
¿Y China? Que lo urgente como Irán no haga perder de vista el conflicto más importante, aquel que va a definir el siglo XXI, la lucha por la supremacía geopolítica, China versus EE. UU.
El hecho que lo que está pasando no llene titulares o sea breaking news no significa que no pasen cosas, y es hasta buena noticia que no surjan declaraciones duras, ya que es una indicación que se está negociando con seriedad y con la intención de llegar a un acuerdo en el tema de los aranceles, lo cual es importante, toda vez que si la negociación que silenciosamente está en curso tiene éxito, el poder económico de ambos es tal, que de ahí saldrán las nuevas reglas que reemplacen a aquellas existentes desde el fin de la segunda guerra mundial, a las que el propio EE. UU. decidió poner fin. El resto de los países, aunque no lo quieran, no tendrán alternativa y deberán sumarse, les guste o no.
De hecho, este fin de semana fue una de las fechas analizadas para la visita de Trump a Xi Jinping, pero el cierre del Estrecho de Ormuz lo hizo imposible y desde fines de marzo se supo que los días 13 y 14 de mayo quedaron como fecha definitiva para que ambos mandatarios no solo hablen de aranceles, sino que desde la última vez que se encontraron, Taiwan e Irán se han agregado al temario, y en el último caso, su importancia para China es tal, que este país es quien está detrás de la iniciativa de Pakistán para una negociación indirecta, ya aceptada por Washington y Teherán.
En todo caso, China se ha preparado desde hace tiempo para un escenario de reducción de su acceso al petróleo, y ha estado ahorrando su consumo como también imitando lo que EE. UU. hiciera en los 70s después del boicot árabe, estanques de reserva estratégica. Además, Beijing ha estado negociando con los iraníes el paso de sus barcos en Ormuz, y ante la posibilidad de que el control del petróleo iraní termine en manos estadounidenses, tal como ocurriera con el venezolano, siempre tiene a mano un plan B, que sería aumentar el consumo chino de petróleo y gas ruso para beneficio de ambos países, y, de hecho, hay planes de financiamiento chino para oleoductos y gaseoductos desde territorio ruso.
Sobre todo, China ha estado preocupada de fortalecer su posición en la negociación con EE. UU. Por ello, ha tomado con seriedad lo conseguido después de su exitoso boicot a Washington en las imprescindibles tierras raras, toda vez que gracias al verdadero monopolio que posee, consiguió ser el único país que está negociando aranceles como igual, uno a uno, con la que todavía es la primera economía del mundo. “Lo anterior fue considerado como un triunfo por Beijing, que siempre ha rechazado la contención que ha querido imponerle EE. UU., similar a la que se le impusiera a la URSS en la guerra fría".
Aunque existen límites objetivos a lo que China y EE. UU. pueden acordar dada la competencia existente, claramente señalada en la biblia geopolítica de la administración Trump, la Estrategia 2025 de Seguridad Nacional, si todo sigue marchando bien para que en mayo Xi Jinping y Trump se den la mano, se repetiría el mismo mecanismo utilizado cuando acordaron negociar, es decir, después que los especialistas lleguen a acuerdos técnicos, los ministros encargados de las negociaciones comerciales y de las finanzas se van a reunir con sus equivalentes chinos para hacer lo que hacen los Secretarios de Estado o encargados de Relaciones Internacionales en negociaciones políticas, dar el visto bueno para la firma de los mandatarios.
Al parecer, todo apunta a que existe un interés manifiesto de Xi y Trump para aparecer con un logro en el tema del acceso al mercado del otro. Trump lo necesita ya que su prueba más dura, la que probablemente va a definir su legado y la continuación de los profundos cambios que ha intentado es la difícil elección que enfrenta en noviembre, la de medio término, la que además habitualmente ha sido ganada por la oposición a quien reside en la Casa Blanca.
En el caso de Xi Jinping ha estado lleno de actividad que ha tenido poca repercusión en los medios de comunicación occidentales, pero que ha copado los de su país, hechos que tienen en común el fortalecimiento de su dictadura personal sobre una institucionalidad que acostumbraba a ser colectiva, además que su cargo tenía una duración máxima de dos mandatos, según las directrices dejadas por Deng Xiaoping.

Es así como el jerarca chino ha estado preocupado de reforzar su control sobre el Partido Comunista, la única fuente de poder verdadero del país. Sabemos lo anterior ya que está en curso una nueva purga, que ha alcanzado a un miembro del Politburó, aunque esta vez se ha concentrado fundamentalmente en altos mandos militares. El pretexto ha sido el mismo de otras veces, la campaña de “anticorrupción”, que, sobre la base de hechos ciertos, ha pavimentado su camino al poder absoluto, al utilizarse para derrotar a facciones rivales. Es así, ya que en China también se hace política, solo que tiene lugar al interior del partido único al no existir alternativas democráticas compitiendo entre sí.
