
Cuando los animales interactúan con los seres humanos, suelen ubicarse en dos extremos: o se convierten en queridos compañeros como las mascotas o son percibidos como amenazas y denominados “plagas”. Así lo explica Bethany Brookshire, periodista científica y autora del libro Pests: How Humans Create Animal Villains. En esta obra, Brookshire indaga sobre las razones por las cuales ciertos animales son vilipendiados, mientras otros, a pesar de causar problemas similares, son protegidos o ignorados.
Plagas: un concepto definido por el contexto cultural
Brookshire plantea que la percepción de un animal como plaga está profundamente arraigada en el contexto cultural y social de cada comunidad. “Donde creemos que un animal pertenece es lo que proporciona el contexto para su existencia”, explica. Esta construcción -añade-, no tiene nada que ver con el comportamiento del animal en sí, sino con nuestras expectativas sobre su lugar en nuestro entorno.
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Un ejemplo de esto se encuentra en el templo de Karni Mata, en India, donde miles de ratas son veneradas como seres sagrados y consideradas libres de enfermedades, ya que se cree que son reencarnaciones humanas. No obstante, esas mismas ratas serían vistas como una amenaza en otros contextos.
El sentido de propiedad también desempeña un papel importante. Brookshire señala que, en algunas lenguas indígenas, no existía históricamente un término equivalente a “plaga”, ya que ese concepto implica un fuerte sentimiento de propiedad sobre el espacio. Según estas culturas, los animales simplemente existen y comparten el entorno con los humanos, sin ser considerados intrusos.
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Contradicciones en la relación con ciertas especies

La historia está repleta de ejemplos de cómo los humanos han modificado su relación con los animales en función de sus necesidades. Un caso destacado es el de las palomas. En el pasado, estos animales eran valorados por sus habilidades de mensajería y su carne. Sin embargo, con el avance tecnológico y la pérdida de utilidad de las palomas, la percepción cambió drásticamente. En menos de un siglo, pasaron de ser consideradas esenciales a ser etiquetadas como “ratas con alas”.

La relación con los gatos también resulta paradójica. A pesar de que su impacto ambiental es similar al de las ratas, los gatos invasores suelen recibir un trato mucho más compasivo. Mientras que los programas de erradicación de ratas incluyen métodos como el envenenamiento masivo, los gatos son a menudo capturados, esterilizados y liberados nuevamente. Brookshire argumenta que esto se debe a las emociones positivas que los gatos evocan en muchas personas, un contraste claro con la aversión general hacia las ratas.
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Otro ejemplo llamativo son los elefantes, admirados por su majestuosidad y valorados como íconos del turismo en países como Kenia. Sin embargo, para las comunidades locales, estos mismos animales pueden representar una grave amenaza. Los elefantes destruyen cultivos y causan conflictos que han derivado incluso en protestas violentas. En 2022, cuatro agricultores kenianos murieron durante manifestaciones contra la percepción gubernamental de priorizar la vida silvestre sobre las necesidades humanas.
Adaptaciones y enseñanzas de la naturaleza
En su investigación, Brookshire descubrió que algunos animales han encontrado formas sorprendentes de adaptarse a la presencia humana. En Australia, los cuervos y ratas de agua han aprendido a consumir las partes no tóxicas de las ranas de caña, una especie invasora. Asimismo, ciertas serpientes han desarrollado cabezas más pequeñas, lo que limita su capacidad para ingerir estas ranas venenosas. Estos cambios demuestran que, aunque los humanos alteren los ecosistemas, “la vida siempre encuentra una manera”.
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Brookshire también enfatiza que esta capacidad de adaptación debe servir como una lección sobre nuestra interacción con el medioambiente. En lugar de imponer una separación entre los humanos y la naturaleza, es crucial entender que coexistimos en un entorno compartido.
Una invitación a repensar nuestra relación con el entorno
La convivencia con animales etiquetados como plagas revela mucho sobre cómo los humanos se perciben a sí mismos en relación con la naturaleza. En las culturas occidentales, es común considerar los hogares y las ciudades como espacios “libres de naturaleza”. Sin embargo, Bethany Brookshire sostiene que esta separación es ilusoria: “Existimos dentro de un ambiente que tiene otros seres vivos”.
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La autora, quien admite haber modificado su visión tras investigar para su libro, ahora adopta un enfoque más pragmático. Mientras instaló una jaula de acero para proteger su jardín de animales como la ardilla que apodó “F***ing Kevin”, también dejó algunos frutos fuera del área protegida para que los animales pudieran consumirlos. Este equilibrio refleja un cambio hacia una convivencia más tolerante.
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