
Con la expansión de la dictadura de Cuba como socialismo del siglo 21, los crímenes de castrismo han proliferado en toda la región con su metodología de terrorismo de Estado. Miles de presos políticos, millones de exiliados, centenas de crímenes, migraciones forzadas, narcoestados, operaciones de crimen organizado trasnacional y permanentes acciones de guerra híbrida son la realidad objetiva actual. En este contexto, los más recientes presos políticos son los ex presidentes Álvaro Uribe Vélez en Colombia y Jair Bolsonaro en Brasil.
Un preso político es “el individuo que está encarcelado por sus creencias o acciones políticas”. En el “encarcelamiento político es común que la acusación y/o la sentencia sean falsificadas, sean desproporcionadas con el presunto delito, que el presunto infractor sea tratado de manera discriminatoria y que la detención haya sido el resultado de procedimientos judiciales claramente parcializados e injustos”.
El apresamiento político está destinado a la inhabilitación política y civil de la víctima. Se trata de sacarlo del escenario y de la lucha por la libertad y la democracia que libra y en la que está comprometido. La privación de su libertad es la “vacuna” con la que se aplica el “terrorismo de Estado” a la población. Terrorismo de Estado es “la utilización de métodos ilegítimos por parte de un gobierno, orientados a producir miedo o terror en la población civil para lograr o fomentar comportamientos que no se producirían por sí mismos”.
Las acusaciones y denuncias falsas, atribuir los crímenes del dictador y sus entornos a las víctimas, la conversión en delitos del ejercicio de libertades fundamentales y de la defensa de derechos humanos, la manipulación de narrativas y la aplicación de tecnologías comunicacionales para destruir la imagen del adversario político al que el crimen organizado del socialismo del siglo 21 convierte en enemigo, son solo algunas de las acciones del “asesinato de la reputación” que perpetran como parte de su sistema.
El uso sistemático de la calumnia, de la acusación falsa hecha maliciosamente para causar daño, la imputación de delitos realizada a sabiendas de su falsedad, la inculpación de los delitos propios a la víctima, de la infamia como descrédito, deshonra, maldad o vileza, de la difamación verbal y escrita, son expresiones de lo que se llama el “asesinato del honor”, “el fusilamiento de la reputación”, “el asesinato de la reputación”, “character assassination”.
Destruir a los líderes democráticos, terminar con el sistema de partidos políticos, acallar la libertad de presa y de expresión, destruir la unidad nacional, terminar con el empresariado nacional, convertir a los criminales en políticos, a los narcotraficantes en empresarios y al crimen común en grupos revolucionarios, es solo parte de la suplantación que se perpetra en el siglo 21 contra en las Américas como acciones de “guerra híbrida” contra la democracia.
La guerra híbrida es la agresión “en que se utilizan toda clase de medios y procedimientos, fuerza convencional, medios irregulares e indirectos (conspiración, insurgencia, terrorismo, migración forzada, crimen común, narcotráfico, cibernética, calentamiento de la calle, trata de personas, noticias falsas, asesinato de reputaciones, acusaciones falsas, …)”, es “un nuevo tipo de guerra que da por superada la guerra asimétrica (ejército regular contra fuerza insurgente)”, y que tiene la “ventaja de que el agresor puede evitar que le atribuyan el ataque”.
El control de gobiernos en países democráticos por medio del patrocinio de candidatos, da lugar a la existencia de “gobiernos para dictatoriales” definidos como “el elegido en democracia, que representa un país democrático, pero que sirve a regímenes dictatoriales a los que debe su acceso al poder, para contribuir a su sostenimiento y permanencia con acciones de legitimación y apoyo, incumpliendo obligaciones jurídicas internacionales y perjudicando sus propios intereses nacionales”.
Hoy los gobiernos de Petro en Colombia y de Lula da Silva en Brasil son para dictatoriales al servicio de la dictadura de Cuba y del socialismo del siglo 21, una servidumbre que no data de este siglo sino que tiene larga historia desde tiempos en que los hoy presidentes de estos importantes países eran guerrilleros y subversivos entrenados y sostenidos por el castrismo. Los antecedentes de Petro en el M-19 y de Lula como operador del Foro de São Paulo para sostener a la dictadura cubana, son solo parte de un largo historial que no se puede ignorar.
Los hechos demuestran que el socialismo del siglo 21 opera una estrategia para avanzar en el control de Colombia y Brasil pasando de la operación de gobiernos para dictatoriales a la suplantación de la democracia por su metodología dictatorial. El asesinato de la reputación, la judicialización de la persecución política, la inhabilitación y encarcelamiento de Álvaro Uribe Vélez y de Jair Bolsonaro, con pretextos y falsificaciones diferentes pero con el mismo fin, son la fase avanzada y casi terminal de la destrucción de la democracia en Colombia y Brasil.
*Abogado y Politólogo. Director del Interamerican Institute for Democracy
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