
Aunque se usan ampliamente, no todas las personas mayores necesitan estos medicamentos, y pueden conllevar mayores riesgos.
A menudo, la historia se repite de la siguiente manera: los investigadores médicos estudian un medicamento de uso frecuente y reportan que no es tan efectivo para los pacientes mayores como se pensaba anteriormente o que, en los adultos mayores, sus riesgos superan sus beneficios. Le siguen más estudios, los cuales confirman esos hallazgos.
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Después de unos años, las asociaciones médicas revisan sus pautas y advierten que el medicamento en cuestión debe evitarse o al menos recetarse de manera más selectiva. Podría añadirse a los criterios de Beers, una importante lista de medicamentos potencialmente inapropiados para pacientes mayores, publicada por la Sociedad Estadounidense de Geriatría.
Si la función del medicamento es preventiva, el Grupo de Trabajo sobre Servicios Preventivos de Estados Unidos, un panel independiente de expertos, podría intervenir con advertencias. La Administración de Alimentos y Medicamentos podría emitir recuadros negros de advertencia sobre efectos secundarios preocupantes.
Después de unos años más, los investigadores analizan datos nacionales de amplio alcance para ver si el uso de este medicamento disminuyó. Con frecuencia, la respuesta es: sí, pero no lo suficiente. Sin embargo, a veces el uso no disminuyó mucho en absoluto, o incluso aumentó.
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"Los medicamentos son como los percebes", dijo Michael Steinman, un geriatra de la Universidad de California, campus San Francisco, y codirector de la Red de Investigación de Desprescripción de Estados Unidos. "Son fáciles de empezar, pero pueden ser difíciles de suspender".
Esta inercia médica refleja en parte los desfases involucrados en la difusión de los hallazgos. "Los médicos tienen un millón de cosas que necesitan saber y atender, y la información puede tardar un tiempo en llegarles", dijo Steinman.
Pero también refleja la forma en que "los médicos y los pacientes se acostumbran a tratar afecciones de ciertas maneras", dijo. "Se convierten en hábitos arraigados". Encontrar enfoques alternativos es desafiante, por lo que "es fácil seguir con lo que conoces".
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Estudios recientes con tres medicamentos o clases de fármacos ampliamente usados entre los estadounidenses mayores ilustran el problema.
Los inconvenientes de las benzodiacepinas
Los científicos comenzaron a dar la alarma sobre las benzodiacepinas hace más de 20 años. Estas, que se recetan para el insomnio y la ansiedad, "ofrecen un alivio rápido", dijo Mark Olfson, un psiquiatra y epidemiólogo de la Universidad de Columbia.
¿Cuál es el problema? Las benzodiacepinas (incluidos el Valium, Xanax y Ativan) y los fármacos Z relacionados (Ambien, Lunesta) "pueden afectar el equilibrio, la coordinación y la cognición, lo que puede traducirse en caídas, fracturas y accidentes automovilísticos", dijo Olfson. En pacientes que también toman opioides para el dolor, las benzodiacepinas pueden causar sobredosis.
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Además, "una vez que las has tomado por un periodo, desarrollas una dependencia", añadió Olfson. "Cuando las dejas, puedes desarrollar síntomas de abstinencia".
Entonces, ¿qué ha pasado con el uso de benzodiacepinas entre los adultos mayores, quienes son más sensibles a estos efectos? En un análisis reciente de las tendencias de prescripción, publicado en Annals of Internal Medicine, Olfson y su equipo reportaron progresos. Entre las personas mayores de 65 años, el uso general de benzodiacepinas de 2015 a 2024 bajó de un 14 a un 11,5 por ciento.
Pero ese descenso se ha estancado desde 2020, quizás en relación con la pandemia de covid. Además, en realidad el uso aumentó entre los mayores de 75 años, de un 12 por ciento en 2020 a alrededor de un 13 por ciento cuatro años después. La dispensación a través de farmacias en centros de atención a largo plazo aumentó a más del doble. Y cerca de un tercio de los usuarios tomaban el medicamento durante más de seis meses, lo que aumentaba la probabilidad de dependencia. "Es preocupante", dijo Olfson.
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Pero advirtió que los pacientes no deben suspender las benzodiacepinas de golpe o por su cuenta, lo cual puede provocar abstinencia. "Requiere una reducción gradual supervisada" con un profesional médico, dijo. "Toma muchas semanas".
La prescripción excesiva de antibióticos
Durante años, el tratamiento estándar para la diverticulitis, la inflamación de pequeñas bolsas que se forman en el colon, fueron los antibióticos, principalmente las fluoroquinolonas (como Cipro y Levaquin) o la amoxicilina-clavulanato (Augmentin).
"Era incuestionable", dijo Jesse Sutton, un farmacéutico e investigador en VA Minneapolis Health Care. "Los antibióticos son medicamentos seguros y efectivos, excelentes, que salvan vidas, así que la forma de pensar era: en caso de duda, úsalos".
