
CUANDO MI MARIDO SE DESPLOMÓ EN NUESTRO DORMITORIO, SE HIZO REALIDAD LA PESADILLA QUE HABÍA TEMIDO DURANTE TANTO TIEMPO.
A principios de agosto, en un día muy caluroso y húmedo, me encontraba en la Apple Store frente al Hotel Plaza comprando unos AirPods para mi marido. La tienda estaba llena; siempre está llena porque es una atracción turística y tiene abundante aire acondicionado. Yo llevaba pantalones cortos y una vieja camiseta de Batman que solía ser suya. Creía que estaba bien.
Pero no lo estaba.
Flotaba en algún lugar por encima de mi cuerpo, observando a una mujer que era exactamente igual que yo pasar su tarjeta de crédito para comprar unos audífonos inalámbricos con cancelación de ruido y pensando, casi clínicamente: "Seguro que esa mujer está pasando por lo mismo".
La vendedora me preguntó si quería los AirPods grabados. Casi me eché a reír. ¿Qué habría elegido yo? ¿Propiedad de la Unidad Psiquiátrica de la Universidad de Nueva York? ¿Por favor, devuélvalos a la habitación 401A?
Mi marido, Jonathan, había ingresado en la unidad psiquiátrica dos días antes, aterrorizado por lo que podría hacer si se quedaba en casa. En ese pabellón, todo lo que puedas utilizar para hacerte daño a ti mismo o a otra persona está prohibido: cordones de zapatos, cordones de sudaderas, cables de audífonos. Para Jonathan, los audífonos inalámbricos no eran un lujo; eran la única forma de intimidad disponible. Una pequeña isla de tranquilidad dentro de la tormenta de su mente.
Llevamos juntos como pareja desde 2001, pero la primera vez que lo vi fue el verano anterior, cuando entré en una tienda de deportes al aire libre durante un breve y delirante periodo tras mi divorcio en el que había creído que era una persona que iba de acampada. (No lo soy. Soy una persona que disfruta de las vistas del océano Pacífico desde una habitación de hotel bien equipada).
Jonathan era el experto en calzar botas. Cuando caminó hacia mí, podría jurar que oí a The Pixies cantando "Here Comes Your Man". Parecía un joven Gary Sinise: ojos color avellana que cambiaban de color, según su estado de ánimo, y el cuerpo delgado de un ciclista. Pero su belleza no fue lo que me detuvo. Era la calma que irradiaba, como la quietud de un viejo árbol en el que te apoyas en verano: sombreado, firme, seguro.
Compré material de acampada por valor de más de mil dólares (usado una vez) y le di mi tarjeta de visita.
Se sonrojó y balbuceó que tenía novia.
"Las cosas cambian", dije encogiéndome de hombros, y me marché.
Las cosas cambiaron.
Al día siguiente de los atentados del 11 de septiembre, me dejó un mensaje en el buzón de voz: "Llevo tu tarjeta en la cartera. Pienso en ti todos los días. Por favor, llámame y dime que estás bien".
Nuestra primera cita duró seis horas. Empezó en una cafetería y luego, cuando nos pidieron que nos fuéramos, continuó en un bar.
En nuestra segunda cita fuimos a ver "The Royal Tenenbaums", que me dejó tan vulnerable y sensible que él confundió mi silencio con que no quería seguir saliendo con él.
En la tercera, me llevó a visitar la Tumba de Grant en el Upper West Side de Manhattan, donde me deleitó con la fascinante historia de la Guerra Civil, y luego a su bar favorito, que casualmente estaba en el edificio contiguo a su departamento, donde nos besamos por primera vez.
En nuestra cuarta cita fuimos a comer comida china, y me habló de la pesada tristeza que a veces lo envolvía, de cómo a veces no quería morir exactamente pero ya no quería realmente estar vivo. Me habló de su terapia y de su medicación. Me ofreció una salida.
Siempre hemos bromeado diciendo que, técnicamente, seguimos en esa cuarta cita, porque después de cenar subimos los cinco pisos hasta su departamento, y no volví a casa hasta pasados dos días. Desde entonces, rara vez nos hemos separado. Nos casamos en 2004, tuvimos a nuestra hija en 2005 y construimos una vida basada en la aceptación, la adoración y una confianza lo suficientemente amplia y profunda como para sostenernos a los dos. Siguió en terapia. Tomó sus medicamentos. Tuvo días malos y temporadas duras, pero nunca nada que lo alejara tanto de mí como para que yo dudara de su regreso.
