
El sábado 12 de octubre de 1968, apenas diez días después de la masacre de Tlatelolco que marcó a México para siempre, el presidente Díaz Ordaz inauguró los XIX Juegos Olímpicos, bautizados como La Olimpiada de la Paz.
Fue en el Estadio Olímpico ubicado en el corazón de la UNAM, donde estudiaban muchos de los estudiantes masacrados. Ni Díaz Ordaz ni nadie del gobierno, ni la oposición o los medios de comunicación mexicanos, hicieron una sola referencia a la matanza. Pero un inocente acto de protesta logró amargarle el día al "presidente de la paz".
Mientras daba su discurso ante 60.000 personas, por encima suyo comenzó a volar un papalote (barrilete o cometa) de color negro en forma de paloma. Lo estaban remontando unos estudiantes en protesta por la masacre del 2 de octubre. Los televidentes de buena parte del mundo, que veían unos juegos olímpicos en directo y vía satélite por primera vez en la historia, no sabían de que se trataba. Pero sí fue muy bien interpretado por millones de mexicanos que conocían el significado de ese papalote negro.
Nadie sabía en ese momento que otro gesto, de un puño negro en alto, el símbolo del Black Power, iba a convertirse en otra marca indeleble de esa olimpíada que hace cincuenta años conmovió al mundo.
———————————–.
La tarde del 2 de octubre de 1968, unos 15.000 estudiantes de varias universidades marcharon por las calles de la ciudad llevando claveles rojos en la mano. Finalmente, la marcha llegó a Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, donde iban a hablar los integrantes del Consejo Nacional de Huelga (CNH). Allí ya estaban las tropas del Ejército desplegadas rodeando la zona. Especialmente custodiado estaba el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que se levanta en una de las esquinas de la plaza. Dos helicópteros sobrevolaban.

Los líderes estudiantiles habían conseguido un contacto que les abrió las puertas de un departamento del tercer piso del Edificio Chihuhua, desde el que se observa y "controla" toda la plaza. Allí esperaron a que la gente fuera agolpándose. Había junto a ellos varios periodistas. Los fotógrafos y camarógrafos también estaban apostados en la terraza del edificio. En ese momento aparecieron en el lugar unos tipos vestidos con unos overoles que dijeron ser trabajadores de la compañía de agua de la ciudad. En realidad eran agentes del denominado Batallón Olimpia (BO), creado para dar seguridad en los Juegos Olímpicos.

Al rato aparecieron otros hombres de civil que tenían un extraño pañuelo blanco enroscado en la muñeca o guantes de ese mismo color. Era la marca por la que se reconocerían. Los estudiantes no se dieron cuenta de que se trataba de infiltrados armados. El cabo Mario Sierra, del Primer Batallón del Cuerpo de Guardias Presidenciales, dio su testimonio cuarenta años más tarde de cómo se movieron las fuerzas armadas:
Al mediodía nos dicen que nos vayamos a Tlatelolco para estar pendientes de lo que pudieran hacer los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. Estaba con el sargento Juan de Dios Gama Estrada, que era mi superior pero también mi amigo. Nos ordenaron que no lleváramos identificaciones y, sin darnos mayores explicaciones, nos dijeron que si había problemas y éramos detenidos, pidiéramos que nos presentaran ante un agente del Ministerio Público. Ya en la delegación, deberíamos dar la consigna secreta para quedar libres: 'Yo pedí hablar con usted, señor licenciado'.
Nosotros éramos OP, Oreja de Perro, nos hacíamos pasar por estudiantes y buscábamos información de lo que estaba sucediendo. Teníamos el pelo largo y siempre andábamos vestidos así como los estudiantes. Cuando llegamos habría unas cinco mil personas pero para las 17:10 o 17:15 que empezó el acto, ya había 10.000 sino más. Vi unos movimientos que no me gustaron y llegué a reconocer a algunos de los que iban empujando para entrar en el edificio grande de enfrente (el Chihuhua). Le dije a Gama que nos corriéramos hacia una esquina. Me olía mal. Después entendí que la plaza era una ratonera y el edificio Chihuahua la trampa.

