El espacio seguro de Silicon Valley

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**EMBARGO: No electronic distribution, Web
**EMBARGO: No electronic distribution, Web posting or street sales before DAY 12:01 a.m. ET FEB. 14, 2021. No exceptions for any reasons. ** — FILE — OpenAI chief executive Sam Altman at the Microsoft campus in Redmond, Wash., July 15, 2019. The blog Slate Star Codex, written by a Bay Area psychiatrist, became the epicenter of a community called the Rationalists and a window into the psyche of many tech leaders. Then it disappeared. (Ian C. Bates/The New York Times)

La página web tenía un diseño casero y casi descuidado con un anuncio azul claro y un nombre extraño: Slate Star Codex.

En principio era un blog, escrito por un psiquiatra del Área de la Bahía que se hacía llamar Scott Alexander (casi un anagrama de Slate Star Codex). También era el epicentro de una comunidad llamada los Racionalistas, un grupo que pretendía reexaminar el mundo a través del pensamiento frío y minucioso.

Con un estilo erudito, divertido, extraño y asombrosamente verborreico, el blog exploraba todo, desde la ciencia y la medicina hasta la filosofía y la política, pasando por el auge de la inteligencia artificial. Desafiaba las ideas populares y defendía el derecho a debatir cuestiones controvertidas. Esto podía implicar una nueva visión de la genética de la depresión o una crítica al movimiento #MeToo. Como resultado, la conversación que prosperaba al final de cada entrada del blog —y que se extendía a los foros hermanos en el sitio de discusión Reddit, que abarcaba a cientos de miles de personas— atraía una gama inusualmente amplia de voces.

"Es el único lugar que conozco en internet donde se pueden mantener conversaciones civiles entre personas con una amplia gama de puntos de vista", dijo David Friedman, economista y jurista que participaba de manera regular en el debate. Los comentaristas del sitio, señaló, representaban una amplia muestra de opiniones. "Van desde el comunista hasta el anarcocapitalista, desde el católico hasta el ateo, y desde un científico espacial hasta un fontanero, ambos interesantes".

Entre las voces también había supremacistas blancos y neofascistas. Los únicos que lucharon por ser escuchados, dijo Friedman, fueron los "guerreros de la justicia social". Se les consideraba una amenaza para una de las creencias centrales que impulsaban el debate: la libertad de expresión.

Cuando el discurso nacional se fundió en 2020, mientras la contienda presidencial cobraba fuerza, la pandemia se extendía y las protestas contra la violencia policial aumentaban, muchos en la industria tecnológica vieron las actitudes fomentadas en Slate Star Codex como un mejor camino a seguir. Desconfiaban profundamente de los medios de comunicación convencionales y, en general, preferían que el debate tuviera lugar en sus propios términos, sin el escrutinio del mundo exterior. Las ideas que se planteaban entre ellos eran a menudo controvertidas —relacionadas con el género, la raza y la capacidad inherente, por ejemplo— y se mantenían a raya las voces que podían oponerse.

Slate Star Codex era una ventana a la psique de Silicon Valley. Y hay buenas razones para intentar comprender esa psique, porque las decisiones tomadas por las empresas tecnológicas y sus dirigentes acaban afectándonos a todos.

Silicon Valley, una comunidad de iconoclastas, se esfuerza por decidir qué está prohibido para todos nosotros.

En Twitter y Facebook, los líderes se resisten a eliminar palabras de sus plataformas, aunque esas palabras sean falsas o puedan conducir a la violencia. En algunos laboratorios de inteligencia artificial, lanzan productos —incluyendo sistemas de reconocimiento facial, asistentes digitales y chatbots— aun sabiendo que pueden ser parciales contra las mujeres y la gente de color, y a veces vomitan discursos de odio.

¿Por qué guardarse algo? Esa era a menudo la respuesta a la que llegaba un racionalista.

Y quizás el lugar más claro e influyente para ver cómo se desarrollaba ese pensamiento era el blog de Alexander.

"No es de extrañar que esto haya causado sensación en la industria tecnológica. A la industria tecnológica le encantan los ‘disruptores’ y el pensamiento disruptivo", dijo Elizabeth Sandifer, una académica que sigue de cerca y documenta a los Racionalistas. "Pero esto puede acarrear verdaderos problemas. La naturaleza contraria de estas ideas las hace atractivas para personas que quizá no piensan lo suficiente en las consecuencias".

El atractivo de las ideas dentro de Silicon Valley es lo que hizo que Alexander, que también ha escrito bajo su nombre de pila, Scott Siskind, y su blog fueran una lectura esencial.

Sin embargo, a finales de junio del año pasado, cuando me acerqué a Siskind para hablar del blog, este desapareció.

