
El alto al fuego fue, sin duda, una victoria táctica en la cuerda floja. Pero no resuelve ninguno de los problemas fundamentales que llevaron a la guerra.
A las 8:06 a. m. del martes, el presidente Donald Trump lanzó una amenaza apocalíptica a Irán, en la que declaraba que, a menos que se cumpliera su exigencia de abrir el estrecho de Ormuz antes del anochecer, "toda una civilización morirá esta noche, para no volver más".
Diez horas y 26 minutos más tarde, a las 6:32 p. m. hora del este, levantó la amenaza, de momento. Dijo que una intervención del gobierno paquistaní había llevado a un alto al fuego de dos semanas en una guerra que ha sacudido la economía mundial y ha mostrado el dominio tecnológico estadounidense y la inesperada resistencia iraní.
La táctica de Trump de elevar su retórica a niveles astronómicos sin duda le ayudó a encontrar una salida que llevaba semanas buscando. Ese éxito por sí solo puede alimentar su creencia de que las tácticas que aprendió en el mundo inmobiliario neoyorquino --ignorar viejas convenciones, plantear exigencias maximalistas-- funcionan también en geopolítica.
Sin duda, fue una victoria táctica en la cuerda floja, que debería, al menos temporalmente, conseguir que el petróleo, los fertilizantes y el helio fluyeran de nuevo a través del estrecho de Ormuz, y calmar los mercados que temían que una crisis energética mundial condujera a una recesión mundial.
Pero no resuelve ninguno de los problemas fundamentales que llevaron a la guerra.
Deja un gobierno teocrático, respaldado por el despiadado Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, a cargo de una población amedrentada que ha sido asediada con misiles y bombas, y que se encuentra todavía bajo el yugo de un régimen familiar, aunque bajo una nueva dirección. Deja intactas las reservas nucleares de Irán, incluidos los 440 kilogramos de material casi apto para bombas que, en teoría, eran el casus belli de esta guerra.
Dejó tambaleándose a los aliados del Golfo, con el descubrimiento de que los rascacielos de cristal de Dubái y las plantas desalinizadoras que hacen habitables los enclaves ricos de Kuwait pueden ser destruidos por misiles y drones iraníes. Los precios de la gasolina se han disparado y están a punto de poner a prueba la promesa de Trump de que volverán a bajar a los antiguos niveles en cuanto cesen los combates.
Y ha dejado a la base política de Trump fracturada, con antiguos partidarios que ahora acusan al presidente y a sus leales, empezando por el vicepresidente JD Vance, de violar su promesa de no meter a Estados Unidos en guerras imposibles de ganar en Medio Oriente.
Todo ocurrió en un momento en que Irán ha demostrado que puede absorber 13.000 ataques selectivos y aun así llevar a cabo una impresionante guerra asimétrica asfixiando el suministro de petróleo y enviando a su ejército cibernético a atacar la infraestructura estadounidense.
Ahora Trump se enfrenta al reto no solo de alcanzar un acuerdo más permanente, sino de demostrar a Estados Unidos y al mundo que, para empezar, valía la pena luchar en este conflicto. Y para ello, tendrá que demostrar que ha eliminado el dominio de Irán sobre el canal de casi 34 kilómetros que forma el estrecho, y sus posibilidades de llegar a construir un arma nuclear.
A este respecto, la descripción iraní del acuerdo contenía un elemento de mal agüero. El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, escribió que el transporte marítimo continuaría, pero bajo el control de las "Fuerzas Armadas de Irán", que determinarían quién pasa y cuándo.
"Irán sigue controlando el estrecho, lo que no ocurría antes de la guerra", dijo Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, un grupo de investigación de Washington. "Me cuesta creer que Estados Unidos y el mundo puedan aceptar una situación en la que Irán siga controlando indefinidamente un punto de control energético clave. Sería un resultado materialmente peor que el que existía antes de la guerra".
Lo mismo podría ocurrir con un acuerdo final. Hace cuatro semanas Trump exigía la "rendición incondicional" de Irán, y decía que él determinaría cuándo el país había sido completamente derrotado. El martes por la noche su tono era diferente. Aceptó basar las próximas dos semanas de conversaciones en un plan de 10 puntos que Irán presentó a los paquistaníes. Trump lo calificó de "base viable sobre la que negociar".
"¿Han mirado el plan de Irán?", preguntó Fontaine. "Se lee como una lista de deseos de Teherán de antes de la guerra, en la que pide un reconocimiento global del derecho de Irán a enriquecer uranio, la retirada de todas las fuerzas estadounidenses de la región y un levantamiento de las sanciones económicas. Y pide el pago de reparaciones a Irán por los daños causados en la guerra".
Por supuesto, esto es solo el punto de partida de la negociación. Pero la distancia entre la visión iraní de un acuerdo de paz definitivo y la visión estadounidense es tan grande que imaginar un acuerdo en dos años, y mucho menos en dos semanas, requiere cierto jiu-jitsu diplomático. El gobierno de Barack Obama tardó dos años y medio en negociar el acuerdo nuclear de 2015, del que Trump se deshizo en 2018, y eso fue en tiempos de paz. Esta negociación se celebrará bajo la espada de una posible reanudación de las hostilidades.
Los presidentes llevan 20 años negociando con Irán, sancionando a Irán y saboteando a Irán. Ahora Trump se enfrenta al reto de demostrar que haciendo la guerra con Irán se consiguen mejores resultados. No será fácil.
Si no consigue sacar del país los 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60 por ciento, junto con cantidades mucho mayores de combustible nuclear menos enriquecido,Trump habrá logrado menos en una guerra de mil millones de dólares diarios que Obama hace 11 años. En aquel acuerdo, Irán sacó del país el 97 por ciento de sus reservas nucleares.
Si no consigue que Irán limite el tamaño de su maltrecho arsenal de misiles, o la distancia que pueden recorrer, se habrá quedado corto en uno de sus principales objetivos.
Y si sus conversaciones con un gobierno dirigido por el nuevo líder supremo, Mojtaba Jameneí, quien se cree que se está recuperando de las heridas sufridas en el atentado que acabó con la vida de su padre, el ayatolá Alí Jameneí, acaban consolidando la autoridad del nuevo gobierno, corre el riesgo de faltar a la confianza del pueblo iraní.
Hace solo poco más de cinco semanas, Trump instaba al pueblo iraní a levantarse y derrocar a su gobierno. Ahora está haciendo negocios con ese gobierno. El martes repitió su afirmación de que el nuevo líder supremo forma parte de una generación de líderes "diferentes, más inteligentes y menos radicalizados". Las agencias de inteligencia estadounidenses tienen sus dudas.
"Puede que esto funcione", dijo Fontaine, exasesor del difunto senador John McCain. "Pero existe la posibilidad de que esto acabe con Estados Unidos y el mundo en una situación peor que cuando empezó".
Farnaz Fassihi y Anton Troianovski colaboraron con la reportería.
David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.
Farnaz Fassihi y Anton Troianovski colaboraron con la reportería.
Últimas Noticias
Cómo algunas personas están incorporando el movimiento a sus sesiones de terapia
Reportajes Especiales - Lifestyle

Elogios, alivio y el agobio: los líderes mundiales reaccionan al alto al fuego en Irán
Reportajes Especiales - News

El papa León XIV lanzó una dura reprimenda a Trump
Reportajes Especiales - News

Los peajes en el estrecho de Ormuz desafían el derecho internacional
Reportajes Especiales - Business

Por qué las carreras Hyrox ahora son las predilectas del atleta común
Reportajes Especiales - Lifestyle



