'No quiero morir así': 15 horas a la deriva en el mar

Reportajes Especiales - Lifestyle

Donna Dubray and Paul Carbullido Jr. near where they rented jet skis, in Long Beach, Calif., Aug. 28, 2026. The two longtime friends who rented jet skis for an hour-long excursion ended fighting for their lives, and Carbullido was stranded at sea for 15 hours. (Ariana Drehsler/The New York Times)
Donna Dubray and Paul Carbullido Jr. near where they rented jet skis, in Long Beach, Calif., Aug. 28, 2026. The two longtime friends who rented jet skis for an hour-long excursion ended fighting for their lives, and Carbullido was stranded at sea for 15 hours. (Ariana Drehsler/The New York Times)
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En un instante, se habían convertido en dos puntos indistinguibles, varados en un infinito mar oscuro.

Las motos acuáticas que los habían llevado más allá del rompeolas habían sido arrastradas por la corriente. La costa de Long Beach, California, donde había comenzado su paseo vespertino, ya no estaba a la vista.

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Ahora, los dos viejos amigos se aferraban a sus chalecos salvavidas mientras sus cuerpos flotaban en el océano Pacífico y luchaban por no ahogarse entre las violentas olas. Era el 16 de agosto y los últimos rayos del sol se habían desvanecido. No sabían si alguien acudiría en su ayuda.

"¡Tienes que nadar!", le gritó Donna Dubray a Paul Carbullido Jr. Ella había visto un destello de luz, y trató de empujar a Carbullido en esa dirección. "¡Tienes que mover los brazos!".

Pero Carbullido estaba aturdido. Había salido despedido de su moto acuática y caído de espaldas, quedándose sin aire. Parecía no darse cuenta de la gravedad de la situación.

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Dubray lloró mientras le suplicaba a su amigo, cada vez más presa del pánico. Finalmente, dijo: "Voy a buscar ayuda". Le temblaba la voz. "Regresaré por ti".

A sus 47 años, Dubray era una nadadora fuerte; no era raro que se metiera al océano todos los días de la semana, e incluso salir en su kayak de noche. Tras décadas de luchar con una adicción a las drogas, para ella el mar abierto era un santuario, la distracción que la había ayudado a mantenerse sobria en los últimos años.

Pero cuando dejó a Carbullido para nadar hacia el destello que veía a la distancia, el agua se agitaba con un terror desconocido. Cada pocas brazadas, gritaba el nombre de su amigo para que pudiera escuchar su voz. No escuchaba respuesta.

'Tienen una hora en el mar'

Había sido una idea de último momento, inspirada por un verano abrasador que se ha sentido inusualmente implacable para el sur de California. Como muchos en la región, Dubray y Carbullido querían entretenerse en el agua.

"¿Por qué no alquilamos unas motos acuáticas?", había propuesto Dubray, aunque ninguno de los dos había usado una antes.

Carbullido, de 53 años, parecía dispuesto a probar algo nuevo. Se sentía a gusto en el agua; de niño pasaba los veranos en la playa y vivió en Hawái cuando su padre, un infante de Marina, estaba destinado en Oahu.

Dubray tenía más de 20 años de conocerlo, y alguna vez habían compartido casa. Recientemente habían comenzado a vivir juntos de nuevo, compartiendo una casa con otra persona. Ambos trabajaban en el Puerto de Los Ángeles, donde Carbullido era operador de montacargas para una empresa de logística y Dubray rastreaba contenedores de envío.

Tras una búsqueda en internet, Dubray intentó reservar con Shoreline Jet Skis, pero le dijeron que no había espacios disponibles de inmediato. Sin embargo, a los pocos minutos recibió una llamada de un número desconocido. Era un proveedor llamado Airbnski que tenía buenas noticias: tenía un espacio de 7 a 8 p. m.

Dubray y Carbullido pagaron el alquiler sin saber que una ley estatal prohíbe operar motos acuáticas después del atardecer, que ese día estaba previsto para las 7:38 p. m.

Llegaron al muelle en Long Beach con 15 minutos de anticipación. Carbullido llevaba una camiseta negra de manga larga, unos pantalones cortos deportivos holgados y sandalias. Dubray tenía puesta una camiseta sin mangas gris y pantalones cortos de ciclista.

Aparecieron dos hombres y les entregaron una Yamaha WaveRunner VX Cruiser y una Sea-Doo GTI SE. De acuerdo con Dubray, los hombres llegaron tarde y ofrecieron escasas instrucciones. No hubo papeleo.

"El tipo nos dijo: 'Tienen una hora en el mar, apúrense, ya váyanse'", recordó ella. "No nos explicó cómo encenderlas, cómo operarlas, qué hacer si nos caíamos, qué tan lejos podíamos llegar ni nada".

Todo fue tan rápido que los amigos pensaron que la salida sería sencilla.