Todo esto tiene en mente la fuente última y definitiva de legitimación del poder, el Congreso XXI del Partido Comunista, el que tendrá lugar a fines del próximo año, donde se renovarán muchos cargos, y Xi Jinping quiere asegurarse que serán llenados con leales a su persona. Muchas posiciones importantes están en juego, quizás todas, menos una, la suya, por lo que Xi Jinping renovará sin problemas sus cargos de secretario general del partido y comandante en jefe de las fuerzas armadas como también en marzo del 2028 durante las sesiones del parlamento chino, ocupará nuevamente una posición de menor importancia, salvo protocolar, la presidencia del país.
El camino que se transita es un proceso viciado, donde muchos supuestamente votan, pero sin posibilidad alguna de elegir. Es decir, en pueblos y barrios de ciudades, desde el año pasado, millones de personas se ven obligadas a participar en elecciones fraudulentas ya que no tienen alternativa, toda vez que siempre son electos los jefes locales del partido.
De este proceso, salen no solo alcaldes, gobernadores y ministros a nivel intermedio, sino que Xi Jinping interviene cuando corresponde, para asegurarse lo realmente importante, la lealtad de la cúpula de aquellos que toman decisiones, la mayoría de las veces en secreto, es decir, el Politburó, hoy compuesto por 23 miembros.
En el mes de marzo, el jerarca le prestó también atención a una cita política, ya que a partir del jueves 5 se reunió la Asamblea Nacional Popular, que tuvo especial importancia dadas las definiciones tomadas para abordar el futuro del país en condiciones de desaceleración económica y de una situación internacional, al menos tensa en lo geopolítico. La importancia no es solo que se reúnen delegados provenientes de todo el país, sino también es la oportunidad para que se les cuente a los chinos y al resto del mundo, lo que en secreto ha decidido hacer el Partido Comunista.
Esa es su importancia y toda la élite partidaria colabora para su difusión, toda vez que coincide con un nuevo ciclo de planificación, ya que se pone en marcha el XV Plan Quinquenal (2026-2030) al cual todos los actores económicos, públicos y privados, deberán adaptarse al cumplimiento de las metas, incluyendo la de crecimiento, al igual que las prioridades, no solo económicas sino también de posicionamiento diplomático.
Además, y de gran importancia, China dio un paso para ejercer su estatus de superpotencia y en defensa de sus intereses, decidió aprovechar su poder y participar en una negociación para abrir el Estrecho de Ormuz, ya que, al ser el principal comprador de petróleo iraní, su cierre le afectaba muy directamente.
A través de un aliado como Pakistán, con sagacidad China se ha involucrado en la búsqueda de un cese del fuego y la apertura de una negociación indirecta entre EE. UU. e Irán, cuyo objetivo primero es la apertura o retorno del Estrecho de Ormuz a la libertad de navegación.
En el fondo, China busca repetir el éxito que tuvo el 2023 al conseguir que tanto Arabia Saudita como Irán se comprometieran a mejorar sus relaciones, lo que fue toda una sorpresa para occidente, aunque no perduró después que Teherán respaldara la invasión de Hamas a Israel y la activación de todos sus proxis contra ese país, abriendo un conflicto en 7 frentes. Ese es el origen de un conflicto que ha culminado en los bombardeos actuales, fundamentalmente por la negativa de Teherán para terminar con su programa atómico.
China pudo dar este paso ya que ha tenido una estrecha relación con Pakistán, el cual siempre recibió ese apoyo para su conflicto con la India, posición en la que coincidió con EE. UU. durante la guerra fría, por lo que ese país cuenta con la confianza de Washington, a pesar de desencuentros puntuales. Del mismo modo, China tiene una relación privilegiada con Teherán, no solo como socio comercial sino también como apoyo diplomático en las Naciones Unidas y otros organismos internacionales, además de proporcionar tecnología e información de inteligencia, incluso durante el actual conflicto.
Pakistán tuvo éxito en que se abrieran negociaciones indirectas entre EE. UU. e Irán sin que Israel fuera invitado. Washington entregó una propuesta de solución (los llamados “15 puntos”) que fueron respondidos por una propuesta iraní, aunque, muy distantes uno del otro. Las declaraciones de Trump han recibido muchos desmentidos desde Irán debido fundamentalmente a una división interna, ya que, al ser eliminado el líder supremo ayatolá Ali Jamenei, dejó de existir una sola autoridad, por lo que existe una lucha por el poder entre el sector de políticos profesionales partidarios de la negociación y la Guardia Revolucionaria Islámica los que parecen estar ganando, opuestos a todo acuerdo junto a los paramilitares de la organización Basij.