Lo que creen los racionalistas

Las raíces de Slate Star Codex se remontan a más de una década atrás, a un polemista e investigador de inteligencia artificial autodenominado Eliezer Yudkowsky, que creía que las máquinas inteligentes podrían acabar destruyendo a la humanidad. Fue una fuerza impulsora del ascenso de los racionalistas.

Los racionalistas se veían a sí mismos como personas que aplicaban el pensamiento científico a casi cualquier tema. Esto implicaba a menudo el "razonamiento bayesiano", una manera de utilizar la estadística y la probabilidad para fundamentar las creencias.

Como los racionalistas creían que la inteligencia artificial podría acabar destruyendo el mundo —un temor no del todo novedoso para cualquiera que haya visto películas de ciencia ficción—, querían protegerse de ella. Muchos trabajaron y donaron dinero a MIRI, una organización creada por Yudkowsky cuya misión declarada era la "seguridad de la inteligencia artificial".

Sin embargo, otras cosas eran las que hacían que los racionalistas se sintieran como seres atípicos. Eran "fácilmente persuadidos por cosas raras y contradictorias", comentó Robin Hanson, un profesor de Economía de la Universidad George Mason que ayudó a crear los blogs que engendraron el movimiento racionalista. "Como decidieron que eran más racionales que otras personas, confiaron en su propio juicio interno".

Muchos racionalistas adoptaron el "altruismo efectivo", un esfuerzo por rehacer la caridad calculando cuántas personas se beneficiarían de determinada donación. Algunos se adhirieron a los escritos en línea de "neorreaccionarios" como Curtis Yarvin, que tenía creencias racistas y denunciaba la democracia estadounidense. En su mayoría eran hombres blancos, pero no en su totalidad.

Los racionalistas se reunían con regularidad en todo el mundo, desde Silicon Valley hasta Ámsterdam y Australia. Algunos vivían en casas colectivas. Algunos practicaban el poliamor.

"Básicamente son jipis que hablan mucho más del teorema de Bayes que los jipis originales", dice Scott Aaronson, profesor de la Universidad de Texas que se ha alojado en una de las casas colectivas.

Para Kelsey Piper, que acogió estas ideas en la preparatoria, hacia 2010, el movimiento consistía en aprender "cómo hacer el bien en un mundo que cambia muy rápidamente".

Sí, la comunidad pensó en la inteligencia artificial, dijo Piper, pero también pensó en reducir el precio de la atención sanitaria y frenar la propagación de enfermedades.

'La gente que inventa el futuro'

El pasado mes de junio, mientras informaba sobre los Racionalistas y Slate Star Codex, llamé a Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, un laboratorio de inteligencia artificial respaldado por 1000 millones de dólares de Microsoft. Fue efusivo en sus elogios al blog.

Dijo que era una lectura esencial para "la gente que inventa el futuro" en la industria tecnológica.

Altman, que había alcanzado la fama como presidente de la aceleradora de empresas Y Combinator, pasó a otros temas antes de colgar. Pero volvió a llamar. Quería hablar de un ensayo que había aparecido en el blog en 2014.

El ensayo era una crítica a lo que Siskind, escribiendo como Scott Alexander, describía como "la tribu azul". En su relato, se trataba de las personas del extremo liberal del espectro político cuyas características incluían "apoyar los derechos de los homosexuales" y "molestarse notoriamente por los sexistas y los fanáticos".

No obstante, tal y como lo veía el hombre detrás de Slate Star Codex, había un grupo que la Tribu Azul no podía tolerar: cualquiera que no estuviera de acuerdo con la Tribu Azul. "Ahora no suena tan noble, ¿verdad?", escribió.

Altman pensó que el ensayo daba en el clavo de un gran problema: frente a la "mafia de Internet" que vigilaba el sexismo y el racismo, los empresarios tenían menos espacio para explorar nuevas ideas. Muchas de sus ideas, como el aumento de la inteligencia y la ingeniería genética, chocaban con la Tribu Azul.

Siskind no era miembro de la Tribu Azul. No era una voz de la conservadora Tribu Roja ("que se opone al matrimonio homosexual", "que se enfada de modo visible con los terroristas y los comunistas"). Se identificaba con algo llamado la Tribu Gris, como muchos en Silicon Valley.

La Tribu Gris se caracterizaba por sus creencias libertarias, su ateísmo, su "vaga molestia por el hecho de que se plantee la cuestión de los derechos de los homosexuales" y por "leer muchos blogs", escribió. Lo más significativo es que creía en la libertad de expresión absoluta.

El ensayo sobre estas tribus, me dijo Altman, fue un punto de inflexión para Silicon Valley. "Fue un momento del que la gente habló mucho, mucho, mucho", dijo.

No mencionó nombres. Pero Slate Star Codex contaba con el apoyo de Paul Graham, fundador de Y Combinator. Lo leyó Patrick Collison, director ejecutivo de Stripe, una empresa emergente que surgió de la aceleradora. Capitalistas de riesgo como Marc Andreessen y Ben Horowitz seguían el blog en Twitter.