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Pero en 2015, la Asociación Estadounidense de Gastroenterología recomendó no recetar antibióticos de manera rutinaria para la diverticulitis "no complicada", la cual representa una gran mayoría de los casos. Otros grupos médicos hicieron lo mismo.
Los ensayos clínicos habían demostrado que para esta afección, los antibióticos tenían poco o ningún efecto sobre la mortalidad, la necesidad de cirugía, las complicaciones o las recurrencias. "No habían mejorado nada", dijo Sutton.
Y al igual que con cualquier fármaco, "hay desventajas, consecuencias no deseadas", dijo. "Los efectos secundarios de los antibióticos representan una cantidad sustancial de las visitas a la sala de emergencias" por síntomas como náuseas, vómitos y diarrea. Los antibióticos también aumentan el riesgo de la virulenta infección por C. difficile.
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Además, "cuanto más usas los antibióticos, menos funcionan en el futuro", dijo Sutton. La Organización Mundial de la Salud ha considerado la resistencia a los antimicrobianos como "una importante amenaza de salud global".
Así que Sutton y sus colegas, al estudiar el tratamiento en 70.000 visitas a 120 instalaciones del Departamento de Asuntos de los Veteranos, esperaban ver una disminución en el uso de antibióticos para la diverticulitis no complicada en el transcurso de 10 años.
En cambio, según reportaron recientemente en Annals of Internal Medicine, las prescripciones de antibióticos siguieron siendo casi universales en un 97 por ciento de las visitas, con pautas o sin ellas. Los pacientes (edad promedio: 63 años) muy probablemente habrían estado igual de bien con unos pocos días de Tylenol y una dieta de líquidos claros.
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El uso excesivo de antibióticos también sigue siendo común para otras afecciones de la vejez, incluidas las infecciones del tracto urinario que no causan síntomas molestos y las infecciones de las vías respiratorias superiores que son típicamente virales, no bacterianas.
En tales casos, cuando un médico receta un antibiótico, "yo recomendaría a los pacientes a decir: 'Por favor, explíqueme la justificación de hacer esto'", dijo Sutton. "Si no lo hacen, está bien poner pausa".
Cuando la aspirina no es la respuesta
La aspirina es diferente. Debido a que es barata y de venta libre, cualquiera puede comenzar a tomarla por su cuenta --y millones de estadounidenses mayores lo hacen--, pensando que ayudará a prevenir problemas cardiacos.
Para las personas que ya han tenido un ataque cardiaco, un derrame cerebral o una intervención cardíaca como un stent o una cirugía de baipás, la aspirina diaria en dosis bajas para la "prevención secundaria" sí reduce las probabilidades de otro evento, según han mostrado los estudios.
Pero para la "prevención primaria" en personas que no han tenido uno, las pautas cambiaron en 2019, cuando el Colegio Estadounidense de Cardiología y la Asociación Americana del Corazón desaconsejaron el uso de aspirina para este propósito en las personas de 70 años y mayores. El Grupo de Trabajo sobre Servicios Preventivos de Estados Unidos fue más allá, y desaconsejó la aspirina para la prevención primaria a partir de los 60 años.
Los ensayos clínicos a gran escala habían mostrado escasos beneficios para la aspirina como medida de prevención primaria, pero había daños, en particular el sangrado gastrointestinal. "A medida que envejecemos, los riesgos de sangrado aumentan", dijo Timothy Anderson, un internista de la Universidad de Pittsburgh que dirige su Laboratorio de Prescripción Prudente. Con menor frecuencia --pero consecuencias más graves-- la aspirina puede causar sangrado en el cerebro.
En un estudio publicado en JAMA el año pasado, Anderson y su coautor descubrieron que el mensaje surtiendo efecto: el uso de aspirina para la prevención primaria, según lo reportado en la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición, había caído sustancialmente de 2011 a 2023. Pero más de un tercio de las personas de 70 años o mayores todavía la estaban tomando.
Algunas salvedades: un subgrupo de adultos mayores con factores de alto riesgo de enfermedad cardiovascular puede beneficiarse de la aspirina para la prevención primaria. Y, algo que es confuso, algunas evidencias sugieren que los pacientes mayores que ya toman aspirina se enfrentan a un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular si la suspenden.
"El primer paso es una conversación con tu médico de cabecera" sobre la aspirina, dijo Anderson. "'¿Sigue siendo esto adecuado para mí a medida que envejezco?'".
Los pacientes mayores que toman aspirina, muchos sin ninguna orientación médica, "están interesados en reducir su riesgo de ataque cardiaco y derrame cerebral", dijo. "Están tratando de ser proactivos y cuidar su salud". Pero con los medicamentos para la presión arterial y las estatinas para el colesterol, "tenemos mejores estrategias que la aspirina para eso".
La nueva vejez se produce en colaboración con KFF Health News.
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