La interacción entre animales salvajes suele sorprender por su complejidad. Un video viral publicado en la red social X por el usuario @amazingnature mostró en un minuto cómo una serpiente devoró a otra. El clip superó las 300.000 visualizaciones y generó gran interés entre especialistas y el público general, al exponer un comportamiento poco conocido dentro del mundo de los reptiles.
En cuanto a este fenómeno, un grupo de investigadores profundizó en el tema y publicó un estudio científico en la Revista Latinoamericana de Herpetología. El artículo documenta un caso inédito de depredación entre serpientes en la Amazonía ecuatoriana y aporta datos novedosos sobre la dieta, el comportamiento y la conservación de dos especies nativas.

Un hallazgo inesperado sobre depredación entre serpientes
En Ecuador, científicos reportaron que la serpiente Erythrolamprus guentheri se alimentó de otra especie nativa, Tantilla melanocephala, en la provincia de Pastaza. Según el hallazgo: “Estos registros amplían el conocimiento sobre la historia natural de ambas serpientes y suman a E. guentheri como nuevo depredador de T. melanocephala”. El documento describe dos episodios independientes.
En el primero, un juvenil de E. guentheri fue observado mientras mordía y comenzaba a ingerir a su presa, una T. melanocephala, por la cabeza. El segundo registró a un ejemplar adulto trasladando a una T. melanocephala muerta hasta el borde de un sendero, donde inició su ingestión. Ambos hechos ocurrieron en bosques secundarios cercanos a zonas de alta actividad humana, lo que pone de manifiesto la capacidad de estas especies para sobrevivir en hábitats modificados. El registro también muestra que la ofiofagia —la práctica de depredar serpientes— ocurre bajo diferentes condiciones ambientales.

La Erythrolamprus guentheri, conocida como “falsa coral”, pertenece a un grupo de 56 especies que viven en América Central y del Sur. Utiliza el mimetismo Mülleriano para defenderse, es decir, adopta los colores de serpientes venenosas del género Micrurus y logra así reducir el riesgo de ser atacada por depredadores. La especie está clasificada como “Casi Amenazada” en Ecuador y como de “Preocupación Menor” a nivel internacional, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
En tanto, Tantilla melanocephala es una serpiente semifosorial (que pasa parte del tiempo bajo tierra), ampliamente distribuida desde Panamá hasta el noreste de Argentina. Suele encontrarse tanto en bosques primarios como en áreas degradadas. Antes de este estudio, se la había registrado como presa de aves, arácnidos y otras serpientes, pero nunca de E. guentheri. Este detalle permite completar el panorama de las redes alimentarias amazónicas.
La investigación estuvo a cargo de un equipo multidisciplinario conformado por la Universidad Estatal Amazónica, Ikiam, el Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO), Waska Amazonía, el Jardín Botánico “Las Orquídeas”, la Fundación Cóndor Andino y observadores locales. Los expertos documentaron dos eventos en campo, ocurridos en 2016 y 2020 en la provincia de Pastaza.

Ambos episodios se registraron en senderos y áreas de bosque secundario. Los investigadores relataron que, en cada caso, la serpiente depredadora comenzó el consumo por la cabeza de la presa, una conducta habitual en especies ofiófagas porque facilita la ingestión y disminuye el esfuerzo.
Por otro lado, las cobras, han sido ampliamente documentadas como ofiófagas. Un estudio encontró que entre el 13% y el 43% de su dieta consiste en otras serpientes, incluso individuos de su misma especie. Este patrón se observó predominantemente en machos, lo que podría estar relacionado con la competencia sexual o la lucha por recursos.
Los investigadores sugieren que este comportamiento puede haber evolucionado a partir de conflictos intraespecíficos, en los que los machos eliminan rivales para aumentar sus oportunidades de apareamiento.
Los hallazgos trascienden la biología pura y ofrecen herramientas para la conservación de la biodiversidad amazónica. Este tipo de registros permite comprender mejor cómo interactúan las especies en entornos terrestres cambiantes y advierte sobre la importancia de preservar su hábitat. Los investigadores remarcan que la participación de comunidades locales en la recolección de datos no solo “enriquece la investigación”, sino que también fomenta la protección del entorno.
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