Alex Honnold, un escalador de roca que protagonizó el documental ganador del Oscar Free Solo, ascendió el domingo con éxito, y sin cuerda, el rascacielos Taipei 101 en Taiwán, de 508 metros de altura.
Escalar un edificio tan alto no es como trepar una montaña. La actividad exige unas condiciones físicas y mentales únicas, según los miembros de un club de apenas una decena de escaladores de rascacielos conocidos en todo el mundo.
También es un deporte en gran medida clandestino porque suele ser ilegal. Alain Robert, un francés que ha escalado unos 200 edificios desde la década de 1990, la mayoría solo con sus manos, dijo que lo han detenido más de 170 veces.
“Te sientes como si estuvieras literalmente en una película”, dijo Robert, con “policías que intentan atrapar al malo que va trepando el edificio”.
Los riesgos evidentes hacen que sea raro que alguien obtenga permiso para escalar un edificio alto, como hizo Honnold. Su escalada del domingo fue retransmitida en directo por Netflix.
“Nunca he estado dispuesto a que me detuvieran”, dijo el escalador de 40 años en un pódcast grabado antes del ascenso.
A diferencia del sereno paisaje natural que rodea a los escaladores en rutas como la de El Capitán, en el Parque Nacional de Yosemite, que Honnold escaló en 2017, los escaladores de rascacielos deben sortear el ruido urbano, las multitudes y, en ocasiones, a agentes de policía decididos a detenerlos.
“Te sientes como King Kong en la ciudad”, dijo Titouan Leduc, escalador francés de 24 años que el año pasado escaló la Torre Varso de Varsovia, el rascacielos más alto de la Unión Europea. Después fue detenido brevemente.
Quienes han escalado rascacielos afirman que su cuerpo se enfrenta a exigencias distintas a las de la escalada en roca.
Según Dan Goodwin, quien en 1986 escaló la Torre CN de Toronto -entonces la estructura más alta del mundo-, la escalada de rascacielos se reduce principalmente a la repetición frente a la variedad.
En una pared rocosa, cada movimiento supone un nuevo rompecabezas: las manos de los escaladores buscan diferentes agarres -rebordes, salientes, presas- y adaptan constantemente sus cuerpos. Pero en el costado de un edificio, los escaladores repiten los mismos movimientos cientos de veces para pasar por encima de decenas de pisos de ventanas, barras de acero y huecos de hormigón.
“Puedes hacer una dominada y pensar que no está tan mal, pero prueba a hacer 20, 50, 100”, dijo Goodwin. “Hacer el mismo tipo de movimiento una y otra vez puede poner a prueba tus músculos y tus dedos”.
Goodwin, de 70 años, dijo que cuando terminó de subir a la Torre CN, tenía la mano derecha llena de ampollas y sentía el hombro izquierdo como si le estuviera ardiendo.
“Estaba aterrorizado”, dijo, recordando el día en que llegó a la base de la plataforma de observación de la torre, a más de 335 metros por encima de una multitud de curiosos, y desprovisto de cuerda, arnés y otro equipo de seguridad. “Cada movimiento tenía que ser perfecto”.
Robert, de 63 años, desarrolló su propio sistema para clasificar los edificios en función de la dificultad que entraña escalarlos. Los agarres de un edificio importaban más que su altura, dijo.
Dio al Puente de Brooklyn una calificación de dificultad de 2 sobre 10 después de escalarlo en 1994. Dio la misma puntuación a la Torre Eiffel, que escaló con las manos desnudas en 1996. “En realidad es como una escalera”, dijo del monumento de París.
También fue la última persona en escalar el Taipei 101, en 2004, entonces el edificio más alto del mundo. Completó el ascenso pocos días después de ser operado del codo izquierdo, bajo una intensa lluvia y con una cuerda superior, que dijo que le habían exigido las autoridades.
Robert dio a Taipei 101 una calificación de seis.
En cambio, los pequeños huecos de la superficie de la Ópera de Sídney, que escaló en 1997 y calificó con un siete, le permitían agarrarse solo con la punta de los dedos.
En 1999, Robert escaló lo que dijo que era uno de los edificios más difíciles que había trepado, calificándolo con un nueve: la Torre Sears, ahora llamada Torre Willis, en Chicago. Al Burj Khalifa de los Emiratos Árabes Unidos, el edificio más alto del mundo, le dio la misma calificación tras escalarlo en 2011.
¿El reto más difícil al que se ha enfrentado? Un edificio de oficinas relativamente humilde de 44 plantas al oeste de París, en 1998. Dijo que la única forma de subir a la Tour Framatome, ahora llamada Tour Areva, es metiendo los dedos en una ranura vertical entre paneles de cristal. A mitad de esa escalada, dijo, la ranura se hizo inesperadamente tan estrecha que sus dedos apenas cabían.
“Es como si toda tu vida colgara de la punta de tu dedo”, dijo. Calificó esa dificultad con un 10.
Algunos escaladores dijeron que les preocupaba que la escalada de Honnold, retransmitida en directo por Netflix, fomentara los intentos temerarios y sin entrenamiento.
“Mi mensaje a los chicos: no lo hagan”, dijo Goodwin. “A menos que seas un escalador de talla mundial como Alex Honnold y Alain Robert, a menos que tengas esa habilidad, es una misión suicida”.
A otros, el peligro es lo que les impulsa.
“La única forma en que me sentía vivo era cuando arriesgaba mi vida”, dijo Robert, añadiendo que podría intentar escalar otro edificio en las próximas semanas.
© The New York Times 2026.
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