En el momento en que el líder estudiantil López Osuna terminó de hablar y le cedió el micrófono al segundo orador, apareció un helicóptero volando casi al ras de los edificios y lanzó tres bengalas, dos verdes y una roja. Era la señal que estaban esperando los enguantados del Batallón Olimpia. De pronto, comenzaron los disparos de francotiradores apostados en todas las terrazas y los supuestos obreros de la compañía de aguas sacaron sus pistolas y tiraron contra los que estaban en los pasillos del tercer piso. En la terraza hirieron a la famosa periodista italiana Oriana Fallaci y la noticia comenzó a circular por Europa y pronto en todo el mundo.
El periodista francés, Fernand Choisel, de la radio Europa Uno, que había cubierto unos meses antes los disturbios en París, estaba ahora en uno de los balcones del edificio Chihuahua presenciando alucinado la estrepitosa reacción militar:
"Las ametralladoras empezaron a rociarlo todo. Me tiré al suelo y fue el caos. Estaba boca abajo. Ya no veía nada. Había un ruido ensordecedor. Mi única obsesión era salirme del balcón. Correr hasta las escaleras. No recuerdo si corrí o me arrastré. […], Imagínese: el ruido de las ametralladoras afuera… las balas que rebotaban por todas partes… el agua que caía y caía".
Aún se desconoce la cifra exacta de los muertos y heridos. En ese momento, el gobierno informó que habían sido sólo veinte las víctimas. Tres años más tarde, la prestigiosa escritora Elena Poniatowska entrevistó a decenas de testigos para su trascendental libro La noche de Tlatelolco entre los que está el de una madre que buscó bajo la pila de cadáveres a su hijo. Ella le comentó a la escritora que había contado al menos 65 muertos en una sola esquina de la plaza. El periodista inglés John Rodda que había llegado a México para cubrir las Olimpíadas hizo en ese momento una investigación en los hospitales y la morgue para llegar a la conclusión de que los muertos eran 325 y los heridos más de mil. Otra investigación de la BBC logró encontrar los informes de la CIA estadounidense que hablan de 200 a 300 víctimas. De acuerdo al periodista e investigador Paco Ignacio Taibo II, quien en 1993 encabezó una Comisión de la Verdad sobre estos sucesos, en esa "trágica" tarde "fueron disparados 15 mil proyectiles que dejaron 300 muertos, además de 700 heridos. Los detenidos fueron más de cinco mil. De la operación de represión participaron unos ocho mil militares.
———————-.
Los juegos tuvieron un transcurso normal con algunos momentos memorables: millones de personas quedaron atónitas ante el salto de altura de Dick Fosbury, se emocionaron con la remontada del mexicano José Pedraza empujado por el aliento de 60.000 compatriotas, contemplaron cómo Enriqueta Basilio se convertía en la primera mujer en encender la Llama Olímpica y se hicieron las primeras pruebas antidopaje de la historia. Pero los juegos del 68 estuvieron marcados por otro simple acto de protesta, esta vez de dos atletas negros estadounidenses.
Tommie Smith y John Carlos, dos estudiantes de la Universidad Estatal de San José, en California, habían obtenido el primer y tercer puesto en la final de los 200 metros llanos. Sabían que cuando les dieran las medallas iba a aparecer el presidente del Comité Olímpico, Avery Brundage, para darles la mano. Brundage era un racista que había estado intentando que Sudáfrica compitiera con un equipo segregado, sólo con blancos. Cuatro años más tarde se hizo célebre por no mencionar en su discurso de apertura de los juegos del 72 a los atletas judíos asesinados en la Masacre de Munich. Smith y Carlos formaban parte del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (OPHR), un movimiento que buscaba romper las barreras raciales latentes en el deporte de la época. Durante los entrenamientos, unos meses antes, habían acordado que si subían al podio se enfundarían unos guantes negros, levantarían el puño en señal de protesta por la discriminación racial de su país y le darían la mano a Brundage en forma despectiva con el guante puesto.

