
“Mi familia y yo tememos tanto la guerra como el alto el fuego”, expresó Maryam, una mujer iraní de 35 años, al describir el clima de incertidumbre que se vive en Irán tras el cese de hostilidades con Israel.
La declaración, recogida por The New York Times, resume en pocas palabras el sentimiento de inquietud que persiste en la población civil, incluso cuando el alto el fuego se mantiene por segundo día consecutivo y ambos países intentan retomar una frágil normalidad.
En Irán y Israel, la vida cotidiana comienza a reanudarse tras una guerra breve pero devastadora.
El conflicto, que estalló el 13 de junio, dejó un saldo de más de 600 muertos y miles de heridos en Irán, según cifras del Ministerio de Salud. Allí, las fuerzas israelíes, con apoyo de Estados Unidos, atacaron instalaciones nucleares y mataron a varios altos mandos de seguridad, claves para su programa atómico y ofensivas militares.
El primer ministro Benjamin Netanyahu calificó la operación como “una gran victoria en la campaña contra el enemigo que buscaba nuestra destrucción” aunque tanto en el país como entre los aliados estadounidenses surgen dudas sobre si realmente se logró debilitar de manera significativa la capacidad nuclear iraní o si solo consiguió retrasar sus avances por un corto periodo.
Pese a ello, las partes han acordado poner fin a los ataques, lo que ha permitido una incipiente reapertura de las actividades económicas y sociales en cada país.
Los estudiantes en Tel Aviv regresan a escuelas que, durante los combates, sirvieron como refugios antiaéreos, mientras que en Teherán, los servicios de Internet, restringidos durante casi dos semanas por el régimen, vuelven a estar disponibles.
Sin embargo, la sombra de la violencia reciente y el temor a represalias de las autoridades persas dificultan el retorno a la rutina.
Maryam, quien habló desde Bandar Anzali, su ciudad natal en la costa del mar Caspio, relató que muchas personas desplazadas por los bombardeos en la capital iraní aún permanecen en su localidad.
“Sabemos que después del alto el fuego nos quedaremos con mulás humillados y vengativos que buscarán represalias”, advirtió a The New York Times en un intento por explicar por qué tanta gente evita todavía regresar a sus hogares.

El temor a una represión interna en el país es, de momento, una preocupación recurrente entre los ciudadanos: muchos temen que el régimen aproveche la coyuntura para endurecer su control y tomar represalias contra los críticos.
Así, en las calles de Teherán, la vida retoma su pulso habitual, aunque marcada por el trauma.
Asal, una joven iraní de 21 años que trabaja en marketing, describió cómo el tráfico ha vuelto a congestionar las carreteras, pero el miedo persiste. “Incluso el ruido de una motocicleta me hace estremecer, porque me recuerda a los misiles”, comentó a The New York Times, al tiempo que condenó que el “orgullo imprudente” del régimen “nos ha hecho retroceder un siglo”.
En Israel, la reapertura de oficinas y restaurantes marca el inicio de una recuperación paulatina. Muchos trabajadores, que habían permanecido en casa por orden del ejército, regresan a sus puestos.
En ciudades como Tel Aviv y Haifa, que sufrieron frecuentes bombardeos de misiles iraníes, algunos residentes vuelven a sus hogares tras haberse refugiado con familiares o amigos, aunque no sin una latente ansiedad en el aire.
Ido Emanuel, propietario de una cafetería en Jerusalén, recordó que, días atrás, debió llevar a sus clientes a refugios antiaéreos durante las alertas de ataques y que parte de su personal aún duda en regresar al trabajo, a la espera de que el alto el fuego se consolide.
“Las personas pueden entrar en un estado mental de emergencia mucho más fácilmente de lo que salen de él”, explicó.
De hecho, otros israelíes como Eldad Albow, desplazado junto a su esposa e hijas después de que un misil iraní dañara su apartamento en Bat Yam, aún no han podido regresar a la normalidad.
“Aún no estamos en esa situación de libertad a la que todos los demás ya han vuelto”, lamentó.
El impacto humano de la guerra se refleja también en las cifras; según el Gobierno israelí, al menos 28 personas murieron y más de 1.000 resultaron heridas durante los contraataques iraníes. Además, aproximadamente 15.000 personas fueron evacuadas de sus hogares dañados o destruidos por los bombardeos.
A ello, a su vez, debe sumársele el prolongado conflicto en Gaza, que ya supera los 20 meses y sigue pesando sobre la sociedad israelí.

Este miércoles por la mañana, la noticia de la muerte de siete soldados de las FDI en el enclave sacudió a la población.
“Si alguien estaba eufórico por la guerra y la victoria israelí —si es que se puede llamar así—, nos han dado una verdadera bofetada. No hay motivo para la euforia”, sumó Emanuel en diálogo con el Times.
En este contexto, la reconstrucción de todas estas ciudades y la recuperación emocional de la población involucrada ya se avecinan como procesos largos y complejos.
“Nos quedamos preguntándonos qué nos deparará el futuro”, dijo Asal en un intento por resumir el sentimiento de una región, marcada por la violencia y la inestabilidad.
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