Al inicio, durante algunos días, el bombardeo de EE. UU. e Israel giraba alrededor de un doble componente, por un lado, parecía Irán haber sido destrozado militarmente, mientras que, por el otro lado, la República Islámica sobrevivía a pesar de todo, sin indicación alguna que pudiera surgir un gobierno alternativo. Allí apareció el éxito iraní en bloquear el petróleo y el gas que salen del Estrecho de Ormuz, transformándolo en una verdadera bomba económica, causando trastornos en el alza del precio de los combustibles y sus derivados, demostrando las viejas verdades que las guerras son la continuación de la política por otros medios y que solo se terminan cuando se acaba la voluntad de lucha de los combatientes, lo que no ha pasado en esta oportunidad.
En todo caso, ayer sábado 4 de abril Trump le recordó al régimen de Irán que le quedaban 48 horas para llegar a un acuerdo, que “el tiempo se estaba acabando… antes que todo el infierno fuera desatado” (sobre ellos). ¿Otra amenaza que no se concretará ya que el ultimátum fue rechazado?
En todo caso, la intervención china como negociador en las sombras detrás de Pakistán, es sin duda un hecho novedoso, y solo ratifica que en el mundo que se avecina, China será un actor relevante en la búsqueda de soluciones, toda vez que en lo económico es el equivalente a lo que fue en la esfera política la antigua URSS después de la segunda guerra mundial, por lo que vamos a tener que acostumbrarnos a un rol cada vez más activo.
Por lo demás, si en un nuevo escenario, ya sea por derrota de Irán o por negociación, todos aceptan la importancia de mantener abierta la navegación en Ormuz, es dudoso que Europa quiera tener un rol activo, siendo más probable que si EE. UU. diera un paso al costado, o más probable exista un acuerdo internacional, allí China va a adquirir un rol mucho más importante que el que hasta ahora ha tenido, sobre todo, si en mayo hay un acuerdo económico con EE. UU., y si se produce una reorganización internacional, Europa va a figurar entre los perdedores.
Si China toma un rol relevante en la apertura del Estrecho de Ormuz ello constituirá una prueba de fuego para su cuarta modernización, la militar, la de las fuerzas armadas, la última, en el listado que hiciera Deng Xiaoping en el siglo pasado. Ello va a ser inevitable toda vez que Ormuz necesita de la garantía que se va a contar con músculo militar dada la potencialidad para el conflicto de esa ubicación geográfica, debido a que por allí transita el 20% del consumo mundial de petróleo y gas.
Es algo que debe ser observado con mucha detención y no solo por el desafío que significa Taiwán, ya que hay un aspecto de la modernización militar de China, donde a este país todavía le falta probar que ha aprendido a desplegar su poder, ya que por el momento todo indica que mucho trecho debe todavía recorrer para tener la capacidad y quizás la voluntad de hacer algo semejante a lo que EE. UU. ha hecho en Venezuela y en Irán.
Mas aún, dada la total irrelevancia de la ONU, el protagonismo declinante de Europa y de la OTAN, la activación del poder chino en lo militar parece ser un factor que estará cada vez más presente, para llenar el vacío que se está produciendo por la pérdida de poder de Europa, el ascenso sin complejos de la India, y el mediocre desempeño demostrado por Rusia en Ucrania. Algo así parece reconocerlo el propio Trump cuando señala que China, Europa y la India deben tomar un rol más activo en la apertura a la libre navegación de Ormuz, ya que ellos sí dependen de ese suministro, mientras que EE. UU. no solo es el principal productor del mundo, sino que a diferencia de los 70, hoy no necesita ese petróleo, además que compra poco desde allá.
No es seguro que Washington dé ese paso, ya que lo dicho por Trump parece ser solo una amenaza, pero si lo hiciera, sin duda lo más probable es que China y Europa negocien con Irán, con lo que se fortalecería la posibilidad de supervivencia de la República Islámica, aunque sea en la actual situación, donde parece existir una especie de junta militar, expresión de la Guardia Revolucionaria más que de la teocracia.
Quizás EE. UU. considere que sus objetivos se han cumplido si en definitiva Teherán renuncia a su programa atómico, y por su evidente derrota militar y destrucción de su infraestructura, se concentra en la reconstrucción, por lo que deja de ser una amenaza para sus vecinos árabes y está imposibilitado de continuar con el apoyo a los proxis. Quizás también EE. UU. consiga otro objetivo, que sería colaborar activamente en una nueva etapa, participando en el control y/o propiedad del petróleo iraní, ya sin sanciones.