En la mañana del 16 de octubre de 1968, Tommie Smith ganó la carrera de los 200 metros con un récord mundial de 19.83 segundos, con el australiano Peter Norman en segundo lugar y Carlos en tercera posición. Cuando estaban por subir al podio para recibir las medallas, se dieron cuenta de que tenían un solo par de guantes. Habían dejado el otro en el vestuario. Smith se puso el derecho y Carlos el izquierdo. Luego explicaron que esa acción representaba la pobreza negra. Smith llevaba también un pañuelo negro alrededor de su cuello "para representar el orgullo negro". Carlos tenía su buzo desabrochado como "muestra de solidaridad con todos los obreros de los Estados Unidos" y un collar que, según él, era "para las personas que fueron linchadas o asesinadas, y nadie ha dicho una oración por ellos, por los que fueron ahorcados y por los que traían de África y arrojaron al agua".
También se llevaron una sorpresa cuando apareció el australiano y blanco, Peter Norman, a recibir su medalla de plata luciendo en el pecho la misma insignia del OPHR que llevaban sus colegas negros. Cuando comenzó a sonar el himno estadounidense, Smith y Carlos bajaron la cabeza, cerraron los ojos y realizaron el saludo del puño en alto (uno con el derecho el otro con el izquierdo), un gesto que ocupó las portadas de todos los diarios del mundo. Cuando abandonaron el podio fueron abucheados por la multitud. En una conferencia de prensa posterior, Smith justificó su acción:
"Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche".

Una parte de su plan no les había salido como tenían previsto. Brundage no estuvo presente en la ceremonia. Pero, de inmediato, lanzó su furibunda respuesta. El COI obligó a la delegación estadounidense a expulsar a los dos atletas bajo la amenaza de descalificar a todo el equipo. A pesar de que perdían a dos de sus mejores corredores para otras competencias, aceptaron la sanción para preservar al resto de la delegación y las 107 medallas que estaban ganando. Smith y Carlos fueron perseguidos por años. Recibieron todo tipo de amenazas. Por algún tiempo jugaron en equipos de fútbol americano pero después tuvieron que emplearse en trabajos de poca categoría porque nadie los quería aceptar como entrenadores. A Norman le pasó algo parecido en Australia quedando en el ostracismo por 30 años. Kim, la esposa de Carlos, no pudo soportar el acoso del FBI y terminó suicidándose. Norman murió, prematuramente, en 2006, su féretro fue transportado por sus dos compañeros negros del podio. Carlos sigue militando en organizaciones de derechos humanos y en el movimiento Occupy Wall Street. Smith se vio obligado, en el 2010, a vender su medalla para pagar deudas.
————————————————.
El cierre de las Olimpíadas, el 27 de octubre, fue con una ceremonia sencilla y de gran alivio para el gobierno mexicano. A pesar de las amenazas, no hubo grandes manifestaciones en su contra. La alegría mostrada por los 5.516 atletas de 112 países que participaron de los juegos logró opacar las denuncias de torturas a las que estaban siendo sometidos los estudiantes detenidos en dependencias del Ejército. Pero la imagen que iba a perdurar por años fue la de los puños enguantados de negro. Para entonces y hasta fin de ese 68 se sucedieron algunas marchas y protestas estudiantiles, aunque ninguna trascendente. El movimiento había perdido el impulso, como todos los otros del mundo. Apenas en la Plaza Garibaldi del DF, lugar de encuentro de todos los grupos populares de mariachis, se escuchaba este corrido que se sigue cantando hasta hoy:
Para que nunca se olviden
las gloriosas Olimpiadas,
mandó matar el Gobierno
cuatrocientos camaradas.
¡Ay! plaza de Tlatelolco,
cómo me duelen tus balas
cuatrocientas esperanzas
a traición arrebatadas.
*Gustavo Sierra (@gsierra) es autor de "El 68, el año que marcó a fuego al mundo". (Planeta)
MÁS SOBRE ESTE TEMA:
Últimas Noticias
Congreso mexiquense avala iniciativa para que la CFE condone deudas a estados y municipios
La propuesta será enviada al Congreso de la Unión para su revisión

Juan José Ebenezer, mecánico: “Esta subida del precio del combustible que estás pagando realmente se debería de pagar cuando se agoten las reservas”
Las petroleras anticipan la subida del precio para cubrir posibles costes futuros, pese a contar con grandes reservas almacenadas

Juanma Lorente, abogado: “Existen dos formas de acabar con el acoso laboral”
Una opción implica dejar el empleo de forma voluntaria y otra permite reclamar derechos y acceder a indemnización

Un descendiente de sefardíes obtiene la nacionalidad española tras denegársela: prueba su vinculación con España
La Audiencia Provincial de Madrid concede el pasaporte español después de verificar la condición de sefardí originario y de evidenciar una especial vinculación con el Estado

El vino español que se ha llevado el Oscar de la copa de Leonardo DiCaprio en ‘Una batalla tras otra’
La bodega toledana Más Que Vinos es la productora de la bebida que aparece en una de las escenas finales de la Mejor película de este año



