
Desde los alrededores de su casa, Dayana Blanco Quiroga y su familia podían ver muchos flamencos rosados volar sin miedo. Con sus amigos, solía jugar a pescar, y sus abuelos podían sentarse a ver las puestas de sol.
Pero esa relación armónica entre seres humanos y ambiente se ha resquebrajado durante las últimas dos décadas.
Dayana vive cerca de un lago, el Uru Uru, ubicado en la zona central de la región del Altiplano andino, en el departamento de Oruro, Bolivia, y, en el intento de reestablecer el equilibrio perdido, se decidió a cofundar un grupo ambiental, el “Uru Uru Team”. Hoy, en el Día Internacional de la Mujer, la joven fue reconocida por la Convención Ramsar como una de las “Mujeres Hacedoras de Cambio 2024″ por su contribución a la protección de los humedales.
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“El Lago Uru Uru es un ecosistema que fue afectado por el cambio climático y ha sido alterado por contaminantes que vienen desde las aguas residuales de la ciudad de Oruro como de explotaciones mineras de la zona, en especial de la mina San José”, contó Dayana al ser entrevistada por Infobae.
Además, el lugar ha sido vertedero de más de 8.000 toneladas de botellas descartadas, contenedores, juguetes, bolsas plásticas, neumáticos, entre otros.
Una guardiana de los humedales

Dayana también fue destacada como “Guardiana de la restauración de humedales 2024” por el Global Landscapes Forum (GLF), una plataforma basada en conocimiento sobre el uso integrado de la tierra, que dirige el Centro para la Investigación Forestal Internacional–Centro Mundial de Agrosilvicultura (CIFOR-ICRAF), en colaboración con sus cofundadores PNUMA y el Banco Mundial.
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El año pasado, la iniciativa de Uru Uru Team ganó el Premio Ecuatorial, con apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), un reconocimiento que se concede cada dos años para reconocer esfuerzos destacados para reducir la pobreza mediante la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad.
Existe una preocupación global por los humedales, ya que albergan miles de especies y ofrecen servicios ecosistémicos en todo el mundo. Por ejemplo, filtran el agua, facilitan medios de subsistencia, proporcionan alimentos y mitigan el cambio climático.
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Sin embargo, se están perdiendo tres veces más rápido que los bosques y por eso, las poblaciones de algunas de sus especies están disminuyendo a una velocidad sin precedentes.
Dayana es miembro de la comunidad indígena aymara y vive en la Comunidad de Vito, una población a 4 kilómetros al sur de la ciudad de Cochabamba. Junto con un grupo de jóvenes, ha empezado a restaurar al lago.
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“En 2019 sentíamos malos olores muy fuertes en las aguas del lago Uru Uru. Había personas de nuestra comunidad, especialmente niños, que ya tenían problemas de salud. Entonces decidimos hacer algo: buscamos desarrollar soluciones basadas en la naturaleza, que también tuvieran en cuenta el conocimiento ancestral de nuestra comunidad aymara”, relató a Infobae.
Consideraron a las plantas totoras para llevar a cabo la misión. Son especies de plantas acuáticas nativas de Bolivia, y Dayana con su grupo desarrollaron unas balsas flotantes que combinan los conocimientos indígenas con los principios científicos de la fitorremediación.
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Las balsas fueron elaboradas con materiales reciclados y con totoras, que son plantas que pueden absorber metales pesados y contaminantes. Ya han conseguido reducir la contaminación del lago en un 30%.
Además se hizo una capacitación para la comunidad, y se creó un huerto comunitario que sirve para apoyar el mantenimiento de las balsas de totoras y generar ingresos.
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Dayana es licenciada en comercio internacional y fue primera mujer indígena profesional de su familia. Su mamá ha sido una figura influyente en su vida. La alentó con su sueño en 2019 y la ayudó a construir la primera balsa flotante con materiales reciclados.
“Mi madre no pudo acceder a la educación superior porque las limitaciones económicas de su familia sólo le permitieron dar prioridad a la educación de sus hermanos”, contó. El camino de la restauración del ecosistema del lago no ha sido fácil.
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“Hemos enfrentado diferentes desafíos. Cuando construíamos las balsas flotantes, no encontrábamos la forma de combinarlas porque utilizábamos botellas de plástico recicladas que se encontraban tiradas como basura en el lago. Buscábamos que el diseño fuera duradero. Hasta que conseguimos reforzar la primera balsa a cada lado con tuberías recicladas. En cambio, para las siguientes balsas ya pasamos al uso de bolillos de madera”, recordó.
También tejieron cuerdas y pusieron mallas para que las raíces de las totoras puedan perforar y enraizar.
Otro momento duro fue plantar las totoras, que consiste en el proceso de acomodarlas en las balsas flotantes. “Cuidamos que las totoras siempre estén juntas, y nos aseguramos que la mitad de las raíces toquen el agua y no se hundan. Pero fue una experiencia muy difícil porque los malos olores del lago nos afectaron tanto a nosotros que, después de plantar las totoras, sentimos dolor de estómago”, comentó.
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“En un momento, aparecieron vacas que querían comerse a las totoras. Pero no son plantas saludables para esos animales. Lo que pasó es que se habían quedado sin comida porque las actividades mineras cercanas habían dañado todo el suelo. Entonces para protegerlas de las vacas, les pusimos mallas a las totoras y eso nos permitió seguir adelante”, detalló.
También llegaron personas que querían ocupar terreno cerca del lago de manera ilegal e intentaron destruir las balsas flotantes.
“Decidimos afrontar el conflicto con la unidad de todos los miembros de nuestra comunidad. Siempre defendemos la paz y la armonía con la naturaleza”, dijo.
“Nosotros, como humanos, formamos parte de todo. Pero no somos el centro. Sólo somos parte de ello. Y deberíamos, en ese sentido, respetarnos y cuidarnos unos a otros”, destacó.
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