
Los planes sociales, económicos y políticos cuya base fundamental teórica fue recurrentemente la ética, han pasado a tener a la deshonestidad como valor en la defensa de las causas y en la construcción de nuestra sociedad del futuro, con estos valores como predominantes en los patrones de identidad de los ganadores. Los cambios, a menudo elaborados a partir de la ayuda de la ética que nos permite identificar las injusticias, se dan en la determinación de lo permisible en el contexto de una moralidad difusa. Es un plan que reconoce situaciones internas sin intereses elevados, sin logros notables ni acciones que desarrollan un trabajo innovador, todo lo cual lleva a redefinir la forma de pensar sobre la ética en la política.
El populismo es una construcción práctica para el poder y cuando toda la lógica política es una lógica de poder, la mayor cantidad de aliados que se puedan tener, incluso los deshonestos, hace que mejores sean las posibilidades de llevar adelante acciones como el contendiente más fuerte en el camino del bien público; la ética obliga a preguntarse no solamente si es una cuestión de si, sino de cómo, pero el nombre “comportamientos inmorales substanciales” es la mejor forma de definir el escenario populista al presente. La resiliencia de un proyecto depende del liderazgo, que a su vez depende de la cantidad de amigos “importantes” y luego de la cantidad de amigos en general y se ha dado la circunstancia que los países “seguidistas” o “seguidores” tienen más problemas para integrarse a dinámicas de defensa de la democracia y los Derechos Humanos que a centros de poder regional o global que alteran el funcionamiento democrático o que son violadores sistemáticos de DDHH pero que han estado más dispuestos a mostrar posiciones de fuerza.
En la política cuando se insulta a alguien no hace falta nombrarlo, sin lugar a duda se sentirá aludido, sin duda se ofenderá. Este énfasis en la personalidad individual y los intereses que despierta, así como las diferencias que dejan de ser modestas en la lógica de confrontación, es el elemento irracional fundamental en que se basa la opinión pública que ha establecido una actitud de escala que lleva a las diferencias internas situacionales. En el populismo la deshonestidad intelectual y de la otra está disponible para la construcción de la dignidad colectiva, y en esta estrategia las tensiones internas que la misma crea se pueden apreciar en la determinación de la acción permisible dado por un marco de moralidad difusa. Una lógica excepcional que se instala solo donde la situación interna está construida a partir de las indeterminaciones que el vacío ético genera.
La capacidad de acción actual es la que determina qué bienes son protegidos y que situaciones críticas no tendrán ninguna atención.
La incomodidad que el vacío ético genera en situaciones políticas internas se resuelve en el plano internacional generando situaciones de fuerza o interés político o comercial. Por su parte las condiciones de enriquecimiento personal de la realidad actual pueden llevar a colocar a personas privadas repentinamente en el centro del mundo de la gobernanza.
Al inhibir el pensamiento y la razón en el funcionamiento del sistema político es posible obtener el resultado de mecánicas condicionadas de opinión públicas en la planificación de la confrontación y la polarización dadas por los conflictos de tendencias. Las redes sociales han logrado interacciones infinitas de egos potenciados y amenazados por dinámicas de discusión limitada respecto a cómo pueden las personas militantes virtuales del sistema político generan interacciones que reescriben creencias políticas y generan sustancia política común.
Ello ha llevado a que las interacciones sociales y políticas se canalicen a través de sentimientos vinculados a la vanidad, orgullo, fama, soberbia, arrogancia y notoriedad. Las redes han potenciado las humillaciones y la capacidad de insultos, elementos sustanciales para desarrollar políticas basadas en la simpleza conceptual y en la falta de honestidad. Un desarrollo ideal de la tecnología moderna y la e-democracia es no se trate solo de riqueza, se trate de valores y de la riqueza institucional que dan los valores de la democracia, desarrollados, trabajados y asumidos.

