La iglesia estaba repleta de oraciones y vocaciones. De a ratos silencio, de a ratos algarabía. Pancartas, afiches y disfraces. Por un momento, da la impresión de estar no en un templo sino en una pista de baile a punto de estallar. El Jesuita que preside el momento de oración da gracias por la vida, por la salud y hasta por la forma de caminar. Sonríe a carcajadas. Canta. El recinto católico está a reventar, en sus butacas hay maestros, maestras y religiosas que dedican su vida a enseñar en los sectores menos favorecidos de Caracas. Es miércoles. Son las nueve de la mañana. En la calle está la policía y el ambiente se enrarece. El cielo está nublado, “nublado como el futuro de la educación”, dice una voz que sobresale por encima del parlante que usa el sacerdote mientras lee una parábola de la biblia.

“Esta es nuestra forma de protestar, aunque no basta rezar. Hoy vamos a decirle al ministro de educación que el sueldo no alcanza, que la quincena no da ni para pagar el pasaje del autobús. No somos esclavas, somos maestras”, dice.

La profesora me pide encarecidamente que no muestre su rostro, que no escriba su nombre. Es la única que trabaja en casa y no se puede dar el lujo de perder el empleo. El pánico es parte de la rutina.

En la sala se oyen cantos y aplausos. Afuera se atrinchera la policía y la presunción se convierte en certeza. No habrá marcha, no habrá caminata, no habrá parada frente al ministerio. Sin embargo, un mensajero anuncia que una comisión de padres, maestros y maestras ya fueron recibidos por Aristóbulo Istúriz –ministro de educación de Nicolás Maduro-.

La demanda de estos profesionales de la educación es clara: un salario que les garantice dignidad; que les permita comer, vestirse, pasear, viajar, formarse y vivir con tranquilidad.

“No estamos pidiendo nada, estamos exigiendo lo que dice la constitución, lo que dice la ley, lo que dice la contratación colectiva”, reclama ante los medios una maestra jubilada, a la que el salario no le alcanza ni para comprar un par de zapatos. Sus ojos se llenan de lágrimas como resultado de una evidente vergüenza en indignación.

La constitución de la República Bolivariana de Venezuela reza en su artículo 91: “Todo trabajador o trabajadora tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales.” A todas luces es letra muerta. Al escribir esta crónica, un trabajador de la educación gana 1,6 salarios mínimos –en promedio- y para comprar la canasta básica familiar se necesitan más de 160 salarios mínimos, según estudios del Centro de Documentación y Analisis Social (Cendas). Una condición de esclavitud evidente. ¿Para qué trabajar?

Esclavitud moderna

Esta semana, un representante de la cuestionada Asamblea Nacional Constituyente informó por Twitter que el salario mínimo aumentaba de 40 mil bolívares a 150 mil y que el salario integral (sueldo mínimo más bono alimentario) subía de 65 mil bolívares a 300 mil. El anunció indignó a los trabajadores, que al unísono declararon que se trataba de una burla y que iba a empeorar la inflación.

Del aumento se cuestiona todo, desde quien hizo el anuncio, hasta lo que representa para el poder adquisitivo. Al cambio oficial, el salario quedó en 7,5 dólares por mes. Menos de 0.25 dólares por día. Esclavitud, en términos salariales, el trabajador venezolano es un esclavo y su opresor es el Estado. No es una opinión, es un dato objetivo, contrastable con lo que establecen las Naciones Unidas y la Organización Internacional del trabajo sobre esclavitud moderna.

Morir de hambre

Murió la profesora Yasmeli Parra, pesaba 33 kilos. Claro, murió porque padecía cáncer y una severa desnutrición. Vivía en el estado Zulia –el más golpeado por la crisis-. Su trágico fallecimiento se hizo viral en las redes sociales y causó conmoción en el gremio docente. La vida de esa mujer trabajadora se acabó por su condición de esclava moderna. No tenía recursos para tratar su enfermedad y tampoco para comprar los aparatos que le permitieran alimentarse a través de sondas. Su muerte es una evidencia más de la condición de vulnerabilidad absoluta en la que viven las maestras.

Los profesores no aguantan más y el próximo 22 y 23 de octubre realizarán un paro nacional de actividades. Los agremiados de la educación no asistirán a los centros educativos para mandar un mensaje al gobierno de que sin maestros no hay escuela.

En la protesta de los maestros y maestras hay colores y una alegría que se contrasta con la precariedad su profesión. Una de ellas se vistió con una falda y un sombrero, de su cabeza cuelgan frases que describen la situación que están viviendo. Otros suenan tambores y en la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes retumba el grito de la dignidad. La policía los espera en la calle para no dejarlos caminar, pero en un acto de disciplina absoluta todos acatan el llamado de retirarse para evitar enfrentamientos innecesarios.

El vocero designado para hablar con “las autoridades” anuncia que efectivamente el ministro los recibió unos minutos y se comprometió a dialogar en profundidad los próximos días, les aseguró que una nueva tabla salarial está por salir y que atenderán las exigencias de mejorar la instalaciones de las escuelas. La masa que escucha atenta no queda conforme, no creen en la promesa del funcionario, pero se retiran en sentido contrario al ministerio y dando la espalda a la policía que se queda “con las ganas” de cerrar la calle y parar el tráfico.

Según Naciones Unidas, la esclavitud moderna ata de pies a cabeza a más de 40 millones de personas en el mundo. Se les reconoce porque bajo ellas “recaen amenazas, violencia, coacción, abuso de poder o engaño, se les priva de su libertad para controlar su cuerpo, elegir o rechazar un empleo o dejar de trabajar.” Los trabajadores venezolanos entran en esta categoría, su esfuerzo no les otorga libertad ni capacidad de satisfacer necesidades básicas. Las amenazas de despidos y la sumisión ante las dádivas alimentarias del gobierno, so pena de morir de hambre, refuerzan la evidencia de una esclavitud a la venezolana.

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