
El actor protagoniza esta comedia con un elevado número de cadáveres, pero la ligereza de la película pronto se vuelve forzada.
La sonrisa que luce Glen Powell en gran parte de Jugada maestra pretende ser encantadora, pero en realidad esconde sus esqueletos en el armario. No de manera literal, aunque los cadáveres se amontonan en esta comedia alegremente cínica y autocomplaciente sobre un tipo que se siente con derecho al privilegio de una manera letal. Este supuesto hombre común podría, por supuesto, intentar ganarse la vida a la antigua usanza: conformarse y sentar cabeza, crear su sueño americano comprando cosas que no puede permitirse y hundiéndose en deudas. O podría, en cambio, ayudar a derrocar a las fuerzas opresoras que generan la desigualdad neofeudal.
Existen muchas formas de vivir, al menos fuera de la pantalla, aunque expresar la plenitud y complejidad de la vida requiere de cierta ambición cinematográfica --una reflexión seria sobre el mundo tal y como existe y lo que podría ser--, así como personajes que sientan y piensen, en lugar de meros sistemas de entrega narrativa andantes y parlantes. Desgraciadamente, la gente detrás de Jugada maestra básicamente ha construido una película en torno a un argumento de guion: un tipo intenta, de forma cómica, unirse al 1 por ciento de los más ricos asesinando a su distanciada prole multimillonaria. Si eso te suena es porque la película está "inspirada", como dicen los créditos, en la película británica de 1950 Los ocho sentenciados.
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Mordazmente divertida, Los ocho setenciados se basa en la novela de 1907 de Roy Horniman Memorias de un asesino, Israel Rank de Roy Horniman, que algunos críticos han tachado de antisemita y otros han defendido contra dicha acusación por otros. Para la película de 1950, dirigida por Robert Hamer, al antihéroe que narra con frialdad sus hazañas se le asignó un padre italiano en lugar de judío, y Alec Guinness interpreta a los ocho ricachones idiotas, hombres y mujeres por igual --un ministro, un banquero, una sufragista, etc.--, que abandonan este mundo. (El musical de Broadway A Gentleman's Guide to Love and Murder también se basa en el libro).
Jugada maestra no es especialmente divertida; lo que es más frustrante, es una versión curiosamente insípida de Los ocho sentenciados. Ahora estadounidense, el protagonista, Becket Redfellow, vuelve a ser el hijo único de una viuda (Nell Williams) que, después de ser desheredada abruptamente por su familia, cría a su hijo con un sentido de privilegio de la alta burguesía. Nacido en una mansión de Long Island, terminó en Jersey. Su madre parece agradable, aunque probablemente esté chiflada, y lo mismo ocurre con su hijo. Crece y se convierte en un sonriente tipo afable, la clase de hombre que, en la vida real, los vecinos insistirían en que es simpático, incluso cuando lo llevan a la cárcel por asesinato; el tipo aquí es tan simpático que lo único interesante de él es su índice de homicidios.
Escrita y dirigida por John Patton Ford, Jugada maestra conserva lo suficiente de la historia original como para mantenerte atento y asombrado, incluso si conoces las adaptaciones anteriores. (Ford también escribió y dirigió Emily la criminal, una película más aguda y dura sobre el dinero en la época del capitalismo tardío). Ford le imprime a su nueva película un ritmo trepidante y ha rodeado a Powell de atractivos actores secundarios. Ed Harris aparece como el patriarca de la adinerada familia, cuyos miembros son interpretados por gente como Bill Camp y Zach Woods. El personaje más peculiar de este árbol familiar es interpretado por Topher Grace, un volátil estafador fanático de la Biblia que tiene una espada samurái y un bronceado de pollo asado.
Ford ha modificado el encuadre narrativo de la película de 1950, y Becket se encuentra ahora en una celda de prisión en vísperas de su ejecución, contando su historia a un sacerdote. Mientras Becket rememora su pasado con una voz en off notablemente imperturbable, la historia avanza lentamente entre flashbacks, presentaciones de personajes y giros argumentales que conducen a asesinatos. El amor de la infancia de Becket crece y se convierte en otra de sus obsesiones adultas, Julia (Margaret Qualley). Símbolo glamuroso de la vida de lujo que él codicia, tiene una sonrisa devoradora y unas piernas que la cámara de Ford recorre con deleite. Alternando entre la tentación y la amenaza, Julia es principalmente un enigma provocador, el objeto de deseo posiblemente perverso que representa la antítesis de otro deseo tranquilizadoramente bueno, Ruth (Jessica Henwick).
La historia y los actores hacen que Jugada maestra sea fácil de seguir, aunque nunca tenga coherencia tonal, lógica o, en realidad, de ningún tipo. A medida que los cadáveres se acumulan en el pasado de Becket y el tiempo se agota en su presente, la ligereza de la película se vuelve forzada y la simpatía natural de Powell se convierte en un lastre. El actor te mete fácilmente en la historia, pero como Ford no ha ideado una alternativa plenamente estadounidense que sustituya de forma convincente a la visión de guillotina afilada de la película de 1950, ni el personaje ni la película se afianzan. Es una oportunidad perdida, sobre todo porque el brillo cada vez más intenso de los ojos de Julia sugiere el horror ordinario de la codicia, tan absorbente que solo puedes reír.
Jugada maestraClasificada R por asesinatos en serie. Duración: 1 hora y 45 minutos. En cines.
Manohla Dargis es la crítica principal de cine del Times.
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