
Para un distraído, Okinotorishima –isla Okinotori en japonés– puede parecer la posesión más inútil. Sin embargo, en las últimas décadas, Japón gastó más de 600 millones de dólares para mantener este atolón inhabitable, que cuenta con menos de 10 metros cuadrados de tierra repartidos en rocas.
Ubicado en el mar de Filipinas, casi a la misma distancia de ese país que de Japón y de Taiwán, Tokio lo declaró territorio propio en 1931, ante la ausencia de otros países que lo reclamaran para sí. Esto, a pesar de que está a 1.740 kilómetros de la capital japonesa.
En ese momento era un arrecife de coral de 8.482 metros cuadrados, conformados casi en su totalidad por la laguna de agua marina creada por la barrera y por dos islotes de piedra diminutos. Con el correr de los años, Japón construyó un islote artificial y una plataforma de 100 metros de largo por 50 de ancho, que funciona como estación de investigación.
Okinotorishima fue descubierto por exploradores españoles en el siglo XVI. Hay discusiones sobre si el primero en verlo fue Bernardo de la Torre en 1543 o Miguel López de Legazpi en 1565, pero no hay dudas sobre el primer nombre con el que fue bautizado: Parece Vela, una evidente referencia a la forma del atolón.
Como no parecía tener ningún valor, los españoles lo registraron y siguieron su curso. Dos siglos más tarde llegaron los británicos, los nuevos dueños del mar, menos imaginativos para nombrarlo. El capitán William Douglas, que lo avistó a bordo del buque Iphigenia, lo bautizó Arrecife Douglas. Nadie volvería a prestarle demasiada atención hasta la llegada de los japoneses.
Fueron los primeros ocupantes que decidieron hacer algo allí. Habían comenzado incluso a construir un faro, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. La derrota a manos de Estados Unidos los dejó sin acceso al atolón hasta 1968.
A esa altura, se hizo evidente para Japón que debía hacer una importante inversión para mantener a flote el atolón, cada vez más amenazado por la erosión marina. Sin dudarlo, Tokio reforzó la barrera de coral con placas de acero y de concreto, y erigió el islote artificial y la estación de investigación, que están sometidas al permanente acecho de los tifones y que por eso requieren un mantenimiento continuo.
¿Por qué Okinotorishima es tan importante para Japón? Porque, según su interpretación del derecho marítimo, le permite reclamar para sí una zona económica exclusiva de 200 millas náuticas (370 kilómetros) en torno del atolón. China, Taiwán y Corea del Sur ven las cosas de otra manera y afirman que Okinotorishima no reúne los requisito para ser considerado una isla, por lo que no le corresponderían las 200 millas de exclusividad.
La zona contiene caladeros con mucho potencial pesquero, y posibles depósitos de petróleo, entre otros recursos energéticos. Pero más allá de las pretensiones económicas, el atolón tiene una importancia estratégica para Japón en términos de seguridad nacional. Con una China en expansión permanente, tener una base para monitorear las posibles actividades militares chinas tan al sur es una fuente de tranquilidad.
Beijing no reclama Okinotorishima como propia, ya que no tendría argumentos para ello. Pero ve con inquietud la presencia japonesa allí e intenta minimizarla por todos lo medios a su alcance. Nada hace pensar que alguna de estas potencias vaya a ceder en sus pretensiones, y en un mundo cada vez menos cooperativo, puede que este diminuto atolón adquiera una importancia creciente.
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