Es como si hubiera nacido en esta región, el comportamiento ofensivo se desarrolló en un lenguaje político que ha causado relaciones políticas deterioradas o inútiles. Las alarmas de los sistemas políticos regionales se encendieron por desvirtuarse las comunicaciones dentro de los mismos, los espacios de diálogo fueron imposibles aun en la lengua materna de todos y sin diálogo los entendimientos han dejado de existir. Esas alarmas fueron desatendidas. Ello ha llevado a la polarización/enemización como un resultado científico ineludible y el terreno común para trabajar el bien social se transformó en un pantano.
Los sistemas políticos alimentan la disfuncionalidad de este entorno que genera condiciones de adversidad, además el intercambio de mensaje es de por sí demasiado espontáneo y reactivo, un entorno natural que no es ideal para relaciones de naturaleza institucional con base en la lógica del Derecho y la estructura del Gobierno, lo cual crearía mejores posibilidades para desarrollar estas relaciones con un enfoque especial en la ética.
Además, las amebas que diseñan sus estrategias de adhesión sobre la base de la carencia absoluta de principios en general no deberían ser un bien codiciado, pero han encontrado su lugar en el cosmos de la política populista internacional y regional, un claro reflejo de situaciones internas de los Estados. Ya no son seres extraños.
Un problema clave del populismo es la engañosa simplicidad de las emociones negativas. El poder de las instituciones e brindar soluciones integrales cuando su funcionamiento es eficiente. El comportamiento si se determina por las reglas del sistema puede pasar las pruebas y trampas de las crisis financieras, políticas, económicas. Por el contrario, es muy difícil y altamente improbable cuando las soluciones se construyen a través de un laberinto de incoherencia y falta de ética, que conecta cambios dispares de maneras que la linealidad política de los procesos se pierde completamente. Entonces la responsabilidad pública se desarrolla cómo si no entendiera nada y la honestidad necesaria que ella conlleva convive permanentemente con la duda.
Las turbulencias de la política no deberían dejar margen para la ignorancia y para recorrer los procesos sin apoyo de las estructuras institucionales y la lógica de principios que debe guiar las mismas.
Sin embargo, parece realmente inmoral que estos momentos se consideraran como formativos para trabajadores y grupos vulnerables. No hay nada de eso porque los actores políticos en lugar de comenzar con la cooperación, inician procesos de conflicto a la inversa, el enfrentamiento comienza con la conclusión y sin que se dé ninguna discusión al respecto; se trabaja marcha atrás, identificando y luego confrontando cada elemento ético necesario para comprender el conjunto; no hay un aprendizaje, no hay una argumentación, no hay una discusión de ideas, hay una descalificación de la conclusión y por lo tanto nunca se da formalmente una cooperación lineal en el sistema.
Esta disfuncionalidad evita asimilaciones necesarias para comprender estructuras más complejas y la interacción dentro del sistema se ha vuelto simplista e inmediatista, no interesa resolver el rompecabezas de la justicia en su visión más general.
Cautivado por las piezas mismas y no por la estrategia del juego, se da una extraña cooperación elíptica basada en las formas de comunicación que se utilizan, por ello las estructuras están más interesadas por su posicionamiento que por su propia construcción, lo cual lleva a su obvia incapacidad para atender los problemas estructurales que se deben resolver y de hacer una elaboración programática del proyecto que debería asumir la solución. Solamente tenemos una superposición de experiencias incapaces de implementar un cambio estructurado sino uno reactivo que no resulta sostenible porque carece de la construcción teórico práctica necesaria, simplemente se dan un proceso continuo de “comportamientos inmorales sustanciales” dirigidos a afectar la dignidad de otros actores políticos lo cual implica en esencia afectar la dignidad propia.
El proceso no es más que un simple resumen o una versión condensada de la discusión de la opinión pública determinada por las redes. Los actores políticos y la militancia en redes no están buscando una nueva perspectiva, ni una ruta más clara que comprenda los aspectos más desafiantes de las relaciones de poder, sino más bien decodificando los sentimientos de la participación en redes como insumo para el posicionamiento político. La identidad política se constituye no a partir de la elaboración programática sino en la informalidad de los intercambios caóticos de la opinión pública y por lo tanto no se están produciendo conceptos demasiados avanzados. Este nuevo tipo de relacionamiento de la humanidad no se centra en seguir argumentos complejos, ni de reconstruirlos desde una base mejor, esa identidad de lo posible reconoce una escala muy básica del sistema.
