
A Vladimir Putin no le interesa el fútbol. Nunca lo practicó o hizo comentarios de futbolero. Es un hombre de deportes más rudos. Desde la época en que era un agente de la KGB, la central de inteligencia soviética, se mantiene en forma levantando pesas y nadando en lagos helados. Juega cada tanto al hockey sobre hielo que es el único juego colectivo que tiene permitido agarrarse a trompadas con el rival. Cuando se va de vacaciones le gusta mostrar su torso lampiño mientras anda a caballo o pesca truchas.
En el Kremlin dicen que estuvo practicando semanas para poder hacer un jueguito de pelota en su oficina cuando lo visitó Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, para el lanzamiento del Mundial de fútbol que se juega en su país hasta el 15 de julio. A pesar de esto, no dudó ni un segundo en gastar 12.000 millones de dólares –la oposición rusa asegura que fue, en realidad, más del doble- para organizar uno de los torneos globales más caros de la historia. Sabe que la mayor fiesta del fútbol es una fabulosa maquinaria de propaganda y la está aprovechando para intentar cambiar la imagen de "dictador de hielo" que mantiene en el mundo.

La tarea no va a ser sencilla. Rusia está acusada de crímenes de guerra en Ucrania y Siria, de envenenar opositores en Gran Bretaña y de manipular los centros de cómputos e información de los partidos en las últimas elecciones de Estados Unidos y otros países. La economía rusa está bajo sanciones económicas por estas intervenciones y Putin tiene una pésima imagen entre sus colegas europeos. Apenas un puñado de personajes menores lo acompañaron en la apertura del Mundial en Moscú. Todo parece indicar que su enorme inversión para lavarse la imagen podría quedar corta ante semejante empresa. Aunque cuenta con un amigo accidental que le podría dar una mano: el inefable Donald Trump.
La revista The New Yorker de la última semana cita a un alto funcionario de la Casa Blanca diciendo que el presidente estadounidense está presionando a su entorno para concretar cuanto antes una cumbre con su "amigo" Vladimir. La mayoría de los asesores de Trump están azorados. Hay un fiscal especial, Robert Muller, que los investiga por los contactos que tuvieron durante la campaña presidencial con espías rusos y la intervención de hackers de ese país en la organización de la rival demócrata Hillary Clinton. Un viaje de Trump a Rusia lo único que va a hacer es aumentar las suspicacias. Pero en Washington se especula con que el presidente podría viajar a Moscú para la final del Mundial y concretar su ansiada cumbre con el jefe del Kremlin.
"Putin quiere lavarse la cara aunque tiene un propósito aún más grande que es el de mostrar que es el líder de un país fuerte y confiable para organizar grandes eventos internacionales", analizaba la semana pasada Andrei Kolesnikov, uno de los analistas del Instituto Carnegie de Moscú. También recordaba que el Kremlin tiene una larga historia del uso del deporte para propagar sus intereses e ideología. La Unión Soviética presentaba a sus atletas como seres humanos "superiores" forjados bajo el comunismo. Durante los juegos olímpicos de Moscú, en 1980, el aparato del Estado aprovechó para aplastar a todos los grupos disidentes y hasta quitaron de las calles a vagabundos e incapacitados para dar una mejor imagen. Putin volvió a utilizar algunos de estos recursos durante las Olimpíadas de Invierno 2014 en Sochi. Invirtió sumas de dinero extraordinarias que fueron a parar a los bolsillos corruptos de algunos de los jerarcas más cercanos al régimen. Y le dio resultado, los juegos fueron un éxito y hasta el FSB, el Servicio Federal de Seguridad sucesor de la KGB, trabajó junto al FBI estadounidense para evitar un ataque de los grupos jihadistas islámicos. Claro que mucho de ese esfuerzo terminó desperdiciado cuando una serie de investigaciones de la prensa internacional revelaron que los rusos vienen utilizando desde hace muchos años sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento de sus atletas.