Sin embargo, ahí quedaría pendiente el problema de su agresión permanente a Israel y el cuestionamiento a su existencia, por lo que Tel-Aviv continuaría atacando, y aprovechando su superioridad aérea fortalecería su relación con los países árabes sunitas, también recelosos de Irán, hasta que no se modifique la actitud expansionista de Teherán.
No se sabe si algo así tendrá lugar, o si en los hechos, se dará una especie de cese del fuego semejante a lo que, sin solución definitiva, ha tenido lugar en Gaza. También es probable que Trump intentará ponerle fin a su involucramiento en Irán, y alegando una victoria militar, concentrará toda su atención en la difícil contienda electoral de medio término, cuyas urnas se abrirán en noviembre.
En todo caso, en este escenario por urgente que parezca el tema iraní, para EE. UU. y su seguridad nacional, lo realmente relevante es el tipo de relación que se establecerá en el futuro con China, es decir, si esa confrontación queda contenida y limitada a la competencia económica y tecnológica (espacio exterior, Inteligencia Artificial) o se ingresa a un terreno de conflicto sin retorno.
En otras palabras, si China y EE. UU. van a ser capaces de evitar lo que Graham Allison ha llamado la Trampa de Tucídides, expresión que describe la aparición de una potencia emergente (como China) que amenaza con desplazar a una potencia que ejerce hegemonía, tal como le ocurrió a Gran Bretaña con EE. UU. el siglo pasado. El nombre de La Trampa de Tucídides surge de un libro donde a partir de la experiencia de Grecia en la antigüedad, este académico estudia 16 casos donde la rivalidad señalada terminó en un conflicto no deseado.
¿Puede ser evitada esta confrontación en el caso de China y EE. UU. o es inevitable que termine en un conflicto no deseado? ¿Será Taiwan el detonante?
A mi juicio, existe un caso a mano, que no siempre es analizado en sus aspectos positivos, ya que ha sido demonizado, siendo reciente. Es la guerra fría, que para mi persona es un caso raro, en el sentido que es de aquellas excepciones, donde existió una confrontación entre dos potencias antagónicas, a las que todo separaba, y que, sin embargo, no terminó en el enfrentamiento armado directo, que inevitablemente iba a ser atómico. Hubo muchas guerras por delegación, a nivel local o regional, auspiciadas por ellos, pero nunca se dispararon unos a otros, ya que siempre supieron negociar.
Y si China y EE. UU. quieren aprender, hay varias cosas de esa época que sería bueno rescatar.
En primer lugar, se necesita respetar aquello que es intransable para cada uno de ellos, es lo que recoge la idea de líneas rojas, es decir, aquello por lo cual estarían dispuestos a ir a la guerra, lo que evita la tentación de traspasar aquellas líneas que no deben ser violadas. Occidente sabe que China ha dicho que para ellos es Taiwan, pero los chinos no saben cuál sería el equivalente para EE. UU.
En segundo lugar, en la guerra fría hubo un concepto que fue muy útil en la guerra fría, que fue el respeto a lo que surgió en ese encuentro en Yalta, donde hubo algo por todos aceptado, es lo que recoge lo que se llamó las Esferas de Influencia, que han reaparecido (por ejemplo, en el corolario Trump a la Doctrina Monroe en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025), puede gustar o no, pero el objetivo es evitar fricciones que escalen a confrontaciones.
En tercer lugar, internalizar el hecho que cada uno va a encabezar a un sector del mundo, y que va a integrar países a su estrategia, lo que ayuda a clarificar la situación para naciones que desean tener buenas relaciones con ambas potencias, tal como ocurre con Chile, cuyo nuevo gobierno no sabe cómo planteárselo a la administración Trump de la cual se siente ideológicamente cercano, pero como país, China es su principal socio comercial, y el costo de alejarse significaría un fuerte golpe para su bienestar. Fue así como el concepto de Países No Alineados tuvo poco poder en la Guerra Fría, a pesar de lo cual fue un lugar legítimo, aceptado como digno por todos.
En cuarto lugar, la gran enseñanza del error cometido por la URSS al amenazar a EE. UU. desde Cuba, permitió dar el paso posterior, la détente, la relajación, distensión o reducción de tensiones que en definitiva logró reemplazar el enfrentamiento permanente por un proceso de negociaciones que obtuvo previsibilidad de las decisiones y tratados de limitación de armas, en definitiva, la convivencia pacífica para evitar toda posibilidad de un conflicto nuclear, expresado en que tanto Washington como Moscú colaboraron para evitar la proliferación nuclear.
Exactamente lo que la República Islámica de Irán no entendió nunca, dado su deseo de erradicar a Israel del mapa, peligro por ahora al parecer evitado, aunque fuera bombardeo mediante.
Máster y PhD en Ciencia Política (U de Essex), Licenciado en Derecho (U de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)
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