Este sistema político es incompleto, lo que significa que la identidad política está construida por “la verdad completa” elaborada en el conjunto de comportamiento ofensivos de la opinión pública que, aunque tienen variables de identidad no tienen una lealtad especialmente desarrollada respecto a sus dirigentes, pero a los que pueden volver en función de nuevos hartazgos. Las razones por las que un sistema ideológico es conocido por su progresión estructurada formal tienen que ver con sus ideas respecto a la evolución tradicional del poder, por ello otorgar su rango más alto de veracidad a alguien, quienquiera que sea, en una dinámica de opinión tan pública y tan informal es un paso o una regresión extraordinaria.
Las nuevas identidades políticas son capaces de entender que adhieren a una democracia que promete cosas en función de lo que se le pide, y que procuran una figura que defina el cambio, en general desde la perspectiva de las creencias. Para comprender el funcionamiento de un comportamiento, la indeterminación ética, debemos adentrarnos en el extraño mundo de las acciones que hacen al sistema político un sistema multidimensional donde las acciones pueden ser cuestionadas por ser nada más que resultados de un proceso de percepción continua. Ello implica que estas percepciones están llenas de lagunas, ya que las acciones no tienen que ver con una base teórica programática, sino que ocurren desde un lugar político definido por la percepción.
La forma de medir estas percepciones es simple y tiene que ver fundamentalmente con la energía que el sistema invierte en un tema y la generación de acciones políticas adictivas, siendo estas aquellas acciones específicas que el sistema tiende a repetir como proceso de “respuesta estructural”. Si elegimos una dimensión principal en este mundo político de acciones adictivas, el tamaño de esta dimensión no está determinado por la cantidad de juegos de interacción y de confianza que representa. Estas acciones se expresan como forma de ejercicio de los poderes institucionales superiores.
Las acciones reales son a lo que llegamos cuando completamos las acciones con procesos racionales, llenando los vacíos referidos, y se tiene una visión de estas acciones en su conjunto, en secuencias sucesivas e integradas a las ideologías con las que deben convivir.
Pero la base de las masas virtuales es menor que la base de las masas; y ello reduce los factores de la dimensión política integral. Esta es una razón poderosa para el análisis dimensional de las causalidades para la moralidad difusa del sistema. Si en ese análisis estos sistemas dimensionales parecen como de un nivel inferior ya que solo los podríamos agrupar en las acciones llamadas tendencias de comunicación. En este sistema, las acciones se consideran cercanas si comparten lo mismo y son el resultado de completar las acciones utilizando una idea en general de extrema simpleza. Los universos alternativos del populismo promueven esta simpleza y consideran que las acciones reales que siguen a procesos racionales solo aportan confusión en su complejidad. La racionalidad y la complejidad son procesos contrarios a la emotiva simpleza que induce y es inducida por el liderazgo populista.
Estas reglas son dictadas por los mundos de la comunicación y no por las instituciones que son fundamentales para resolver el conflicto. Sin embargo, presentan una gran dificultad por funcionar como creencias con componente emotivo. Llamamos a esto la dimensión de confianza que se da en un esquema de creencias emotivas que se desarrolla como vocación de poder, donde el sistema es un proceso que solo conduce a cambios residuales. Las realidades del populismo y de sus problemas de persuasión pueden ser realmente complicados porque se trata de dos tipos diferentes de comportamiento a la vez, por un lado, uno reactivo basado en la decodificación de la opinión pública y por otro uno institucional pasivo.
Sin embargo, si los cambios residuales siguen las mismas creencias, así como las reglas construidas para la ocasión, entonces las cosas a menudo se vuelven simples de entender y la moral vaga del populismo es capaz de generar un puente entre las creencias y las reglas en el sistema político.