Al principio, Carbullido sonrió mientras trazaba círculos cerca del Queen Mary, el transatlántico retirado que atrae a los turistas al puerto. Sin embargo, cuando pasó por el rompeolas a toda velocidad, entró en territorio turbulento.

Salió despedido y no pudo volver a subir a su moto acuática, que se alejó a la deriva hasta quedar fuera de su alcance. Dubray intentó ayudarlo, pero entonces tampoco pudo volver a encender su propia moto acuática.

Dubray sacó su teléfono del compartimento impermeable y llamó a la compañía de alquiler, pensando que ofrecería una solución rápida y la pondría en movimiento de nuevo. Un hombre dijo que enviaría ayuda.

Carbullido empezó a gritar; su cabeza se hundía y volvía a salir del agua. Alarmada, Dubray saltó para nadar hacia él.

Entonces su moto acuática se alejó en la dirección opuesta, junto con su teléfono.

Nadando hacia la luz

Mientras Dubray nadaba hacia la luz, el corazón le latía con fuerza en el pecho. Alternaba entre crol, estilo espalda, nado de perrito, cualquier cosa para llegar a ese destello. Se detuvo cuando escuchó ruidos extraños. Y cuando sintió que sus extremidades se ponían rígidas, simplemente flotó.

Pensó en la hija a la que no había podido cuidar cuando estuvo entrando y saliendo de la cárcel y cuando vivió en las calles. Por fin estaban creando un vínculo; ahora tenía mucho por qué vivir. Pensó en Carbullido sufriendo solo y en su promesa de buscar ayuda. Se esforzó durante una hora, luego otra.

Finalmente se dio cuenta de que la luz provenía de una plataforma petrolera. Esta la guió hasta el rompeolas, donde las olas la azotaron contra las rocas. Con el cuerpo lleno de golpes y temblando trepó a gatas, pero resbaló y su pie quedó atrapado.

Sus gritos fueron escuchados por alguien que iba a bordo de una lancha de motor de seis metros que llamó al 911 alrededor de las 10:30 p. m., según el Departamento de Bomberos de Long Beach. Salvavidas de la agencia respondieron, la envolvieron en una manta y la subieron a un bote.

Dubray estaba frenética. "Van en la dirección equivocada", dijo llorando. "¡Mi amigo, tenemos que salvarlo, él sigue en el agua!".

La llevaron a un hospital, donde recibió tratamiento por hipotermia. Para entonces ya era alrededor de la 1:30 a. m., pero llamó a alguien para pedirle que la recogiera y la llevara de vuelta a la playa para ver si podía ayudar en la búsqueda.

Pero en la orilla no había nada. Ansiosa, se fue a casa. Se puso a caminar de un lado a otro. Las motos acuáticas habían sido rastreadas e incautadas, pero no había rastro de Carbullido.

Cuando el sol anunció un nuevo día, Dubray no había recibido noticias. El noticiero local dio una descripción de Carbullido que sonaba a mal augurio --127 kilogramos, cabello pelirrojo, un tatuaje de los Lakers en la parte superior de la espalda-- como si los detalles fueran a usarse para identificar un cadáver.

Las autoridades se comunicaron con Dubray para ver si reconocía fotos de barcos en la zona. Debido a que su teléfono celular se había perdido, la comunicación tuvo que realizarse a través de la otra persona con quien compartían casa.

A las 11 a. m. tuvieron una llamada perdida. Era la Guardia Costera de Estados Unidos. Dubray devolvió la llamada y se preparó para lo peor.

"Lo encontramos", dijo un oficial. "Está vivo".

'Luchar, tengo que luchar'

Carbullido había pasado las últimas 15 horas temiendo la muerte.

Después de que Dubray se alejó nadando, poco a poco comprendió la gravedad de su situación. El cielo negro, el siniestro mar, la luna como su único testigo.

Pidió ayuda, pero sus gritos se evaporaron. Al divisar una luz tenue, nadó estilo perrito hacia ella, pero parecía hacerse más pequeña y cambiar de dirección. Las olas golpeaban su rostro, llenándole la tráquea de agua salada. Su chaleco salvavidas a duras penas le mantenía la cabeza a flote, mientras que sus pantalones cortos deportivos lo hundían por el peso.

Pensó en Dubray diciendo que buscaría ayuda, y se preguntó si sería mejor quedarse donde estaba. La corriente lo arrastraba hacia donde quería.

Pasó una hora, tal vez dos o tres. Llenó de ruido el vacío que lo rodeaba: se insultó a sí mismo, gritó hasta que le dolió la garganta. Lloró.

"Luchar, tengo que luchar", se dijo. "Puedo hacer esto". Pensó en sus cuatro hijos, en sus amigos. Pero su mente también comenzó a descontrolarse.

Temía que unos sonidos misteriosos provinieran de algún depredador que se acercaba. En un momento, algo que parecía un mamífero le tocó la pierna. Trató de quedarse quieto, pero los dientes le castañeteaban y el frío le había calado hasta los huesos. La única manera de calentarse era patalear hacia el abismo.

