
La reciente decisión del gobierno estadounidense de restringir el acceso del régimen de China a software de diseño para la próxima generación de chips -una medida ejecutada por el Bureau of Industry and Security (BIS)- ha puesto de relieve el inicio de conversaciones de alto nivel entre Estados Unidos y China que podrían definir el equilibrio de poder económico y tecnológico entre ambas potencias.
Según consignó Fox Business, este movimiento estratégico se suma a una serie de acciones que buscan limitar el avance chino en áreas clave como la inteligencia artificial, mientras ambos países se preparan para negociar en un contexto de tensiones comerciales y tecnológicas.
El experto en asuntos chinos de la Heritage Foundation Michael Pillsbury explicó -en diálogo con esa cadena norteamericana- que estas conversaciones servirán como un examen para dos visiones opuestas sobre la situación actual de China. Por un lado, existen analistas que describen a la economía china como debilitada, con altos niveles de desempleo y una supuesta urgencia por alcanzar un acuerdo con Estados Unidos.
Pillsbury señaló que, si esta interpretación resulta correcta, las negociaciones serían breves y concluirían con concesiones significativas por parte de Beijing, como la reducción de aranceles, la eliminación de controles a las exportaciones y la resolución de disputas sobre tierras raras. “Si ese fuera el caso, estas conversaciones durarían solo dos o tres horas. Lo que se informaría esta tarde sería que los aranceles serán muy bajos, los controles a la exportación se han eliminado y el problema de las tierras raras está resuelto”, detalló el especialista del renombrado think-tank.
Sin embargo, Pillsbury advirtió que existe una segunda perspectiva, que considera a China como una nación robusta y capaz de utilizar su dominio sobre los minerales de tierras raras como una herramienta de presión.
Según esta visión, la economía china no muestra señales de desesperación y mantiene una postura firme en temas sensibles como el tráfico de fentanilo, donde no ha habido avances en la cooperación bilateral. Pillsbury subrayó que “los chinos parecen no temer a los aranceles, siempre que no superen el 60 o 70%”, y que su gobierno se muestra relajado ante las medidas estadounidenses, lo que podría indicar una posición negociadora más sólida de lo que algunos analistas sugieren.
En cuanto al margen de maniobra de Estados Unidos en estas negociaciones, Pillsbury identificó los aranceles y los controles a la exportación como los principales instrumentos de presión. Según reportó Fox Business, el expresidente Donald Trump ha manifestado en varias ocasiones su intención de elevar los aranceles a un rango de entre 70 y 80%, aunque Pillsbury advirtió que “los chinos pueden soportar ese nivel de aranceles y probablemente no resolvería el problema”.
El verdadero poder de negociación, según el experto, reside en la capacidad de restringir el acceso de China a tecnologías críticas, como el software de diseño para chips avanzados, que resulta esencial para el desarrollo de la inteligencia artificial. Pillsbury destacó que la reciente decisión del BIS de prohibir la venta de este software a empresas chinas representa una de las fuentes de influencia más significativas para Estados Unidos.
Pero sobre todo, es el papel de la energía el que también surgió como un factor relevante en la estrategia estadounidense. Pillsbury coincidió con el secretario del Interior, Doug Bertram, en que el desarrollo de recursos energéticos nacionales, especialmente en Alaska, constituye una de las mejores cartas de Estados Unidos frente a la competencia con China.
Según detalló en una entrevista con Fox Business, Pillsbury consideró que las iniciativas impulsadas por Trump para potenciar la producción energética interna podrían convertirse en un “arma secreta” en la rivalidad a largo plazo entre ambos países.

El experto recordó que la estrategia de China para consolidar su posición global se remonta a tres décadas atrás, cuando el país asiático trazó un plan de desarrollo a largo plazo que, según Pillsbury, sigue vigente y funcionando. “Hace 30 años, los chinos establecieron esta estrategia. Todavía les está funcionando”, afirmó el especialista, citado por Fox Business. En contraste, Estados Unidos ha identificado formas de frenar el avance chino, pero aún no ha implementado plenamente estas medidas.
Las conversaciones de alto nivel que se desarrollan actualmente, según Pillsbury, ofrecerán una indicación clara sobre la verdadera fortaleza de China y la capacidad de Estados Unidos para influir en el rumbo de la competencia bilateral.
“La clave para nosotros es liberar nuestra propia economía, el desarrollo de fuentes de energía en Alaska. Hay toda una serie de cosas que el presidente Trump ya ha puesto en marcha y que serán nuestra fuente secreta o arma secreta en esta competencia a largo plazo con China”, señaló Pillsbury.
En este contexto, la preocupación por el suministro de tierras raras adquiere una importancia central, ya que estos minerales resultan esenciales para la fabricación de baterías y otros componentes tecnológicos.
Pillsbury advirtió que, si China decide restringir el acceso a estos recursos, “nuestras fábricas tendrían que cerrar”. Esta amenaza subraya la interdependencia entre ambas economías y la complejidad de las negociaciones en curso.
El tema del fentanilo también permanece sin avances, ya que China mantiene su postura y no ha mostrado disposición a colaborar en la lucha contra el tráfico de esta sustancia. Esta falta de cooperación añade otro elemento de tensión a las conversaciones, que se desarrollan en un clima de incertidumbre sobre el futuro de las relaciones bilaterales.
La presencia de Howard Lutnick como enviado presidencial y la participación activa del Departamento de Comercio en la definición de los controles a la exportación reflejan la importancia que la administración estadounidense otorga a estas negociaciones. Pillsbury enfatizó que el BIS es un organismo poco conocido pero con un poder considerable, ya que determina qué tecnologías pueden exportarse a China y cuáles deben restringirse para proteger los intereses estratégicos de Estados Unidos.
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