
Ucrania es un país “estratégicamente crítico” para Rusia, y el Kremlin cree que mantenerlo bajo su influencia es absolutamente necesario para su defensa. En 2014, Ucrania miraba hacia el oeste, quería integrarse a la UE y la OTAN. Kiev pensaba que ese cambio de estrategia geopolítica también era imprescindible para su supervivencia. De ahí la ocupación rusa de Crimea y el fomento de los movimientos independentistas en Donetsk y Luhansk. Y la guerra que se extiende desde entonces con 14.000 muertos a cuesta.
Ucrania aún no es miembro de la UE ni de la OTAN. En ese sentido, Rusia obtuvo lo que quería. El costo fueron las sanciones que Occidente le impuso en materia de energía, defensa y finanzas. Eso es lo que ahora quiere también sacarse de encima Moscú y para eso recurre a su antiguo poder del zarpazo de oso. Aumenta su presencia militar en las zonas en conflicto y amenaza a Europa y Estados Unidos. Su objetivo es que siete años después de su movimiento estratégico para evitar la expansión occidental sobre su territorio de influencia, se acepte de hecho la invasión, la anexión y el control sobre Ucrania.
Y para lograrlo, tiene un plan digno de la imaginación de Maquiavelo. Busca que las dos regiones separatistas celebren elecciones locales y se gobiernen a sí mismas, pero que no se separen completamente de Ucrania. Moscú quiere que los territorios sigan siendo semiindependientes, y de esa manera utilizarlos para influir en los acontecimientos políticos dentro de Ucrania, por ejemplo, para bloquear cualquier movimiento de adhesión a la OTAN. El objetivo final de Rusia es que este estatus cuasiindependiente se consagre en la constitución ucraniana.

Para la dirigencia política de Ucrania esto es inaceptable. El ex comediante y actual presidente Volodymyr Zelensky pareciera estar dispuesto a todo para impedir que Moscú termine haciendo del país un títere. Durante la presidencia estadounidense de Donald Trump no había obtenido más que un apoyo tibio, que dejó prácticamente las manos libres a Putin para continuar con su ocupación y ofensiva político-militar. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca le dio otra oportunidad. Zelensky empezó a hacer gestiones para que la nueva administración se involucrara más directamente en el conflicto y que le trazara una línea roja a Rusia para que no siguiera avanzando. En momentos de pandemia y recesión económica, así como los enfrentamientos con Irán y Norcorea, entre otros, Biden no parecería tener mucho tiempo para pensar en Ucrania.
Putin lo sabe y es probable que haya decidido concentrar tropas en la frontera ucraniana en este momento aprovechando la debilidad de Estados Unidos y esperando que la presión haga que los dirigentes ucranianos avancen hacia la negociación de una solución política del conflicto, incluso sin el retiro de las tropas. La OTAN pareciera tampoco estar dispuesta a intervenir en este momento mientras el conflicto se mantenga en estos niveles. Incluso, la alianza militar hizo oídos sordos al pedido que le hizo esta semana Zelensky de crear una hoja de ruta que lleve a Ucrania a incorporarse a la alianza en un tiempo prudencial.
La OTAN parece estar calculando que es improbable que Rusia escale demasiado la situación. Los analistas de la organización creen que Moscú puede amenazar pero que no quiere involucrarse en otro costoso conflicto sin una clara estrategia de salida. Siempre es posible que algún hecho inesperado pueda hacer que los países occidentales, ya frustrados con las acciones de Rusia en una serie de otras áreas (interferencia electoral, ciberataques, la detención del disidente Alexei Navalny) decida finalmente dar una mano a Ucrania, al menos en forma de sanciones más severas.

Si se tiene en cuenta que la intervención militar en favor de Donetsk y Luhansk no tiene el mismo atractivo político para la opinión pública rusa que las anteriores incursiones en Georgia y Crimea, el cálculo de riesgo-recompensa es demasiado desequilibrado para Putin. Ucrania, por su parte, no quiere formar parte de una guerra prolongada con su vecino mucho más grande si puede evitarlo; Kiev también sabe que, si emprende cualquier acción ofensiva contra Rusia, se arriesga a perder el poco apoyo occidental.
“Teniendo en cuenta todo esto, seguramente el enfrentamiento se concentrará a las áreas limitadas a lo largo de la línea de alto el fuego, pero no mucho más allá de eso; y mientras la violencia se contenga, es poco probable que conduzca a más sanciones contra Rusia”, escribió el analista Ian Bremmer, presidente del centro de estudios Eurasia Group.
El conflicto comenzó en noviembre de 2013 cuando se registró una protesta estudiantil proeuropea para forzar al presidente ucraniano Víktor Yanukovich y el primer ministro Mikola Azarov a firmar un tratado de asociación con la Unión Europea. Tomaron la histórica plaza de Maidán y resistieron. Se convirtió en una revolución que acabó con el Gobierno y provocó una contrarrevolución en la región oriental de Donbás. En Moscú se encendieron todas las luces rojas y Putin ordenó la invasión de la península de Crimea. Las fuerzas nacionalistas dentro de la Federación Rusa, azuzadas por los medios gubernamentales durante años y entusiasmadas con la anexión, se dieron a la tarea de liberar el este de Ucrania del resto del país. En abril de 2014, las tropas rusas entraron en territorio ucraniano para dar apoyo a los separatistas y se enfrentaron a las tropas del ejército de Kiev. Se proclamaron las repúblicas Donetsk y Lugansk y Moscú se apuró a darles pasaporte a todos los habitantes para convertirlos en rusos. Desde entonces se suceden los incidentes militares. Solo en la última semana, murieron cuatro soldados ucranianos.

Rusia ya acumuló unos 80.000 soldados en la región fronteriza en un despliegue abierto que incluye tanques y otras unidades de artillería, sistemas de misiles balísticos de corto alcance y el fortalecimiento de la flota en el Mar Negro, según las estimaciones de la compañía de inteligencia militar Jane’s. Miles de soldados se encuentran cerca de las ciudades de Voronezh y de Rostov del Don, a muy pocos kilómetros de la región del Donbás, donde también llegaron jóvenes cadetes que realizan el servicio militar obligatorio.
Y hasta apareció Turquía en el medio. El fin de semana, el presidente Zelenski se reunió en Estambul con su par Recep Tayyip Erdogan. Turquía es miembro de la OTAN y pese a que en los últimos años se acercó a Rusia, no reconoce la anexión de Crimea. También vendió material militar a Kiev. La posibilidad de que Ucrania consiga más armamento turco hizo que la cancillería rusa lanzara un comunicado pidiendo a “todos los países responsables” que “no alimenten los sentimientos militaristas” de Kiev. Turquía ya intervino en el conflicto de Nagorno Karabaj, donde apoyó a Azerbaiyán mientras Moscú hacía lo propio con Armenia. Esto le hizo ganar influencia en el Cáucaso a los turcos y muchos en Ankara están entusiasmados con la idea de volver a enfrentar los intereses rusos en Donbás. De esa manera, podría involucrarse en el conflicto ruso-ucraniano un miembro de la OTAN y obligar a Europa y Estados Unidos a tomar una decisión mucho más firme frente a Rusia.
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