La noche se hizo interminable, con las olas pasando una y otra vez sobre su cabeza y la piel cada vez más lastimada. El agotamiento se apoderó de él. Podía sentir cómo se le quebraba la voluntad. Ahogarse o morir de hambre le parecía un destino enloquecedor. Tal vez, pensó, debería morderme el brazo, dejar que la sangre atraiga a los tiburones para que esto termine.

Los remordimientos de su vida desfilaron por su mente, particularmente los 25 años que pasó adicto a las metanfetaminas, durante los cuales fue condenado por intento de robo y venta de drogas. Fue a prisión más de una vez, y repetidamente decepcionó a sus familiares. La sobriedad que había defendido durante los últimos 10 años de pronto parecía demasiado breve. Si tan solo hubiera cambiado antes, la lista de aquellos a los que había hecho daño no sería tan larga.

Suplicó por una señal de aliento, cualquier cosa a la que aferrarse. Rezó y prometió ir a la iglesia.

En un momento creyó ver a su padre, cuya muerte por cáncer tres años atrás había sido devastadora. También apareció su abuela fallecida. Ninguno de los dos habló, pero su presencia le ofreció calidez.

"No quiero morir así", se dijo a sí mismo. "Pero tal vez sea mi momento".

Llegó el amanecer, y con este lo que vio como su última oportunidad. Usando su último impulso de energía, nadó hacia una caravana de buques de carga. Hizo señas y gritó; golpeó el costado de uno de ellos. Sin embargo, las embarcaciones se alzaban por encima de él a una altura imposible. Nadie a bordo se dio cuenta. Finalmente, una corriente de resaca se lo llevó lejos.

Deshidratado, perdía y recobraba el conocimiento. Su cuerpo, flotando en el agua, parecía sin vida.

Cuando escuchó en el cielo un zumbido familiar, creyó que lo estaba imaginando. Pero el sonido persistió. De pronto, animado por la esperanza y la posibilidad de ser rescatado, reunió todas sus fuerzas para levantar la cabeza y alzar un brazo.

La misión de rescate

Los tripulantes de un helicóptero de la Guardia Costera de Estados Unidos, que formaba parte de un operativo de rescate interinstitucional que había trabajado durante toda la noche, localizaron a Carbullido a unos cinco kilómetros de un muelle que se encuentra 11 kilómetros al sur del lugar donde había subido inicialmente a su moto acuática.

Cuando lo sacaron del agua, tenía el cuerpo hinchado, pálido y azulado, y el rostro quemado por el sol.

Su temperatura corporal había descendido a alrededor de 29,5 grados Celsius, pero el agua, inusualmente cálida para esa época del año, y el chaleco salvavidas, habían contribuido a mantenerlo con vida, dijo Sandy Needle, quien ayudó a coordinar el operativo de búsqueda y rescate de la Guardia Costera. La agencia analiza una variedad de factores para determinar la probabilidad de supervivencia de una persona, incluyendo la fisiología, la velocidad del viento y la temperatura del aire, dijo Needle.

"Lo que no es cuantificable es la voluntad de vivir de una persona", dijo.

David Bacon, capitán de embarcaciones con licencia de la Guardia Costera y consultor en seguridad náutica, dijo que las motos acuáticas por lo general no están equipadas con luces ni están diseñadas para usarse de noche. Señaló que quienes no tienen experiencia deberían mantenerse cerca de la orilla, ya que el agua abierta está plagada de olas provocadas por el viento, marejadas y actividad de botes a alta velocidad.

Bacon también señaló que quienes conducen motos acuáticas deben obtener una tarjeta estatal para navegantes, para lo cual tienen que aprobar un examen de seguridad. Sin embargo, quienes las alquilan están exentos.

Michael Jiles, el dueño de Shoreline Jet Skis, dijo que le había pasado el número de Dubray a Airbnski, que no parece tener un sitio web, una tienda física ni una licencia comercial local. Ralph Manning, quien había sido el punto de contacto de Dubray con Airbnski, dijo que había enviado gente a buscarla. No llamó al 911, dijo, porque no era su responsabilidad. (Como suele ocurrir, según la Guardia Costera, ninguna de las partes involucradas fue considerada económicamente responsable por la misión de búsqueda y rescate).

Carbullido y Dubray están molestos con los encargados del alquiler, pero también están frustrados consigo mismos. Y no ayuda que algunas personas los hayan criticado con arrogancia por lo que deberían haber sabido sobre una actividad que nunca antes habían practicado.

Los días posteriores a su odisea han sido una mezcla confusa de insomnio y pesadillas, junto con gratitud y respeto por la vida.

Han tratado de calmar sus emociones sobre el trauma con actividades simples: ver películas, ir al parque, visitar a la familia. Carbullido fue a la iglesia. Dubray se concentró en el trabajo.

Ninguno de los dos está seguro de volver alguna vez al océano.

Corina Knoll es corresponsal del Times y se especializa en reportajes de fondo.

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