"… Amén".
El rezo de ese miércoles había terminado y todos estaban en paz. O eso parecía. Michael Trazinski, el pastor de la iglesia Open Gate Ministries en Windsor Locks, Connecticut, miraba calmo a su alrededor. Satisfecho por la oración emprendida. Hasta que otro de sus feligreses ingresó.
Era William Winters Leverett, un "fiel miembro de la iglesia, muy útil" para la comunidad, lo describió la esposa de Trazinski, Colette. Iba acompañado de otro feligrés. Participaba de reuniones y de oficios desde marzo de 2015. Todos lo conocían. En el pasado había tenido graves problemas con la Justicia y en la comunidad era bien recibido. Necesitaba ayuda, decía.
Pero ese día Leverett no fue en busca de alguna revelación espiritual. Fue a descargar un peso que llevaba consigo desde hacía unos largos cuatro años. Un peso siniestro que lo perseguía y no permitía que durmiera, siquiera. Confesó un homicidio.

Allí, frente a todos, Leverett narró cómo el 20 de noviembre de 2014 había asesinado a Melissa Millan de 54 años y madre de dos hijos, mientras corría para ejercitar su cuerpo en Simsbury. "Nos quedamos atónitos. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Había que hacer justicia", dijo el pastor.
Una vez en el Departamento de Policía, Leverett -de 27 años- volvió a repetir las mismas palabras de confesión, pero no para liberarse, sino para responsabilizarse por el salvaje homicidio que conmovió a la comunidad.
Leverett cumplía una condena condicional por ataque sexual contra un menor en 2009, cuando vivía en Colorado. Como condición para no terminar tras las rejas, debía participar de un intensivo tratamiento. Además, fue incorporado al listado de delincuentes sexuales.

Esa noche de frío, quiso salir en busca de "contacto humano" como describiría luego. Se sentía alienado y necesitaba otro tipo de vínculo. Hablar con alguien, según contó. Fue en ese momento cuando vio a Millan corriendo por un sendero. Fue atraído, de acuerdo con su confesión policial, por sus "características físicas". Y se acercó a ella.
Los documentos judiciales indican que Leverett "comenzó a pensar acerca de una posible interacción con ella, pero le ganó la ansiedad, se dio cuenta de que 'no podría tenerla' y de que estaba 'fuera de su liga'". Enfureció y "esa furia escaló rápidamente" hasta que se descontroló. Solo quería hablar, pero súbitamente el asesino vio cómo sus manos enfundadas en guantes estaban apuñalándola en el pecho con un cuchillo que llevaba consigo.
"Oh, Dios mío. Oh, Dios mío…", fueron las últimas palabras que pronunció Millan, según la confesión de Leverett. Ya estaba tendida, en un área oscura del corredor. Muriendo.
Leverett huyó.
Subió a su automóvil y comenzó a conducir. Arrojó el cuchillo por la ventana en una calle cercana. Pero unos días después regresó a buscarlo. Pensó mejor: lo llevó hasta una máquina compactadora de residuos y la dejó allí, esperando que se destruyera.
Luego, llegó a su casa. Escondió los guantes que había usado y escribió dos cartas desesperado a amigos y familiares. Nunca las envió.

El caso había sido prácticamente abandonado por los detectives. Es que nada unía a la víctima con ningún sospechoso. Incluso, no le habían robado nada a la vicepresidenta de la empresa de seguros Mutual Life Insurance Co. ¿Qué pudo haber ocurrido? Fueron cuatro años sin avances en el caso, hasta que Leverett confesó a su pastor el crimen.
En el interrogatorio con la policía, el hombre les indicó que uno de los guantes que utilizó aquella noche había sido escondido en un granero de la propiedad en que vivía en Goodrich Road, en Simsbury. Aún estaba ensangrentado. El análisis de ADN dio positivo: los restos pertenecían a Millan.
Contó más detalles de aquella noche que no dejaban dudas a los investigadores. Solo podrían conocerlos la víctima, el asesino y los detectives que participaron del proceso. Entregó las cartas que jamás mandó a sus amigos y familiares. En ellas confesaba el asesinato. Eran de aquel tiempo. No eran nuevas.
"Creemos que es la única persona responsable por ese crimen", dijo el jefe de la Policía de Simsbury, Nicholas J. Boulter, de acuerdo con el diario Hartford Courant.
La familia y los allegados de Millan emitieron un comunicado al conocer el giro inesperado que tomó el caso.
"La familia, amigos y compañeros de trabajo de Melissa Millan estamos agradecidos por la gran cantidad de amor y apoyo que hemos recibido desde la muerte de Melissa en noviembre de 2014. Melissa era una madre cariñosa, una hija devota, una hermana ingeniosa y compasiva, una amiga leal, una inteligente y exitosa empresaria y mentora para muchos. El arresto y la comparecencia del sospechoso traen un dolor renovado, angustia y el conocimiento de que la Justicia nunca alcanza para el acto sin sentido que nos robó la hermosa presencia de Melissa. Extendemos nuestra gratitud al Departamento de Policía de Simsbury y otras agencias policiales participantes por todo su trabajo", decía la epístola.
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