir la profesión de su abuelo y de su padre", tal y como escribió John Brooks en Telephone: The First Hundred Years. Y ese paso sembró en Bell la curiosidad crucial y los instintos creativos que necesitaría para llevar a buen término la invención del teléfono.
Aunque Bell inventó el teléfono, él no fue el inventor original.
Cuando, en 1874, fue a la facultad de la Universidad de Boston, el título de Bell era de "profesor del mecanismo del habla". Él enseñó en la Escuela de Oratoria y no era bueno con los números ni con los cálculos. Su especialidad era la Visible Speech (habla visible, en español), que era la invención de su padre de utilizar símbolos escritos para imitar sonidos.
"Pedir el valor del discurso es como preguntar por el valor de la vida", dijo.
Esa forma de pensar provocó el despreció de la comunidad sorda, que se irritó ante su punto de vista de que ser sordo era una desventaja y una maldición. Bell se casó con una mujer sorda y eso le impulsó a encontrar formas de ayudar a los sordos a integrarse mejor en la comunidad.
Después de llegar de Boston, Bell comenzó a tratar con orejas de cadáveres, tratando de aprovechar un experimento ya hecho, dos décadas antes, por un impresor francés llamado Édouard-Léon Scott de Martinville. Steven Johnson, el bardo moderno de la innovación explicativa relató ese "colorido" momento en libro How We Got to Now, en 2014.
"En el momento de la Ilustración, los libros detallados de anatomía habían mapeado la estructura básica del oído humano, documentando la forma en que las ondas de sonido se canalizaban a través del conducto auditivo, lo que provocaba vibraciones en el tímpano", explica.
Scott tropezó con uno de estos libros y, aparentemente, sin tener nada mejor que hacer, comenzó a estudiar la física del sonido. Además, Scott estaba obsesionado con la taquigrafía (¡Atención lector!: Todo esto realmente lleva a Bell al teléfono. Espera)
¡Scott tuvo una idea!
"La invención de Scott se vio obstaculizada por una limitación crucial, incluso cómica. Él había inventado el primer dispositivo de grabación de sonido en la historia. Pero se olvidó de incluir la reproducción", señala.
Sin embargo, es difícil culpar al tipo. En aquel entonces, la gente pensaba que el sonido viajaba por el aire a través de la magia.
"La idea de que las máquinas podrían transportar ondas de sonido que se habían originado en otro lugar", escribe Johnson, "no fue para nada intuitiva".
Para Bell, lo fue.
A mediados de la década de 1870, Bell quería construir un fonoautógrafo, pero quería que se aproximara a un oído humano para probar si las ondas de sonido podrían transformarse en símbolo reconocibles. La idea era que el dispositivo ayudaría a los sordos a "ver" el sonido de las palabras.
Bell salió en busca de ayuda y, finalmente, recurrió a su colega, un doctor especializado en oído, Clarence Blake, quién le preguntó "por qué estaba tratando de reinventar la rueda". "¿Por qué no usó solo un oído humano?", se preguntaba.
Un llegó por correo unos días después.
Bell lo instaló con un artilugio de transcripción y comenzó a gritar. La oreja funcionó, pero no como había pensado en un principio. Bell luchó por ver cómo el hecho de replicar el dispositivo en una escala más amplia podría ayudar a los sordos de la manera que él imaginaba. Sin embargo, Bell tuvo otra idea:
"Ahora entendía cómo se recibía el sonido en el oído humano. El siguiente paso sería reproducir la acción de la membrana de la oreja y diseñar un instrumento para traducir las vibraciones en sonidos. De repente, se le ocurrió la idea de que podría ser posible crear una corriente eléctrica ondulante que pudiera transportar el sonido a lo largo de un cable de telégrafo de la misma manera que el aire transportaba las ondas de sonido del hablante al oyente. El receptor del teléfono, presionado a un oído humano, podría actuar como una boca eléctrica. La corriente que fluye a través de un electroimán haría que la membrana de los receptores vibrara. Esas vibraciones luego golpearían el tímpano de los oyentes y lo harían vibrar también. La oreja del oyente interpretaría estas vibraciones como los sonidos de la persona que había al otro lado del cable", señala.
El 10 de marzo de 1876, en su taller de Boston, Bell instaló receptores en habitaciones separadas conectadas por un cable y alimentadas por baterías. Su ayudante Thomas Watson le echó una mano. Era tarde. Ambos estaban cansados. Bell fue a una habitación y Watson a la otra. Y luego sucedió, casi como por arte d magia. Bell habló. En su receptor, Watson escuchó esto: "Señor Watson, ven aquí, te quiero".

Bell estaba tan emocionado que derramó ácido de batería sobre sí mismo. Esa noche trabajó arduamente con Watson hasta altas horas de la noche, turnándose para hablar, aparentemente, por el aire. Leyeron libros. Watson cantaba. En un momento dado, Bell apagó el aparato y dijo: "Que Dios salve a la reina".
Un año después, las ciudades más grandes de la nación comenzaron a instalar el servicio telefónico. En 1907, había más de 6 millones de teléfonos en uso, de acuerdo con The Rise and Fall of American Growth de Robert J. Gordon. El teléfono transformaría rápidamente el mundo de muchas maneras. Bell parecía saberlo. Después de esa primera llamada telefónica, le escribió una carta a su padre.
"He construido un nuevo aparato operado por la voz humana. Siento que, por fin, he llegado a la solución de un gran problema y llegará el día en que los cables telegráficos se acumularán en casas como el agua o el gas, y los amigos conversarán entre sí sin salir de casa", escribió.
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