
Edmundo González se encontraba en la embajada de los Países Bajos. Con las amenazas de la dictadura en aumento, el presidente electo abandonó la sede diplomática, generando lógicos temores. Los rumores hablaban de un traslado a la embajada de España. Esa posibilidad llamó la atención. ¿Acaso los Países Bajos rechazaron continuar protegiéndolo? ¿Es que España le ofrecía mayores garantías?
Impensable, ambos se rigen por la misma legislación, el “Sistema Europeo Común de Asilo”. Allí se define a la Unión como “espacio de protección para las personas que huyen de la persecución o de daños graves en su país de origen”. Pero la perplejidad se disipó ni bien Pedro Sánchez lo llamó “héroe” y aseguró que España no lo abandonaría. Imponente nobleza de su parte, a la cual se sumó raudo su ministro de exteriores. Conmovedor, si uno no conociera la trayectoria de Pedro Sánchez.
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Así fue como Edmundo se subió a un avión del gobierno de España, apareció en Madrid, y el gobierno lo caracterizó como “huésped”, no como asilado, por lo cual se rehusó a reconocer su victoria electoral y a referirse a él como “presidente electo”. En Caracas, los gangsters del régimen ahora comenzaron a tratarlo hasta con una cierta amabilidad. Y el gobierno de España aclaró que no le estaba permitido manifestarse sobre política; el “héroe” de Sánchez, censurado por Sánchez.
Y sacando a Edmundo de la representación diplomática cuya capital es la ciudad de La Haya. Todo con cristalina transparencia. Ni la caminata apacible por los jardines de Moncloa, ni el sobreactuado ataque de histeria de Jorge Rodríguez fueron suficiente para ocultar la realidad. Lo que ocurrió fue, lisa y llanamente, una operación golpista del zapaterismo para derrocar al presidente electo de Venezuela.
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El zapaterismo no es una ideología, a menos que consideremos al oportunismo y la indecencia como tal cosa. Tampoco es un partido político, ni siquiera califica como identidad política. No tiene seguidores ni admiradores, jamás podría ganar una elección y, sin embargo, hace tiempo que en este gobierno español—de este PSOE degradado—quien canta los tantos es la filial ibérica del chavismo-madurismo.
¿El líder de todo eso? José Luis Rodríguez Zapatero, una mezcla de capo di mafia, cabecilla de una asociación ilícita y CEO de un conglomerado de negocios—criminales, claro está—cuyo paquete accionario es propiedad de Maduro y los hermanos Rodríguez. A veces canciller de facto de Venezuela, otras veces embajador itinerante, a menudo encubridor en jefe, siempre cómplice de esos crímenes. Y siempre con buenos modales, eso sí, y con una insincera sonrisa, en estudiado contraste con sus obscenos superiores en Caracas, “su” metrópolis.
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Negociador de vidas, sentencias y reclusiones, pero siempre entregador de derechos. Príncipe de Delcy Rodríguez, al tiempo que jefe de su maletero. Factótum de la coalición PSOE-Podemos hasta el ocaso final del sello de Iglesias y administrador del financiamiento de origen chavista de sus campañas electorales. Todo ello muy bien calculado y facturado, a propósito de su verdadera ideología.
Aquí tratando de resumir sus grandes logros, con una hoja de vida tan nutrida y exitosa casi nos olvidamos que allá entre 2004 y 2011 fue presidente del Gobierno de España, un cargo para él de menor valía, y que en verdad ejerció con menos brillo que sus actuales actividades profesionales tan rutilantes.
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Su gobierno coincidió con el súper-ciclo de precios, el boom de las exportaciones latinoamericanas, y con la llegada al poder de figuras asociadas al ALBA, Petrocaribe, CELAC, Unasur, es decir, el multilateralismo castro-chavista. Se acercó a ellos racionalizándolo como un “apoyo a la izquierda”, claro que el boom de aquellos años también fue de corrupción.
Pues tanta impunidad no ha pasado desapercibida por todos. El sindicato español Manos Limpias denunció a Zapatero ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad en Venezuela. La sede de la Corte Penal Internacional está en La Haya.
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