Y, en cierto modo, dos de los principales laboratorios de inteligencia artificial del mundo —organizaciones que están abordando algunos de los proyectos más ambiciosos de la industria tecnológica— surgieron del movimiento racionalista.

En 2005, Peter Thiel, cofundador de PayPal y uno de los primeros inversores en Facebook, se hizo amigo de Yudkowsky y dio dinero a MIRI. En 2010, en la casa de Thiel en San Francisco, Yudkowsky le presentó a un par de jóvenes investigadores llamados Shane Legg y Demis Hassabis. Ese otoño, con una inversión de la empresa de Thiel, los dos crearon un laboratorio de inteligencia artificial llamado DeepMind.

Al igual que los Racionalistas, creían que la inteligencia artificial podría acabar volviéndose contra la humanidad y, como sostenían esta creencia, creían formar parte de los únicos que estaban preparados para construirla de manera segura.

En 2014, Google compró DeepMind por 650 millones de dólares. Al año siguiente, Elon Musk —a quien también le preocupaba que la inteligencia artificial pudiera destruir el mundo y conoció a su pareja, Grimes, porque ambos estaban interesados un experimento de pensamiento racionalista— fundó OpenAI como competidor de DeepMind. Ambos laboratorios contrataron a personas de la comunidad racionalista.

La vida en la Tribu Gris

Parte del atractivo de Slate Star Codex, según los lectores, era la voluntad de Siskind de salirse de los temas aceptables. Sin embargo, escribía de una manera rebuscada y a menudo con rodeos que dejaban a muchos preguntándose en qué creía realmente.

A Aaronson, el profesor de Texas, le desanimaron las creencias más rígidas y contradictorias de los racionalistas, pero es uno de los mayores defensores del blog y admira profundamente que no evitara los temas polémicos.

"Debía tener unas agallas increíbles para que Scott expresara tan abiertamente sus pensamientos, recelos y preguntas sobre algunos de los principales pilares ideológicos del mundo moderno, aunque fuera protegido por un cuasi seudónimo", dijo.

Fue la protección de ese "cuasi seudónimo" lo que irritó a Siskind cuando me puse en contacto con él por primera vez. No quiso hacer comentarios para este artículo.

Mientras exploraba la ciencia, la filosofía y la inteligencia artificial, también argumentaba que los medios de comunicación ignoraban que los hombres solían ser acosados por las mujeres. Describió a algunas feministas como algo parecido a Voldemort, la encarnación del mal en los libros de Harry Potter. Dijo que la discriminación positiva era difícil de distinguir de la "discriminación de los hombres blancos".

En una publicación, se alineó con Charles Murray, que propuso un vínculo entre la raza y el coeficiente intelectual en "The Bell Curve". En otro, señalaba que Murray cree que los negros "son genéticamente menos inteligentes que los blancos".

Denunció a los neorreaccionarios, el movimiento antidemocrático y a menudo racista popularizado por Curtis Yarvin. Pero también les dio una plataforma. Su "lista de blogs" —los blogs que respaldaba— incluía el trabajo de Nick Land, un filósofo británico cuyos escritos sobre raza, genética e inteligencia han sido acogidos por los nacionalistas blancos.

En 2017, Siskind publicó un ensayo titulado "Los desequilibrios de género no se deben en su mayoría a actitudes ofensivas". La razón principal por la que los informáticos, matemáticos y otros grupos eran predominantemente masculinos no era que las industrias fueran sexistas, argumentaba, sino que las mujeres simplemente estaban menos interesadas en unirse a ellos.

Esa semana, un empleado de Google llamado James Damore escribió un memorándum en el que argumentaba que el bajo número de mujeres en puestos técnicos de la empresa era resultado de diferencias biológicas, y no de otra cosa, un memorándum por el que fue despedido posteriormente. Un lector de Slate Star Codex en Reddit señaló las similitudes con lo escrito en el blog.

Siskind, bajo el nombre Scott Alexander, instó a este lector a bajar el tono. "Respeto enormemente lo que estás intentando, pero está bastante viciado", escribió. "Si realmente entras cabalgando en un caballo blanco agitando un papel que dice 'MANIFIESTO ANTIDIVERSIDAD', solo estás proporcionando una justificación para la próxima ronda de purgas".

¿Quién necesita un espacio seguro?

En 2013, Thiel invirtió en una empresa tecnológica fundada por Yarvin. También lo hizo la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz, liderada en la inversión por Balaji Srinivasan, que entonces era socio general.