El gran riesgo que corre ahora Putin es el de un posible ataque terrorista que desbarate el mundial. Si bien Rusia está blindada por el ejército, la presencia de unos 600.000 hinchas/turistas que se desplazarán por el territorio ruso siguiendo a sus equipos complica mucho la seguridad. El otro elemento es que dentro de su propio territorio conviven decenas de miles de chechenos, musulmanes del Cáucaso, que libraron dos guerras por su independencia contra las fuerzas de Moscú. Unos 4.000 combatientes chechenos que sobrevivieron al conflicto se enrolaron en las filas de las redes terroristas Al Qaeda e ISIS. Se cree que muchos de ellos regresaron a Rusia tras la caída del Califato en Siria e Irak. En los últimos meses aparecieron mensajes de texto y videos firmados por el ISIS amenazando con matar a Putin a quien califican de "asesino de musulmanes" y de cortarles la cabeza a los más famosos futbolistas como Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. "La sangre va a rebalsar en los estadios", lanzaron los terroristas en sus sitios de Internet.
Uno de los videos con los que ISIS amenazó un atentado
Rusia está interviniendo en la guerra de Siria en apoyo al dictador Bashar al Assad y en una coalición con Irán y el Hezbollah libanés. Allí participó de los ataques contra el ISIS. Y el grupo terrorista podría intentar una venganza a través de algún lobo solitario como ya lo hizo en Londres, Manchester o Barcelona. Un informe de la organización especializada Jane's dice que "para ISIS un ataque en Rusia durante el mundial sería un golpe propagandístico enorme en un momento en que se encuentra desbaratado y en retroceso". Y recuerda que los chechenos jihadistas tienen una gran experiencia en la construcción y manipulación de bombas. Dos de las ciudades que son sedes de los partidos del mundial preocupan especialmente. Nizhny Novgorod, a 400 de Moscú, fue escenario el 4 de mayo de un ataque de un terrorista que hirió a tres policías y después resistió durante horas encerrado en un departamento en el que encontraron varias bombas. El lugar está muy cerca del estadio donde deberán jugar Argentina, Inglaterra y Suecia. Un mes antes, agentes de inteligencia mataron en esa misma zona a otro extremista que estaba escapando. En Volgogrado, donde juegan España, Irán y Arabia Saudita, hace cuatro años se produjo un atentado con dos kamikazes que se hicieron explotar en el centro de la ciudad dejando 34 muertos y decenas de heridos. En noviembre pasado, otro miliciano del ISIS atacó con un cuchillo e hirió a otros dos policías.
El gobierno ruso asegura que nada de todo esto va a suceder porque su sistema de seguridad es muy eficiente y ya fue probado en las olimpíadas de Sochi. El jefe del FSB, Alexander Bortnikov dio un informe antes de comenzar el mundial en el que aseguró que sus hombres desbarataron 12 células terroristas y detuvieron a 189 milicianos entre enero y abril de este 2018. Bortnikov no dio detalles de los operativos pero sí hay mayores evidencias de que se aprovechó la campaña antiterrorista para atacar a la disidencia política. El 15 de mayo fue encarcelado el máximo líder opositor, Alexei Navalny. También fueron sentenciados dos de sus colaboradores: Sergei Boyko y Ruslan Shaveddinov. Y hasta la secretaria de Navalny, Kira Yarmysh, fue encarcelada por enviar tweets informando de la situación. Otro de los detenidos es el director de cine Oleg Sentsov acusado junto a unos 70 activistas de los derechos humanos por denunciar las atrocidades cometidas en Ucrania. Amnistía Internacional dijo que las sentencias habían sido dictadas en "juicios propagandísticos como los que se armaban en la era de Stalin".

Nada de esto parece atemorizar a Putin quien ya logró lo más básico e importante: que fueran a Rusia todos los equipos clasificados y los fans que compraron sus entradas para ver los partidos. El boicot de los líderes occidentales es apenas rutina para él. Ahora intentará con todas sus fuerzas evitar hasta el más mínimo incidente, incluso con los "barrabravas" rusos de extrema derecha que ya protagonizan habitualmente duras reyertas en su país y en Europa. Pero no todo se puede controlar como cree el hombre que fue espía en la ex Alemania del Este. Con el fútbol todo es imprevisible.
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