Dos años antes de aquel día en la tienda de Apple, Jonathan sufrió una embolia pulmonar potencialmente mortal. Se recuperó físicamente por completo, pero una parte de él se desprendió después. En lugar de una cinematográfica "nueva oportunidad en la vida", se hundió --lentamente, luego de golpe-- en una espiral depresiva que ningún café, cruasán de chocolate o charla de ánimo podía levantar. Pasó por varios tratamientos: terapia, psiquiatras, desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares, ketamina, un programa ambulatorio intensivo que agotó nuestros ahorros. Nada tocó el núcleo de su desesperación.
Y entonces, el verano pasado, se derrumbó en nuestro dormitorio, llorando, atragantándose con las lágrimas, incapaz de mirarme a los ojos. Dijo que teníamos que ir al hospital de inmediato o temía matarnos a mí y a nuestra hija, y luego a sí mismo.
Era la pesadilla que había temido y en la que había evitado pensar desde el día en que nos casamos: el día en que el amor chocaría con la enfermedad de forma tan violenta que no lo perdería por la muerte, sino en una sala cerrada. Le preparé una maleta porque sabía que no volvería a casa. Tomamos un Lyft a la Universidad de Nueva York. De algún modo, parecía inevitable que nuestra larga cuarta cita fuera a acabar en las puertas dobles de una unidad psiquiátrica.
Cuando sus médicos recomendaron la terapia electroconvulsiva, me estremecí. Todo lo que sabía sobre la terapia electroconvulsiva procedía del musical "Next to Normal", donde una madre de los suburbios que padece trastorno bipolar se somete al procedimiento, que parece terrorífico y violento, y pierde 19 años de memoria, incluido cualquier recuerdo de su propio hijo. Pero la versión moderna no es nada de eso. Es deliberada, tranquila y llena de cuidados. Los días de tratamiento, lo acompañaban de la unidad a otra planta, le daban medicación para relajarse y luego la anestesia. El procedimiento en sí duraba minutos.
Cuando pasó al tratamiento ambulatorio, lo acompañé al hospital y me quedé con él para todo, excepto para la terapia electroconvulsiva propiamente dicha. Le pregunté si podía mirar, pero no quiso. Le preocupaba que me disgustara; él mismo nunca lo había visto, y no quería que viviera la experiencia de su tratamiento sin él.
Su memoria permanecía intacta, salvo pequeños lapsus: una cita olvidada, un día mal recordado. Por la noche, después de los días de tratamiento, lo ponía a prueba.
"¿Quién soy?", le preguntaba.
"Eres Stefanie", decía, firme y seguro. "Eres mi mujer. Eres mi vida".
Poco a poco, empezó a recuperarse. Observar cómo se recuperaba Jonathan era como ver cómo una bombilla Edison se calentaba y empezaba a brillar después de haber estado a oscuras demasiado tiempo. Antes había estado encorvado, pálido, ojeroso, mortecino, con los ojos opacos y la voz aguda y quejumbrosa. Después, su postura se elevó, sus ojos recuperaron sus cambiantes verdes y dorados, su piel se sonrojó de color y su voz se hizo más profunda.
Una noche, mientras veíamos "The Great British Bake Off", hizo un comentario gracioso --algo que había sido totalmente típico en él--, y empezó a gritar a los concursantes que no utilizaran matcha porque Paul Hollywood, el famoso pastelero, lo odia.
Me volví hacia él, sobresaltada por el regreso de su antiguo sentido del humor.
"¡Eh!", le dije. "Volviste".
Jonathan me sonrió, sorprendido. "Sí, soy yo. He vuelto!".
Lamentamos haber esperado tanto para considerar la TEC. La medida de último recurso resultó ser su salvación. Hoy en día ve a un terapeuta semanalmente, a un psiquiatra mensualmente, y ambos tenemos el número de la cátedra de psiquiatría de la Universidad de Nueva York Langone guardado en nuestros teléfonos como un viejo amuleto de la buena suerte. Hemos abandonado por completo la vergüenza. Ahora no hay nada que no nos contemos. No hay secretos garabateados en diarios ocultos. Ningún miedo guardado a solas.
Su casi pérdida en el psiquiátrico, junto con nuestra llegada a la madurez, nos han convertido en personas que abrazan la alegría dondequiera, dure lo que dure. La recogemos como luciérnagas, comprendiendo que tendremos que liberarla si queremos que sobreviva.
El día que volvió a casa del hospital, Jonathan me entregó los AirPods, los que había comprado durante aquella tarde surrealista en la tienda de Apple. "Son tuyos", me dijo. "A mí me gustan los que tienen cable".
Nunca los grabé, ni con su nombre ni con su número de habitación en el psiquiátrico, así que ahora son míos. Los uso cuando saco a pasear al perro, cuando viajo al trabajo, cuando necesito mi pequeña isla de tranquilidad. Y cada noche, cuando llego a casa, me los quita sin decir palabra y los enchufa, asegurándose de que se estén cargando mientras dormimos.
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