Ese año, cuando el sitio de noticias tecnológicas TechCrunch publicó un artículo que exploraba los vínculos entre los neorreaccionarios, los racionalistas y Silicon Valley, Yarvin y Srinivasan intercambiaron correos electrónicos. Srinivasan dijo que no podían dejar que ese tipo de historia cobrara fuerza. Fue un anticipo de una actitud que vería desplegada cuando me acerqué a Siskind en el verano de 2020 (no fue posible contactar a Srinivasan para que hiciera comentarios).

"Si las cosas se calientan, puede ser interesante incitar a la audiencia de la Ilustración oscura con el fin de que ataquen un solo reportero hostil y vulnerable para exponer su información confidencial y confundirlos con informes hostiles enviados a *sus* anunciantes/amigos/contactos", comentó Srinivasan en un correo electrónico revisado por The New York Times; en él utilizó el término, "Ilustración oscura", que era sinónimo del movimiento neoreaccionario.

Pero otros, como Thiel, instaron a sus colegas a guardar silencio y dijeron en correos electrónicos que confiaban en que la prensa se mantendría alejada. Tenían razón.

A finales de junio del año pasado, no mucho después de hablar con Altman, el director ejecutivo de OpenAI, me acerqué al escritor conocido como Scott Alexander, con la esperanza de conocer su opinión sobre la vía racionalista y su efecto en Silicon Valley. Fue entonces cuando el blog desapareció.

El problema, me quedó claro, fue que le dije que no podía garantizarle el anonimato con el que había estado escribiendo. De hecho, su nombre real, Scott Siskind, era fácil de encontrar porque la gente lo había compartido en internet durante años y él lo había utilizado en un artículo que había escrito para una revista científica. Hice una búsqueda en Google de Scott Alexander y uno de los primeros resultados que vi en la lista de autocompletar del motor de búsqueda fue Scott Alexander Siskind.

Siskind señaló mediante una publicación nocturna en Slate Star Codex que iba a retirar su blog de internet porque The Times amenazaba con revelar su nombre completo. Dijo que esto lo pondría en peligro a él y a sus pacientes porque había atraído a muchos enemigos en la red.

A la mañana siguiente me desperté con un torrente de insultos en internet, al igual que mi editor, al que se nombró en la nota de despedida. Mi dirección y mi número de teléfono fueron compartidos por los lectores del blog en Twitter. Proteger la identidad del hombre que estaba detrás de Slate Star Codex se había convertido en una causa entre los racionalistas.

Más de 7500 personas firmaron una petición instando a The Times a no publicar su nombre, incluyendo muchas figuras prominentes de la industria tecnológica. Poner su nombre completo en el Times, decían los peticionarios, "dañaría significativamente el discurso público, al desanimar a los ciudadanos a compartir sus pensamientos en forma de blog". En internet, muchos en Silicon Valley creen que todo el mundo tiene derecho no solo a decir lo que quiera, sino a decirlo de modo anónimo.

En medio de todo esto, hablé con Manoel Horta Ribeiro, un investigador de Ciencias de la Computación que analiza las redes sociales en el Instituto Federal Suizo de Tecnología de Lausana. Le preocupaba que Slate Star Codex, al igual que otras comunidades, permitiera que las opiniones extremistas se colaran en el mundo de la tecnología. "Una comunidad como esta da voz a grupos marginales", dijo. "Da una plataforma a la gente que tiene opiniones más extremas".

Pero para Kelsey Piper y muchos otros, la cuestión principal se reduce al nombre, y a vincular al hombre conocido profesional y legalmente como Scott Siskind con sus influyentes, y controvertidos, escritos como Scott Alexander. Piper, que también es periodista en el sitio de noticias Vox, dijo que no estaba de acuerdo con todo lo que había escrito, pero que también consideraba que su blog había sido descrito de manera injusta como una plataforma de acceso a opiniones radicales. Le preocupaba que sus puntos de vista no pudieran reducirse a un solo artículo periodístico.

Le aseguré que mi objetivo era informar sobre el blog, y los racionalistas, con rigor e imparcialidad. Pero ella consideraba que hablar tanto de los críticos como de los partidarios podía ser injusto. Lo que tenía que hacer, dijo, era demostrar estadísticamente qué parte tenía razón.

Cuando le pregunté a Altman, de OpenAI, si la conversación en sitios como Slate Star Codex podía empujar a la gente hacia creencias tóxicas, dijo que sentía "cierta empatía" por estas preocupaciones. Pero, añadió, "la gente necesita un foro para debatir ideas".

En agosto, Siskind restableció en internet sus antiguas publicaciones en el blog. Y hace dos semanas, relanzó su blog en Substack, una empresa vinculada tanto a Andreessen Horowitz como a Y Combinator. Le dio al blog un nuevo título: Astral Codex Ten. Insinuó que Substack le pagaba 250.000 dólares por estar un año en la plataforma. E indicó que la empresa le daría toda la protección que necesitara.

En su primera publicación, Siskind compartió su nombre completo.