Esto lleva a estructuras neutrales intrincadas por la lógica de persuasión populista que existe en el ámbito de la comunicación. Su creación constituye la construcción de una nueva dimensión conceptual cuya función clave es la coherencia con los espacios determinados por las inclinaciones de la opinión pública. Esto permite a una democracia hacer como si sigue funcionando en ese esquema de creencias y reglas ad hoc.
El mundo más simple de creencias confrontativas con el establishment que crea el populismo se resuelve en un ejercicio de traducción de la opinión pública simplificada sin que pierda nada de su significado las creencias en cuestión.
En las ecuaciones políticas populistas para obtener bienes sociales, que constituye al presente el núcleo de funcionamiento del sistema político, los bienes sociales en sí mismo son solo el comienzo ya que una vez resuelto el problema, se habría creado una herramienta de poder general que puede encontrar aplicaciones en direcciones imprevistas, con el peso especial que tienen determinadas creencias para exacerbar polarización y enemización en el conflicto de soluciones.
El hecho más simple de sentir la política por encima de las disciplinas adecuadas para reflexionar la misma, así como la acumulación de indeterminación y de incertidumbres, cimentó dentro del sistema político la moralidad vaga y el mérito del comportamiento ofensivo. El enfoque populista del sistema político se centra en proyectos no programáticos sino comunicacionales que apuntan a niveles específicos de la realidad psicológica humana y sus necesidades.
Una de las visiones más grandiosas de la ética es la coherencia de la vida y del programa político, propuesto por una visión política conceptual que nos lleva a una vasta red de bienes sociales que conectan las acciones multidimensionales mediante la teoría de la representación y un análisis armónico.
Pero hoy ya no sirve en la política actuar bien, solo sirve estar disponible. En un giro de los acontecimientos, la justicia como bien imprescindible y que tanto había inspirado el comportamiento político se ha transformado en una pequeña parte personalizada y psicológica del programa que ahora está armado con las poderosas herramientas del manejo de las emociones.
El trabajo del sistema político ha permitido que una moralidad vaga se extienda a los territorios de la vulnerabilidad. Los resultados del comportamiento político populista muestran que el problema es más profundo de lo que pensábamos, es más sistemático y más se siente que están ausentes las pautas de la ética; es un nivel de unificación más fundamental, desarrollado como cuerpo de la identidad de un conjunto de herramientas para formas éticas neutrales.
Para Riker es el paradigma de la opción racional, para Rilke la verdadera existencia no reside en elegir lo que es lógico o seguro, sino en abrirse a lo inexplicable y lo inaudito. Pero el problema no se refiere a ninguna de estas dos variables (las dos muy válidas) sino a la forma amoral/inmoral de crear el conflicto (a veces la cooperación) o de resolverlo.
Esto también lo vemos en la arena internacional. A menudo, al examinar los vacíos que se presentan en el ejercicio de poder internacional en el marco de esta moralidad vaga que se ha desarrollado en muchos contextos diferentes vemos capacidades de crear conflicto donde debería comenzar a elaborarse la solución. Es decir, si yo empiezo a trabajar una solución para la crisis de Derechos Humanos en Venezuela es más probable que la energía política confluya en un conflicto sobre mí más que en la crisis de Derechos Humanos que necesita ser resuelta de forma urgente.
Esta distracción se da en medio de una crisis de agotamiento de la institucionalidad internacional que es incapaz de asumir la agenda política y se aleja entonces de la gente porque deja de ser relevante al desfigurar el propósito ético que la debe animar. Deja de ser consistente con los principios para el que fue creada y las amenazas a la paz y seguridad internacional se reproducen, permitiendo a las mismas desarrollarse bajo una mirada desatenta, deshonesta y pasiva. El caso venezolano es paradigmático de actores internacionales que siguieron el problema con su mirada deshonesta, desatenta y pasiva. Pero lo peor es cuando es la institucionalidad internacional la que comete este despropósito. Los sistemas políticos latinoamericanos desinteresados muchas veces de los Derechos Humanos y de la Democracia como bienes principales han desarrollado el talento político excepcional de hacer nada y participar siempre en los momentos cruciales de la región bajo esta premisa.
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