
En medio de la oscuridad que ha envuelto a nuestra comunidad tras la tragedia reciente en Australia, ha surgido un rayo de luz profundamente necesario. Su nombre es Ahmed al-Ahmed.
Su heroísmo ocurrió en el corazón del pánico, durante el ataque terrorista ocurrido en Sídney y en medio de un evento público en el que la comunidad judía local celebraba la fiesta de Jánuca. Ahmed, ciudadano australiano de origen sirio, se encontraba en las cercanías de Bondi Beach cuando escuchó disparos. Sin dudarlo, corrió hacia uno de los atacantes, esperó el momento exacto, se abalanzó sobre él y logró arrebatarle el fusil, salvando así incontables vidas judías. Lamentablemente, fue herido de bala durante esa confrontación, un sacrificio que subraya la magnitud de su valentía.
La historia judía está marcada por momentos de profundo dolor, pero también por la valentía de aquellos que, sin pertenecer a nuestro pueblo, arriesgaron todo para protegernos. A estas personas las llamamos “Justos entre las Naciones”. Hoy, Ahmed merece ser reconocido como uno de ellos.
Recordamos a figuras como Irena Sendler, la enfermera que desafió el terror del Gueto de Varsovia para salvar a 2.500 niños judíos. O a diplomáticos como Chiune Sugihara, cuyos visados permitieron que más de 5.000 judíos sobrevivieran al holocausto, y a ciudadanos comunes que, desde Holanda hasta China, decidieron que la humanidad era más importante que la obediencia al mal. Ellos, al igual que Ahmed, nos enseñan que el heroísmo individual es la última y más poderosa línea de defensa de la vida.
En un mundo donde a menudo se nos dice que diferentes comunidades estamos destinadas al conflicto perpetuo, acciones como las de Ahmed desafían esa narrativa. Ante el terror, no preguntó por religiones ni nacionalidades; vio seres humanos en peligro y actuó.
Resulta simbólico que este gesto de humanidad ocurra en vísperas de Jánuca, nuestra fiesta de las luminarias. La esencia de esta festividad nos enseña que la oscuridad se combate encendiendo una luz. La tradición judía sostiene que “un poco de luz disipa mucha oscuridad”, y eso es exactamente lo que Ahmed ha hecho. En un momento donde la sombra del terrorismo intentó cubrirnos, él se convirtió en esa vela desafiante, recordándonos que el milagro reside en la capacidad humana de elegir el bien aún cuando todo parece perdido.
La comunidad judía, y el mundo entero, debe honrarlo. Ahmed es un héroe. Y si la historia es justa, será recordado no solo por lo que hizo, sino por lo que representa: la posibilidad de un futuro donde, a pesar de nuestras diferencias, sigamos siendo guardianes de nuestros hermanos.
* Asesor del Congreso Judío Latinoamericano
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